Capítulo 40 La boda de Domingo #4
Rodrigo asintió. Después miró hacia Anselmo, que hablaba con Manuel junto a una mesa, probablemente de trigo incluso en una boda.
Frida conversaba con Mercedes; Rosa discutía con Teresa sobre si había sobrado demasiado pan o exactamente lo justo; Clara leía de pie la nota de Ilse por tercera vez.
El mundo entero parecía reunido allí en una escala doméstica: Chile, Hamburgo, cuentas, semillas, hijos, muertos, caminos, crisis, pan.
—Cuando me dijiste sí —dijo Rodrigo—, pensé que el trabajo sería aprender a vivir contigo. No imaginé que después vendría aprender a dejar que los hijos vivan sin repetirnos ni negarnos.
—Nadie advierte eso en las bodas.
—Deberían.
—Nadie se casaría.
Volvieron a reír. Esta vez la risa se quedó un poco más.
La tarde bajaba sobre Los Robles con una luz dorada que hacía parecer más amable la tierra de lo que era.
Constanza no se dejó engañar del todo. Sabía que al día siguiente habría cuentas, platos, deudas, precio bajo, molino, banco, una posible carta de Ilse y la sombra larga de Europa creciendo sin permiso.
Pero esa noche también había una casa chica con un libro en la repisa, un pan sobre la mesa y dos jóvenes que habían dicho sí sin crédito de Molina y sin negar el miedo.
Más tarde, cuando casi todos se habían ido, Constanza encontró a Mercedes sola bajo el nogal. La anciana tenía un chal sobre los hombros y miraba la mesa vacía con una concentración que no parecía cansancio.
—¿Estás bien? —preguntó Constanza.
—Estoy vieja. A veces se parece.
Constanza se sentó a su lado. Durante un rato escucharon cómo se desmontaba la fiesta: platos recogidos, bancos arrastrados, voces apagándose, Rosa dando órdenes con menos fuerza pero igual autoridad.
—Hoy pensé en tu boda —dijo Mercedes.
—Yo también.
—Yo quise ordenarte la vida para que no sufrieras. Después sufriste igual y encima tuve que aprender a callar. Con Domingo y Elena me costó menos. Eso debe de ser progreso o cansancio.
—Tal vez ambas.
Mercedes sonrió con una tristeza pequeña.
—La muchacha es buena.
—Sí.
—No mansa.
—También.
—Mejor. Las mansas se rompen en silencio y después todos dicen que eran santas.
Constanza tomó la mano de su madre. Era una mano delgada, con venas marcadas, menos fuerte que antes. Pensó en todo lo que esa mano había calculado, empujado, sostenido, corregido, soltado tarde y aprendido todavía más tarde.
—Gracias por no convertir esta boda en arreglo —dijo.
Mercedes resopló.
—Ya arruiné bastantes cosas queriendo arreglarlas. Una debe diversificar sus métodos al final.
La frase era tan de ella que Constanza rió. Mercedes también, apenas. Después miró hacia el camino oscuro del Maitén.
—Que tengan pan —dijo.
No pidió felicidad. No pidió riqueza. No pidió hijos. Pidió pan. Constanza entendió que, en una época como esa, era bendición suficiente y casi desmesurada.
Esa noche, en la casa chica, Elena abrió la libreta nueva que Anselmo les había regalado. En la primera página escribió: Cuentas de la casa. Luego, después de pensarlo, añadió debajo: y otras verdades que conviene no esconder. Domingo, que encendía la lámpara con torpeza, la miró.
—¿Ya empezaste?
—Si esperamos a tener problemas para abrir la libreta, la libreta llega tarde.
Domingo se sentó frente a ella. Tenía todavía arroz en el cabello y una mancha de vino en la manga. Elena parecía cansada, hermosa de una manera nueva y completamente despierta.
—Elena —dijo él—, si empiezo a mandar por susto, dímelo antes de que me vuelva costumbre.
Ella dejó la pluma.
—Y si empiezo a corregirte para no mostrar miedo, dímelo antes de que mi inteligencia se vuelva escondite.
Domingo sonrió.
—Eso suena a frase de mi madre.
—La mejoré.
La lámpara prendió al fin. Afuera, el viento movía los álamos. En la mesa había pan, un libro, una libreta y dos vasos. No era abundancia. No era seguridad. Era comienzo. En tiempos de crisis, empezar sin mentirse ya era una forma de riqueza que ningún banco sabía valorar.
En Las Higueras, antes de dormir, Constanza escribió a Ilse.
Le contó que las semillas habían llegado, que Elena había recibido la carta, que Clara seguía hablando de Hamburgo como si fuera una palabra puesta en el horizonte para que ella no aceptara techos bajos demasiado pronto.
Le contó también que la boda fue sencilla, sin crédito y con pan suficiente.
Al final añadió: “Aquí la crisis obliga a los jóvenes a casarse con menos mantel y más verdad. No sé si eso los salvará. Pero al menos no empezaron debiendo la alegría.”
Selló la carta al día siguiente. Afuera, la tierra seguía esperando lluvia, precio justo y manos firmes.
La boda de Domingo no cambió la Depresión, no detuvo a Molina, no arregló el molino ni puso a salvo los nombres que Ilse guardaba en Hamburgo.
Pero durante un día, bajo el nogal de Los Robles, las casas hicieron algo que la sombra no podía impedir del todo: dieron pan, dijeron sí sin comprarlo a crédito y dejaron que una nueva mesa empezara con la libreta abierta.