Capítulo 26
Enero trajo consigo la mudanza definitiva al apartamento de Park Hill, un proceso caótico y agotador que ocupó la mayor parte de los primeros quince días del año, entre cajas, muebles nuevos, y la tarea interminable de decidir dónde colocar cada objeto de dos vidas que, hasta entonces, habían existido en espacios separados.
—No puedo creer que tengas tantos libros sobre estructuras de hormigón armado —dijo Marlow, un sábado por la tarde, mientras intentaba organizar una de las estanterías nuevas del salón, rodeada de cajas llenas de libros técnicos de Holt—. ¿De verdad necesitas conservar todos estos?
—Algunos son de referencia, los uso para trabajo.
Otros son simplemente sentimentales, fueron de mi padre, en realidad, de cuando él trabajaba en la fundición.
Le interesaba la ingeniería, aunque nunca tuvo la oportunidad de estudiarla formalmente, y guardaba estos libros como quien guarda un sueño que nunca llegó a cumplir del todo.
Marlow sostuvo uno de los libros con más cuidado al escuchar aquello, pasando los dedos por la cubierta gastada, imaginando al padre de Holt, en una época anterior al silencio que terminaría definiendo sus últimos años, leyendo aquellas páginas con la curiosidad genuina de alguien que soñaba con un futuro distinto.
—¿Por eso elegiste ingeniería estructural, en parte?
—En parte, sí, aunque nunca lo había pensado en esos términos exactos hasta ahora que lo dices. Supongo que quería, de alguna manera inconsciente, terminar lo que él nunca tuvo la oportunidad de empezar.
—Es precioso, Holt, aunque también un poco triste.
—Las dos cosas a la vez, como casi todo lo importante en la vida, ¿no?
Earl apareció esa misma tarde para ayudar con la mudanza, insistiendo en cargar cajas a pesar de sus setenta años y las protestas de Marlow de que se sentara y descansara mientras ellos hacían el trabajo pesado.
—Llevo cargando cajas de vinilos toda mi vida, niña, no me vengas ahora con que no puedo con unas cuantas cajas de libros —protestó, mientras subía la última caja de la furgoneta alquilada por las escaleras del nuevo edificio—.
Además, quiero ver bien este apartamento antes de aprobarlo oficialmente.
—¿Lo apruebas, Earl? —preguntó Holt, con una sonrisa divertida, mientras le ofrecía una cerveza fría una vez terminaron de subir las últimas cajas.
—Lo apruebo, sí. Buena luz, espacio suficiente para una colección decente de vinilos si algún día os animáis, y un jardín trasero perfecto para el perro que esta chica lleva meses mencionándome cada vez que baja a la tienda.
—¿Le has hablado a Earl del perro? —preguntó Holt, mirando a Marlow con curiosidad.
—Puede que haya mencionado la idea un par de veces, sí.
—Más de un par —corrigió Earl, riéndose—. Esta chica lleva semanas enseñándome fotos de perritos de adopción cada vez que viene a buscar discos, así que más os vale empezar a buscar uno en serio, porque si no lo hacéis vosotros, voy a terminar adoptándolo yo solo por verla feliz.
La conversación derivó en una discusión animada sobre razas de perros, con Earl defendiendo con vehemencia las virtudes de los perros mestizos rescatados frente a las razas de pedigrí, mientras desempaquetaban juntos la cocina, colocando platos y vasos en armarios todavía sin etiquetar, en un caos organizado que poco a poco, caja a caja, empezaba a convertirse en un hogar reconocible.
Sutton llegó esa noche, desde Boulder, con pizza para todos y una botella de vino que insistió en abrir de inmediato "para celebrar oficialmente la primera noche en la nueva casa, aunque todavía esté llena de cajas a medio abrir".
—Esto se está convirtiendo en una familia bastante grande, ¿sabéis?
—comentó Sutton, sentada en el suelo del salón, todavía sin muebles suficientes para sentarse en otro sitio, junto a Earl, Holt y Marlow, todos compartiendo pizza directamente de la caja—.
Hace un año éramos solo Holt y yo, intentando sobrevivir cada uno a nuestra manera. Y ahora mira esto.
—Es verdad —dijo Holt, pasando un brazo por los hombros de Marlow, mientras observaba la escena con una expresión de felicidad tranquila—. La vida tiene maneras curiosas de reconstruir lo que parece roto, si uno le da el tiempo y el espacio necesarios.
Earl levantó su copa de vino, con una solemnidad inesperada que silenció por un momento la conversación animada del grupo.
—Quiero hacer un brindis, si me lo permitís.
No soy hombre de muchos discursos, pero esta noche me parece que merece uno.
—Miró a Holt y a Marlow, con los ojos brillantes—.
Hace un año, esta chica subía las escaleras de mi tienda cansada, dudando de si había elegido bien su vida, sin saber que estaba a punto de coser la mano de un hombre que iba a cambiarle el mundo entero.
Y este hombre, según me ha contado ella misma, llegó a su urgencias creyendo que el resto de su vida iba a consistir solo en sobrevivir, sin esperanza real de nada más grande.
Y mirad ahora dónde estáis los dos: en vuestra propia casa, rodeados de gente que os quiere, construyendo un futuro que hace un año ninguno de los dos podía siquiera imaginar.
Eso, para mí, es la prueba más bonita de que la vida, cuando se le da la oportunidad, siempre encuentra una manera de reconstruirse en algo hermoso.
Por Holt y Marlow, y por todo lo que viene.
—Por Holt y Marlow —repitieron Sutton y, con la voz un poco temblorosa, también Holt y Marlow mismos, chocando sus copas en el salón a medio amueblar, rodeados de cajas, con la pizza enfriándose en el suelo y el cariño cálido de una familia construida, pieza a pieza, a lo largo de un año entero de pérdida transformada en algo nuevo.