Capítulo 54 El fuego de Hamburgo
Cuando la guerra arrasa la ciudad, solo queda avanzar entre ceniza y memoria.
Markus la encontró en el archivo lateral, arrodillada junto a un baúl pequeño, con el cabello suelto por el calor y las mangas arremangadas.
Durante años habría hecho una burla sobre reliquias sentimentales.
Esa vez no. La guerra le había quitado incluso parte de su elegancia para el desprecio.
Miró los sobres, las semillas, la letra de Chile en algunas cubiertas, y comprendió lo bastante para no preguntar nombres.
—Eso no puede quedarse aquí —dijo.
—Lo sé.
—Tampoco en la casa. Si arde una, arde la otra.
—Por eso estoy separando copias.
Markus cerró la puerta con el pie. Afuera, un empleado cruzó el corredor con papeles de abastecimiento y no miró hacia dentro.
La firma Hartmann, incluso en los días previos al fuego, seguía fingiendo que su centro era la producción documental.
Esa ficción había sostenido comida, salarios, cobardías, pequeñas resistencias y grandes manchas.
Ahora la pregunta era qué podía sostener una mesa cuando el techo dejara de existir.
—Hay un depósito secundario fuera de la zona portuaria —dijo él.
Ilse lo miró.
—¿De la firma?
—De un proveedor. No figura en nuestros registros principales.
—Todo figura en alguna parte.
—No de un modo que Vogel pueda leer rápido, si todavía tiene oficina desde donde leer.
La frase no fue broma. Hablar de oficinas quemadas se había vuelto una posibilidad administrativa.
Ilse tomó el paquete “después” y lo sostuvo contra el pecho un instante, no por dramatismo sino para medir su peso real.
Pesaba poco. Esa era la indecencia de los archivos: una vida entera puede caber en un atado que un hombre distraído arrojaría al fuego para despejar una mesa.
—Si lo saco de aquí, pierdo control —dijo.
—Si lo dejas, pierdes todo.
Que Markus tuviera razón la irritó de una manera vieja. Había verdades que sonaban peor cuando venían de quien había tardado años en merecer decir alguna. Le entregó el paquete, pero no soltó la mano enseguida.
—Esto no es de la firma.
—Lo veo.
—Si me ocurre algo, no lo conviertas en protección de Hartmann. No lo uses para salvar reputación. No lo quemes por miedo a lo que dice de nosotros. No lo abras para decidir qué parte de mí te conviene recordar.
Markus bajó la vista al atado.
—No confías en mí.
—Confío en que sobrevives. Hoy necesito eso más que virtud.
La frase le cruzó el rostro como una bofetada sin ruido. No se defendió. Quizá porque era exacta; quizá porque, después de tantos años, entendía que algunas confianzas no se parecen al respeto. Guardó el paquete dentro de su abrigo.
—Lo llevaré al depósito esta noche.
—No. Ahora.
—Tengo una reunión.
—Cancélala con una palabra que sirva a los hombres importantes. Riesgo de inventario. Revisión de seguro. Lo que sea. Ahora.
Markus abrió la boca, la cerró y asintió. Esa obediencia, pequeña y tardía, fue una de las últimas cosas que Ilse agradeció sin decir gracias.
La primera gran noche llegó el 24 de julio.
Las sirenas no eran nuevas, pero esa vez sonaron como si hubieran aprendido otra lengua.
Ilse bajó al refugio con Frau Becker, dos vecinas, un empleado de la firma que no había alcanzado a volver a su casa y una niña de unos ocho años que no dejaba de preguntar si su madre sabría dónde buscarla.
Markus no estaba allí; había ido al depósito y luego a revisar la casa principal.
Ilse se obligó a no pensar en el paquete.
Pensar en papeles mientras el cielo abría la ciudad parecía una forma de mezquindad, pero no pensarlos era traicionar a quienes solo podían seguir existiendo allí.
El refugio olía a lana mojada, pan envuelto, sudor y cal antigua.
Arriba, los primeros golpes hicieron temblar el techo con una fuerza distinta del terremoto chileno que ella conocía por cartas.
En Chile, la tierra había subido desde abajo; en Hamburgo, el mundo caía desde arriba.
En ambos casos, la seguridad de las paredes se revelaba como acuerdo temporal.
Frau Becker rezaba sin mover los labios. La niña preguntó otra vez por su madre. Nadie respondió rápido. Ilse se inclinó hacia ella.
—¿Cómo se llama?
—Lene.
—Entonces cuando salgamos, buscaremos a la madre de Lene. Primero diremos tu nombre. Después el suyo.
—¿Por qué?
—Porque los nombres se pierden si se grita solo miedo.
La niña no entendió del todo, pero se aferró a la frase como a una cuerda. Ilse pensó en Clara. Si alguna vez esa muchacha recibía el paquete “después”, quizá entendería que incluso bajo bombas el archivo empezaba con una niña diciendo cómo se llamaba.
Esa primera noche destruyó calles, abrió techos, mató gente y dejó a la ciudad con la sensación falsa de haber conocido lo peor.
Al salir, Ilse vio fachadas rotas, incendios controlados a medias, vidrios, polvo, hombres con cubos, mujeres con bultos, un caballo caído en una esquina y un cielo que empezaba a aclarar con una indiferencia intolerable.
La casa Hartmann seguía en pie. La oficina tenía ventanas reventadas, papeles esparcidos y una parte del techo dañada, pero no había ardido.
Markus llegó cubierto de ceniza, con un corte pequeño en la mejilla y la noticia que Ilse necesitaba antes de preguntar.
—El paquete está fuera.
Ella cerró los ojos un segundo. No fue alivio completo. El alivio completo habría sido insulto con tantas casas abiertas alrededor.
—¿Dónde?
—Donde no te conviene saber si te interrogan.
Ilse lo miró. Markus, por primera vez, estaba usando contra el régimen la misma lógica que durante años había usado para no saber demasiado. Esa transformación no lo volvía bueno. Pero volvía útil una parte de su cobardía educada.
—Bien —dijo.
—Berta —añadió él.
Ilse ya estaba pensando en ella. No necesitó más.
La zona donde estaba el cuarto de Berta no había recibido el golpe mayor, según los primeros rumores, pero los caminos estaban cortados, los tranvías interrumpidos y varios accesos bloqueados por incendios y escombros.
Ilse intentó salir de inmediato. Markus la sujetó del brazo.
El gesto se pareció demasiado al de Frau Becker años atrás, cuando la había detenido frente a la oficina Adler destruida.
—No ahora.
—Suéltame.
—Hay calles cerradas. No llegarás antes de mediodía, si llegas. Y si te detienen con esta ciudad así, nadie va a protegerte por llevar pan.
—No necesito protección para llevar pan.
—Todos necesitamos protección para seguir vivos, aunque nos humille admitirlo.
Ilse quiso arrancarse. No lo hizo. Estaba demasiado cansada para confundir impulso con eficacia.
Esperó hasta que la ciudad permitió moverse por rutas quebradas.
Cuando al fin llegó al sector, encontró el edificio de Berta dañado, no destruido.
La mujer que la cuidaba estaba en la escalera, con polvo en el cabello y una venda en el brazo.
Berta estaba viva, dijo. Asustada, con tos, pero viva.
Había sido bajada al refugio a tiempo, aunque la pierna había sufrido.
Ilse entró al cuarto. Berta estaba sentada en la cama, pálida, furiosa.
—Llegó tarde otra vez —dijo.
Ilse se quedó en el umbral. La frase, repetida desde la visita anterior, casi la quebró.
—La ciudad puso obstáculos.
—Siempre los pone. Usted insiste en tomarlo personal.
Ilse dejó el pan sobre la mesa. No era mucho. Ningún pan era mucho en esos días. Berta miró el paquete y luego a ella.
—¿Chile sabe?
—Todavía no. Nadie sabe nada completo.
—No escriba que estoy viva con demasiada alegría. Marta se levantará.
—Escribiré que sigue sentada por orden suya.
Berta respiró con dificultad.
—Mentira útil.
—Verdad incompleta.
—Está aprendiendo de los chilenos.
Ilse se sentó un momento. Afuera, la ciudad seguía golpeando metal, cargando agua, llamando nombres. La ventana del cuarto estaba rota y cubierta con una tabla. Berta sostuvo la taza con ambas manos.
—No vendrá una sola noche —dijo.
—¿Qué?
—El fuego. Esto fue aviso. No me mire como si yo hablara por fiebre. Las ciudades no enseñan los dientes para morder una vez.
Ilse no respondió. Había pensado lo mismo y no quería concederle a Berta el peso de tener razón.
—Si vuelve —dijo Berta—, no venga por mí mientras cae.
—No voy a obedecer eso.
—Lo sé. Por eso se lo digo antes, para que cuando desobedezca sepa que no fue por ignorancia.
—Berta.
—No me vuelva heroína de una terquedad suya.
La frase quedó entre ambas como una tabla atravesada. Ilse tuvo que apartar la mirada.
—Traeré noticias de la carta si llegan.
—Si llegan, dígame después. Si no llego a oírlas, ya me las contó bastante.
Ilse quiso negar la forma de esa frase. No pudo. Se levantó. Berta le tomó la mano con una fuerza sorprendente.
—Ilse.
—Sí.
—Si la ciudad arde y usted tiene que elegir entre mis huesos y sus papeles para Chile, elija lo que pueda caminar después. Yo ya envié mi manzana.
—No diga eso.
—Digo lo que es mío decir.
Ilse apretó su mano. La soltó tarde, pero la soltó.
En Chile, las noticias de la primera noche de Hamburgo llegaron como llegan los golpes demasiado grandes para el cable: deformadas por distancia, censura, titulares y retraso.
Un diario habló de intensos bombardeos sobre el puerto alemán; otro de incendios; otro de daños militares.
Ninguno sabía escribir Ilse, Berta, Markus, Frau Becker, Lene.
Clara leyó cada línea con una regla mental que ya parecía parte de su cuerpo: no llenar silencio con comodidad; no llenarlo con catástrofe antes de tiempo.
Pero esa disciplina, puesta ante la palabra Hamburgo, le dolió como hambre.
Marta recibió la noticia sentada. Esa fue su primera obediencia a Berta. Ruth se quedó de pie a su lado hasta que Marta la miró.
—Tú también —dijo.
—No soy yo la que recibió la orden.
—Eres mi hija. Heredas molestias.