Capítulo 53 La despedida #4
En Chile, la semilla de manzana no brotó de inmediato.
Anna preguntaba todos los días. Teresa le explicó que abrir la tierra a cada rato para ver si una semilla trabaja es la mejor manera de matarla.
Marta escuchó desde la cocina y no supo si Teresa hablaba de árboles, de Berta o de ella.
Probablemente de todo. La segunda semilla quedó guardada en el archivo de responsabilidad, en un sobre que decía simplemente: Berta/Anna.
Clara quiso agregar fecha. Marta dijo que no.
No todo necesitaba fecha para existir. Clara aceptó con dificultad y luego anotó en su cuaderno: cuando Marta dice que no a una fecha, se respeta.
Aprender eso me cuesta más que aprender dativo.
La despedida de Berta siguió llegando por partes.
Una carta, una semilla, una orden de sentarse, una broma sobre Clara, una advertencia para Ilse, una fruta comida, una firma irregular.
No había escena completa. No habría, quizá.
Esa fue la parte que más le costó a Ruth.
Las narraciones familiares enseñan a esperar que las despedidas ocurran con todos reunidos, una mano sobre otra, palabras finales reconocibles.
La guerra, como la tierra, no respetaba esas formas.
A veces la despedida era una carta que llegaba después de que la persona ya había cambiado de cuarto.
A veces era una instrucción sobre fruta.
A veces era no recibir nada y aun así poner una silla.
Una tarde de junio, Ruth se lo dijo a Constanza bajo el nogal.
—No sé cómo despedirme de alguien que sigue viva.
Constanza miró la marca del terremoto en la mesa.
—Quizá no debes despedirte todavía.
—Pero la carta suena a despedida.
—Sí.
—Entonces ¿qué hago con eso?
Constanza pensó en Anselmo y su primera partida, en Wilhelm muerto, en Mercedes, en Rosa, en cartas que habían cerrado y abierto vidas, en Ilse escribiendo desde una ciudad que no permitía finales limpios.
—Tal vez se responde a la despedida sin exigirle que sea la última —dijo—. Se toma lo que manda. Se come la manzana. Se planta una semilla. Se sienta una cuando se lo piden. Y se deja otra silla por si llega otra carta.
Ruth la miró.
—Usted hace que todo suene posible con trabajo.
—No todo. Pero casi todo lo soportable necesita una tarea pequeña para no volverse puro grito.
Ruth asintió. Esa noche escribió a Berta una carta que quizá no llegaría. No decía “venga”. No decía “la esperamos de pie”. Decía:
Tía Berta: Anna comió la manzana y plantó una semilla.
Marta se sienta más, aunque no siempre. Yo intento no usarla contra mí ni contra ella.
Clara escribió bien su nombre y luego lo dejó de mirar para que no se volviera ejemplo.
Si esta carta no llega, igual la escribo porque usted pidió no volverse piedra.
Las piedras no reciben respuesta. Usted sí.
Marta agregó una línea al final: “Estoy sentada mientras Ruth escribe. Eso debe alegrarte y molestarte en proporciones justas.” Clara tradujo. Anselmo buscó ruta. No sabían si saldría. La carta quedó preparada, no prometida.
En Hamburgo, la última visita de Ilse a Berta antes del gran fuego ocurrió sin que ninguna de las dos supiera que lo era.
Esa ignorancia fue misericordia y crueldad.
Berta estaba más débil, pero despierta. Ilse llevaba pan, una venda y la noticia de que desde Chile probablemente intentaban responder. Berta escuchó con los ojos cerrados.
—Si llega, bien. Si no, también.
—No diga eso.
—Lo digo porque es mío decirlo. Usted tiene muchas cosas, Ilse, pero no mi derecho a cansarme.
Ilse se quedó en silencio. Berta abrió los ojos.
—Perdón. Eso sonó más duro de lo necesario.
—No.
—Sí. Pero no tengo energía para hacerlo mejor.
Ilse tomó su mano. Esta vez Berta no habló de adiós en los dedos.
—¿Quiere que le lea algo? —preguntó.
—¿De Chile?
Ilse sacó una copia breve de la frase de Anselmo: la fruta fue comida y una semilla quedó en tierra.
Berta quiso oírla tres veces. Después pidió silencio.
Ilse se quedó sentada junto a ella casi una hora, mientras afuera Hamburgo respiraba esa calma tensa que precede a las noches malas. Al levantarse, Berta la miró.
—Si un día llega a Chile —dijo—, no cuente primero mi tristeza. Cuente que una niña comió la manzana.
—Lo haré.
—No prometa.
Ilse sonrió con dolor.
—Intentaré.
—Mejor.
Esa fue la despedida. No hubo música, ni frase final, ni mano que se soltara sabiendo que no volvería a tocar.
Ilse salió a una calle oscura, con el olor de lluvia vieja y carbón, y pensó que volvería en unos días.
Berta cerró los ojos y probablemente pensó lo mismo.
Las despedidas más verdaderas, a veces, no saben que han ocurrido.
Por eso duelen después con una precisión tan injusta.
La carta de Ruth y Marta no alcanzó a salir antes de que Hamburgo entrara en la semana que cambiaría todos los mapas íntimos.
Quedó en casa Brandt chilena, dentro de una carpeta de ruta pendiente, mientras en Europa los aviones empezaban a prepararse lejos de las personas que aún estaban cubriendo pan, cerrando cajones, guardando semillas y creyendo, porque la vida lo exige, que habría otra visita, otra carta, otra oportunidad de decir lo mismo mejor.
En Las Higueras, Anna regó la semilla de manzana al atardecer.
En Hamburgo, Ilse cerró el cajón “después” con dos llaves.
En algún cuarto húmedo, Berta durmió o fingió dormir.
Y la despedida, ya hecha sin saberlo, esperó a que el fuego le diera nombre.