Capítulo 24
Diciembre se instaló sobre Denver con una nieve constante, suave, distinta a la tormenta brusca de enero del año anterior, una nieve que parecía caer con la calma de quien ya no tiene prisa por demostrar nada.
Marlow entró en su último diciembre como residente con una mezcla de nostalgia anticipada y de impaciencia: en pocos meses terminaría la formación que llevaba tres años definiendo cada hora de su vida, y por primera vez desde que tenía memoria, su futuro profesional no estaba completamente trazado de antemano.
El hospital había confirmado, a finales de noviembre, que le ofrecerían un puesto de adjunta en el departamento de psiquiatría una vez terminara la residencia, una oferta que la mayoría de sus compañeros habría aceptado sin pensarlo, pero que Marlow seguía sopesando con el cuidado metódico que aplicaba a la mayoría de las decisiones importantes de su vida.
—¿Qué es lo que te hace dudar exactamente?
—preguntó Holt, una tarde de domingo, mientras los dos repasaban catálogos de muebles en la mesa de la cocina, parte de los preparativos para la mudanza que habían empezado a planear formalmente para principios de año, una vez que el contrato de Marlow con Delphine terminara en enero.
—No es que dude de si quiero seguir ejerciendo en Saint Aurelia.
Me gusta el hospital, me gustan mis colegas, me gusta la idea de seguir trabajando con el doctor Penrith, que sigue siendo, a pesar de sus silencios eternos, el mejor supervisor que he tenido.
Es más bien que llevo tres años siguiendo un camino que estaba completamente marcado desde fuera: estas son las rotaciones que tienes que hacer, estos son los exámenes que tienes que aprobar, esta es la siguiente casilla que tienes que tachar.
Y de repente, dentro de unos meses, voy a tener que empezar a tomar decisiones sin ese mapa predefinido, y la idea me asusta un poco, aunque también me emociona.
—Eso tiene mucho sentido. Yo sentí algo parecido cuando terminé la carrera de ingeniería, aunque a una escala mucho más pequeña que la tuya.
De repente nadie te dice exactamente qué proyecto coger ni qué especialización seguir dentro del campo, y esa libertad, que en teoría debería ser solo positiva, también pesa.
—Exacto. Es como si llevara tres años corriendo una carrera con un trazado muy claro, y de repente me dijeran: a partir de aquí, el camino lo decides tú.
Holt dejó el catálogo de muebles a un lado, mirándola con esa atención particular que siempre conseguía que Marlow se sintiera completamente vista, sin ningún juicio de por medio.
—¿Y qué es lo que de verdad quieres hacer, si pudieras quitar el miedo de la ecuación por un momento?
Marlow se quedó pensando, mirando por la ventana la nieve que seguía cayendo sobre Capitol Hill, sobre los álamos desnudos del invierno y sobre la tienda de discos de Earl, cuyo letrero luminoso de ABIERTO se veía parpadear suavemente desde el apartamento.
—Quiero quedarme en Saint Aurelia, sí. Pero también quiero, algún día, no necesariamente pronto, abrir mi propia consulta complementaria, especializada en trauma.
He visto, contigo, lo transformador que puede ser el tratamiento adecuado cuando se hace bien, con tiempo y con paciencia, y me gustaría poder ofrecer ese mismo tipo de atención a más personas, no solo dentro de las limitaciones del sistema hospitalario, sino con la flexibilidad de una consulta propia.
—Eso suena exactamente como algo que se te daría increíblemente bien, Marlow.
—¿Tú crees?
—Lo sé. No es una opinión, es un hecho que he observado de primera mano, recuerda. —Sonrió, cogiéndole la mano por encima de la mesa, entre los catálogos de muebles—. Si decides hacerlo, algún día, cuentas con todo mi apoyo, en lo que necesites.
—Gracias, Holt. Significa mucho saber que tengo eso, ese apoyo incondicional, mientras voy descubriendo qué forma quiero que tenga mi futuro.
—Para eso estamos, ¿no? Para sostenernos mutuamente mientras los dos seguimos descubriendo, cada uno a su ritmo, quiénes queremos ser.
Volvieron a los catálogos de muebles, riéndose de las opciones más absurdas que encontraban, discutiendo con cariño sobre los gustos opuestos que tenían en cuanto a estilo de decoración, Holt inclinándose por líneas minimalistas y materiales industriales, coherentes con su trabajo, y Marlow prefiriendo algo más cálido, con madera vieja y telas con textura, hasta que llegaron a un compromiso que, según bromeó Holt, probablemente terminaría pareciéndose más al gusto de ella que al de él, "porque al final siempre cedo en todo lo que tiene que ver contigo, y no me arrepiento de ninguna de esas veces".
• • •
La Navidad de ese año tuvo un significado distinto para ambos: la primera que pasarían juntos, después de que Marlow decidiera, con cierta culpa inicial hacia sus padres en Ohio, quedarse en Denver para pasar las fiestas con Holt y, por extensión, con la familia que Holt había ido reconstruyendo a su alrededor a lo largo del año: su madre Vivian, que viajó desde Pueblo para pasar tres días con ellos; Sutton, que llegó desde Boulder cargada de regalos envueltos con un papel tan llamativo que Holt bromeó diciendo que se veía desde el espacio; y Earl, que aceptó, no sin cierta sorpresa por la invitación, cenar con ellos en Nochebuena, después de cerrar la tienda de discos.
—Esto es lo más cerca que he estado de una familia numerosa en años —dijo Earl, mientras observaba la mesa puesta para seis personas en el apartamento de Holt, con Vivian terminando de sacar del horno un pavo más grande de lo necesario para tan poca gente—.
Desde que mi mujer murió, las navidades se han ido reduciendo cada vez más, hasta quedarme solo con la tienda y los vinilos por compañía.
—Pues a partir de ahora cuenta con nosotros, Earl —dijo Holt, pasándole una copa de vino—. Esta familia parece tener una capacidad infinita para crecer este último año.
Vivian y Earl conectaron de inmediato, descubriendo, entre risas, que ambos compartían un gusto particular por el jazz de los años cincuenta, y pasaron buena parte de la cena enfrascados en una conversación sobre discos antiguos que dejó a Marlow, Holt y Sutton riéndose por lo bien que se llevaban dos personas que se acababan de conocer esa misma noche.
—Mi madre nunca había sido tan sociable con un desconocido —le susurró Holt a Marlow, mientras Vivian le explicaba a Earl, con gestos entusiastas, alguna anécdota sobre un disco concreto que había escuchado en su juventud—.
Creo que les hemos dado a los dos algo que necesitaban sin saberlo del todo: compañía nueva en un momento de la vida donde la soledad empieza a pesar más.
—Es precioso verlo, la verdad. Earl pasa la mayoría de las noches solo en ese apartamento encima de la tienda, y nunca lo he visto reírse así, tan abiertamente.
Después de la cena, intercambiaron regalos junto al árbol pequeño que Holt había insistido en comprar, a pesar de las protestas iniciales de Marlow de que un apartamento tan pequeño no necesitaba un árbol tan grande.
Sutton regaló a Marlow un libro antiguo sobre la historia de la psiquiatría que había encontrado en una librería de segunda mano en Boulder, sabiendo, por lo que Holt le había contado, que a Marlow le fascinaban esos detalles históricos de su profesión.
Vivian le entregó a Marlow, con una emoción evidente que casi le quebró la voz, una caja pequeña de madera.
—Esto perteneció a mi madre, y después fue mío durante años —dijo, mientras Marlow abría la caja con cuidado, encontrando dentro un pequeño broche antiguo, en forma de flor, con piedras pequeñas que brillaban incluso bajo la luz tenue del apartamento—.
Quiero que lo tengas tú ahora, Marlow. No es solo un objeto bonito.
Es algo que ha pasado de generación en generación en mi familia, entregado siempre a las mujeres que, de alguna manera, han demostrado que pertenecían a ella de verdad.
Y tú, querida, perteneces a esta familia, sin ninguna duda, desde hace tiempo.
Marlow sintió que se le saltaban las lágrimas, abrazando a Vivian con fuerza, mientras Holt observaba la escena con los ojos también brillantes, sin intentar disimularlo esta vez.
—Gracias, Vivian. De verdad. No sé qué decir, este gesto significa muchísimo para mí.
—No tienes que decir nada, querida. Solo cuídalo bien, como sé que vas a cuidar a mi hijo durante el resto de vuestras vidas.
El último regalo de la noche fue de Holt para Marlow, una caja pequeña envuelta con un papel sencillo, sin la espectacularidad del de Sutton, que Marlow abrió con curiosidad, encontrando dentro un disco de vinilo de Nina Simone, una edición antigua, gastada por el uso, con una nota pequeña pegada en la funda.
—¿Dónde has encontrado esto? —preguntó, emocionada, reconociendo inmediatamente la importancia de aquel regalo, conociendo, como conocía, la conexión de Marlow con la música a través de Earl.
—Earl me ayudó a encontrarlo, en realidad.
Es la misma edición exacta que tenías cuando eras pequeña, la que tu padre te ponía los domingos por la mañana en Ohio, según me has contado más de una vez.
Le pedí ayuda a Earl hace meses para buscarla por internet, en tiendas de coleccionistas, hasta que la encontramos.
—Holt, esto es precioso. De verdad.
—Lee la nota.
Marlow despegó la nota pequeña de la funda del disco, leyendo, con la voz temblando un poco al hacerlo en voz alta para que todos pudieran escucharla: "Para Marlow, que me enseñó que el dolor se puede escuchar, se puede compartir, y al final, se puede convertir en algo hermoso.
Como esta canción. Como nosotros. Te quiero, ahora y siempre. Holt."
La sala se quedó en silencio un momento, todos conmovidos por la sencillez sincera del mensaje, hasta que Sutton rompió el silencio con un comentario en broma sobre lo cursi que se había vuelto su hermano, lo cual hizo reír a todos y disolvió la emoción intensa del momento en una risa cálida y compartida.
Pusieron el disco esa misma noche, en el tocadiscos antiguo que Holt había comprado meses atrás precisamente para ocasiones como esa, y bailaron despacio en el salón pequeño del apartamento, Marlow y Holt primero, después Vivian y Earl, con Sutton grabando vídeos divertidos en su móvil que prometió no compartir nunca con nadie, mientras la nieve seguía cayendo afuera, suave y constante, sobre una ciudad que, para todos los presentes en aquella habitación, se había convertido en algo mucho más parecido a un hogar de lo que había sido un año atrás.