Capítulo 66 Los años de Anselmo #3
La relación entre Anselmo y Clara Teresa fue una de las sorpresas de esos años.
Ella lo buscaba menos por ternura que por preguntas.
Quería saber cómo el trigo se volvía harina, por qué algunas moliendas calentaban más, por qué un saco húmedo era un peligro, por qué se anotaban pesos, por qué las palabras en alemán de ciertas piezas no se habían traducido del todo.
Anselmo respondía con paciencia variable.
A veces le decía que preguntaba como Clara con menos cortesía.
La niña se ofendía y luego preguntaba si eso era elogio.
Él respondía que todavía estaba decidiendo.
Le enseñó a tomar harina entre los dedos para sentir si estaba demasiado gruesa, a mirar el color, a oler humedad antes de que el ojo la viera.
No lo hacía para formar heredera del molino.
Lo hacía porque un conocimiento que no se entrega se pudre de una manera más triste que el grano.
—¿Y si no quiero trabajar en molino? —preguntó Clara Teresa.
—Entonces sabrá algo que le servirá para no creer a cualquiera que le venda pan malo.
—Eso sí sirve.
—Casi todo conocimiento útil empieza así: no sirve para mandar, sirve para no dejarse engañar.
La frase pasó a Clara, luego al archivo, luego a una regla menor de la mesa de los niños.
Teresa dijo que si seguían convirtiendo cada frase de viejo en regla, pronto no habría pared disponible.
Elena respondió que se podían rotar. Teresa dijo que las reglas rotadas eran peor, porque volvían cuando una ya había aprendido a ignorarlas.
En esos años, Anselmo empezó a hablar más de Ilse, pero no siempre de la Ilse que todos esperaban.
No de la mujer del fuego ni de la carta final, no de la maceta de trigo ni de la caja todavía cerrada.
Hablaba de Ilse joven corrigiendo una cuenta con impaciencia; de Ilse incapaz de preparar café decente porque se distraía con papeles; de Ilse haciendo una lista de defectos de Markus antes de admitir que necesitaba su firma; de Ilse riéndose muy poco y por eso dejando una habitación más viva cuando lo hacía.
Constanza escuchaba esas escenas en los jueves.
A veces preguntaba. A veces no. Un día, después de que Anselmo contara cómo Ilse había rechazado una flor por considerarla “una presión vegetal con buena reputación”, Constanza se rió con una libertad que a él le sorprendió.
—¿Qué? —preguntó.
—Me habría caído bien y mal al mismo tiempo.
—A ella también usted.
—Eso suena justo.
Anselmo se quedó mirando su taza.
—Durante años pensé que hablar de ella con usted era una deslealtad a Rodrigo.
—Rodrigo ya no necesita que lo protejamos de una conversación honesta.
—¿Y usted?
Constanza sostuvo su mirada.
—Yo no necesito que me protejan de una mujer muerta que amó sin pedirme nada. Necesito que no la usen para mentirme ni para mentirse.
Anselmo bajó la cabeza. Esa frase abrió una puerta que llevaba años entornada. No entraron todavía. Pero el aire cambió.
Clara percibía desde Las Higueras ese cambio y lo vigilaba contra dos peligros: convertirlo en romance tardío para ordenar emociones o impedirlo por miedo a que el pasado se moviera. Ignacio fue quien se lo dijo una noche, cuando ella revisaba por tercera vez una nota sobre las visitas de jueves.
—Está intentando clasificar algo antes de que exista —dijo.
—Existe.
—Sí, pero no sabe qué es.
—Por eso quiero clasificarlo.
—Eso es exactamente el problema.
Clara dejó la pluma.
—¿Y si alguien sale herido?
Ignacio la miró con cansancio cariñoso.
—Clara, tienen más de ochenta años y una colección de muertos respetables. Heridos ya están. La pregunta es si les va a prohibir una conversación para que las heridas no cambien de forma.
Ella no respondió. La frase era injusta por lo exacta.
—No quiero que mi madre sea comentario del pueblo.
—Su madre sobrevivió a Rodrigo, a Los Robles, a Fernando en papeles, a terremotos y a usted adolescente. Creo que puede sobrevivir al pueblo.
Clara sonrió pese a sí misma.
—No meta mi adolescencia entre catástrofes nacionales.
—La información disponible es incompleta.
Esa risa permitió que Clara soltara la nota. Al día siguiente no preguntó a Constanza por la visita. Constanza notó la omisión y, como toda madre entrenada por décadas de lectura doméstica, supo que era una forma de trabajo.
El molino, mientras tanto, cambiaba. Karl incorporó mejoras, Gabriel diseñó una protección para una correa que antes había costado dos dedos a un trabajador, y se discutió comprar una máquina que facilitaría ciertas tareas pero reduciría necesidad de brazos en temporada.
Anselmo participó en la conversación sin presidirla.
Escuchó a trabajadores, a Karl, a Gabriel, a Elena, a Mateo.
La palabra modernización apareció varias veces con ese brillo peligroso que ya en otros años había servido para esconder deudas. Anselmo pidió detenerse.
—La modernización no es argumento. Es herramienta o excusa. Digan cuál.
Un trabajador joven respondió que para ellos podía ser ambas: herramienta si evitaba accidentes, excusa si servía para despedir sin compensar. La sala quedó quieta. Karl miró a Anselmo, esperando quizás defensa de dueño. Anselmo no se la dio.
—Entonces se escribe así —dijo—. Si se compra, se escribe qué accidentes evita, qué puestos cambia, quién se reubica, quién se compensa y quién decide. Si no se puede escribir, no se compra todavía.
Elena, informada después, dijo que Anselmo había aprendido a hacer columnas demasiado tarde pero con buen instinto.
Teresa dijo que más valía tarde que dejar una máquina comiéndose hombres por eficiencia.
La compra se aplazó, luego se hizo con condiciones.
No fue perfecto. Dos hombres pasaron a otras tareas, uno se fue de todos modos, otro aprendió a manejar piezas nuevas.
Pero no se hizo bajo la mentira de que una máquina no toca vidas.
Anselmo guardó copia de esa decisión en su caja del molino.
Bajo el documento escribió: “No dejar que lo nuevo se vista de inocente.” Era una frase para Karl, para Gabriel, para la familia entera y quizá para sí mismo, que durante demasiados años había visto a Markus vestir de necesidad lo que también era miedo y conveniencia.
La salud de Anselmo empezó a declinar con una regularidad que ya no podía atribuirse a sustos aislados.
Dormía menos, se cansaba más, perdía peso, olvidaba dónde había dejado ciertos papeles y recordaba, en cambio, frases antiguas con una nitidez que irritaba a quienes necesitaban que el presente tuviera prioridad.
Frida fue la primera en decir que necesitaba reducir visitas al molino.
Karl lo apoyó. Anselmo aceptó en teoría y desobedeció en práctica durante dos semanas, hasta que un mareo lo obligó a sentarse frente a trabajadores que fingieron no mirar.
Esa humillación lo educó más rápido que varias advertencias familiares.
Desde entonces, sus mañanas se hicieron más pequeñas.
Galería, maceta, oficina una hora, revisión de cartas, descanso, almuerzo, siesta que negaba llamar siesta, lectura, jueves de Constanza cuando correspondía.
Al principio se sintió reducido. Después descubrió que un día pequeño podía contener más verdad que un día grande lleno de vigilancia inútil.
Empezó a escribir memorias breves, no cronológicas, bajo títulos que parecían instrucciones: “Cuando Marta llegó”, “La carta que no debí guardar tanto”, “La primera mentira útil”, “Markus como problema”, “Rodrigo pagando tarde”, “Rosa diciendo nombres”, “Ilse riéndose”, “Berta y la manzana que no vi”.
No pretendía hacer un libro. Escribía para que la muerte no encontrara todas las habitaciones cerradas.
Un jueves llevó algunas de esas páginas a Constanza. Ella las leyó despacio.
—Escribe mejor cuando no intentas defenderte —dijo.
—Eso es un elogio desagradable.
—Los mejores.
—Hay una página que no le di.
—Entonces no me la anuncie para que la imagine peor.
—Es sobre usted.
Constanza dejó los papeles.
—Ah.
—No dice nada indecoroso.