Capítulo 29
El doctor Penrith citó a Marlow para una conversación informal, fuera del horario de supervisión habitual, dos semanas después de la muerte de Aubrey, una vez que ya había transcurrido tiempo suficiente para que la herida más aguda empezara, lentamente, a cicatrizar.
—Siéntate, Hale —dijo, con la misma taza de té de menta de siempre, aunque esta vez su expresión carecía de la habitual ironía socrática que solía emplear en las sesiones de supervisión—.
Quería hablar contigo sobre Aubrey Lindqvist, de manera informal, fuera del proceso oficial de revisión del caso que ya hemos completado con el comité.
—Le escucho.
—He revisado el expediente completo, Hale, todas tus notas, todas las decisiones clínicas que tomaste a lo largo del tratamiento.
Y quiero decirte, con toda la autoridad que me da llevar treinta años en esta profesión, que no veo ningún error clínico en tu manejo del caso.
Las señales de mejoría que observaste eran reales, consistentes con la literatura clínica, consistentes con lo que cualquier psiquiatra experimentado habría visto en esa misma situación.
Lo que le pasó a Aubrey es, tristemente, uno de los riesgos inherentes de nuestra profesión: a veces, a pesar de hacer todo correctamente, perdemos pacientes.
—Lo sé, doctor Penrith. Racionalmente lo sé. Pero saberlo racionalmente no quita el peso que siento.
—No tiene por qué quitarlo, Hale. Y de hecho, me preocuparía mucho más si lo quitara del todo.
El peso que sientes es la prueba de que te importan tus pacientes de verdad, de manera profunda, no solo como casos clínicos a gestionar.
Ese peso, manejado correctamente, con el apoyo adecuado, no tiene por qué destruirte.
Puede, de hecho, convertirte en una psiquiatra más empática, más atenta a las señales sutiles, sin que eso signifique cargar con una culpa que no te corresponde.
Marlow asintió, sintiendo el peso de las palabras de Penrith con una mezcla de alivio y de tristeza todavía presente.
—Quiero hacerte una pregunta, Hale, y quiero que la pienses con honestidad antes de contestar: ¿has hablado de esto con tu pareja?
—Sí. Holt ha sido un apoyo enorme estas últimas semanas.
—Me alegra escucharlo. ¿Sabes? Cuando hace más de un año te advertí sobre el riesgo de involucrarte demasiado con un paciente, lo hice pensando, sobre todo, en protegerte a ti, no solo en proteger al paciente de un posible conflicto de intereses.
Y ahora, viéndote pasar por esto, con Holt a tu lado, sosteniéndote de la misma manera en que tú lo sostuviste a él durante su tratamiento, no puedo evitar pensar que aquella advertencia, aunque clínicamente correcta en su momento, no contemplaba todas las posibilidades que la vida termina ofreciendo.
—¿Qué quiere decir, doctor Penrith?
—Quiero decir, Hale, que a veces las reglas que aprendemos en esta profesión, necesarias y sabias en la mayoría de los casos, no logran capturar del todo la complejidad de la vida real.
Tú rompiste, técnicamente, los límites estrictos que se supone que debías mantener con Holt Calloway.
Y sin embargo, mirando el resultado, viendo el hombre en el que se ha convertido, viendo la pareja sólida y sana que habéis construido, sería absurdo, incluso cruel, decir que aquella decisión fue un error.
—Gracias, doctor Penrith. Significa mucho escuchar eso, viniendo de usted.
—No te lo digo para que te confundas, Hale.
Sigo creyendo, firmemente, que los límites profesionales existen por razones importantes, y que la mayoría de las veces, cruzarlos termina en desastre, no en historias de amor con final feliz.
Lo que pasó contigo y con Holt es la excepción, no la regla, y quiero que lo recuerdes bien si alguna vez, en tu carrera futura, te encuentras tentada a repetir un patrón similar con otro paciente.
La excepción de tu propia historia no convierte la regla en algo opcional.
—Lo entiendo perfectamente, doctor Penrith. Y le prometo que nunca voy a tomar a la ligera lo afortunada que he sido en este caso concreto.
—Bien. Ahora, volviendo a Aubrey: quiero que te tomes el tiempo que necesites para procesar esto.
He hablado con la dirección del departamento, y están de acuerdo en reducir tu carga de pacientes nuevos durante las próximas semanas, para que tengas espacio suficiente para terminar tu proceso de duelo sin que eso comprometa la atención que les das a tus pacientes actuales.
—Se lo agradezco mucho, doctor Penrith.
—No me lo agradezcas, Hale. Es exactamente el tipo de cuidado que esperaría que cualquier supervisor ofreciera a un residente que está pasando por algo así.
Y, si me permites añadir algo más personal: estoy muy orgulloso de la psiquiatra en la que te has convertido este año.
No solo por tu competencia clínica, que siempre ha sido excelente, sino por tu capacidad de sentir profundamente, de cargar con el peso de tu profesión sin dejar que ese peso te endurezca ni te aleje de la empatía que hace que seas tan buena en lo que haces.
Marlow sintió que los ojos se le humedecían, conmovida por la sinceridad poco habitual en su supervisor, que solía reservar sus emociones detrás de silencios largos y preguntas socráticas.
—Gracias, doctor Penrith. De verdad.
—De nada, Hale. Ahora vete a casa, con ese hombre que tienes esperándote, y descansa. Mañana seguimos con el trabajo, pero hoy ya has hecho suficiente.
• • •
Esa noche, Marlow le contó a Holt la conversación completa con Penrith, sentados en el sofá del salón de Park Hill, con el pequeño Earl acurrucado entre los dos, mientras la lluvia de marzo golpeaba suavemente las ventanas.
—Me alegra mucho que tu supervisor sea tan comprensivo —dijo Holt, acariciando distraídamente la cabeza del perro—. Aunque no me sorprende del todo, por lo que me has contado de él a lo largo de estos meses.
—Es un hombre complicado, Penrith. Severo, exigente, con silencios que a veces dan más miedo que cualquier crítica directa. Pero debajo de todo eso, hay alguien que de verdad se preocupa por sus residentes, aunque le cueste mostrarlo de manera convencional.
—Suena como alguien con quien tienes mucha suerte de trabajar.
—La tengo. Y hoy, escuchándolo hablar de lo que pasó entre nosotros, de cómo rompí las reglas que él mismo me advirtió que respetara, y de cómo, aun así, las cosas terminaron bien, no he podido evitar pensar en lo afortunados que somos, Holt.
De verdad. Las probabilidades de que esto, lo nuestro, terminara funcionando, eran mucho más bajas de lo que normalmente queremos admitir.
—Lo sé. Y no pienso dar por sentado, ni un solo día, la suerte que tengo de que las cosas hayan salido así.
Se quedaron en silencio un rato, escuchando la lluvia, con el pequeño Earl roncando suavemente entre los dos, disfrutando de la quietud sencilla de una noche cualquiera de marzo, consciente cada uno, a su manera, de todo lo que habían tenido que atravesar para llegar hasta ese sofá, hasta ese perro, hasta esa vida construida con tanto cuidado a partir de los pedazos de un dolor compartido.