Capítulo 35 El último jueves de enero #4
Recibí su carta con la fecha. Le agradezco que la haya enviado como dato y no como reclamo. Esa limpieza me obligó a hacer lo mismo aquí.
Rodrigo Ovalle me preguntó si aceptaría casarme con él. Hoy le respondí que sí.
No le escribo para pedir perdón por la respuesta ni para pedirle que la bendiga desde lejos. Tampoco para decirle que lo vivido entre nosotros fue poco. No fue poco. Usted lo sabe y yo también. Si hubiese sido poco, esta carta no me costaría tanto.
Le dije que sí porque la vida que Rodrigo me ofrece, con Las Higueras, con Clara en la memoria, con Teresa en la casa, con trabajo, miedo, pan, cuentas claras y defectos visibles, es una vida que puedo imaginar sin mentirme.
No le dije que sí porque usted tarde en volver ni porque mi familia necesite alivio.
Si esa verdad fallara, todo lo demás quedaría torcido desde el comienzo.
Usted me escribió que no esperara su barco por cortesía.
He tratado de obedecer esa frase en lo más difícil: no la usé para correr hacia una respuesta, pero tampoco para quedarme suspendida.
Si al volver desea verme, y si eso puede hacerse sin daño innecesario, lo miraré como hombre que vuelve, no como muchacho guardado en un galpón.
Pero no quiero que reciba por rumor una decisión que toca también la parte de mi vida donde usted estuvo.
Me alegró saber que el grano brotó. No sé qué significa. Quizá significa solo que algo vivo no debe quedarse envuelto para siempre. Por ahora, eso basta.
C. Zúñiga
Constanza dejó la pluma. La mano le temblaba.
Leyó la carta una vez. Le pareció dura. La leyó otra vez.
Le pareció necesaria. No decía todo. Ninguna carta decente lo hace.
No hablaba de cuánto le había dolido escribir “sí” sabiendo que Anselmo aún no había embarcado.
No describía la pregunta de Rodrigo, ni la cocina de Las Higueras, ni el abrazo de Fernando, ni las sentencias de Rosa.
No debía. La carta tenía una sola función: llevar la verdad antes que el rumor, sin convertir esa verdad en nueva cadena.
La dejó sin sellar hasta la mañana, siguiendo el viejo consejo de Mercedes.
Al amanecer, la luz no la avergonzó. Lloró entonces, no antes.
Lloró poco, sentada junto a la mesa, con la carta abierta y el pañuelo en la mano.
No lloró por arrepentimiento. Lloró porque una vida elegida también tiene duelo.
Lloró por la muchacha del galpón, por el joven que había partido sin pedir espera, por el grano brotado en Hamburgo, por la versión de sí misma que ya no podría conservar intacta.
Después se lavó la cara, selló el sobre y bajó.
Mercedes estaba en la sala. Vio el sobre y no preguntó si estaba segura. Solo dijo:
—Karl pasará por el molino hoy. Puede llevarla.
—Sí.
Fernando apareció detrás, como si hubiera estado esperando sin querer esperar. Miró el sobre.
—¿Quieres que vaya con mis papeles o separado?
—Separado.
—Bien.
Rosa entró con pan. Miró la cara de Constanza, luego el sobre.
—Coma antes de mandar penas al mar —dijo.
—No es pena solamente.
—Por eso mismo.
Constanza comió. Poco, pero comió. Cuando Karl llegó cerca del mediodía, ella misma le entregó la carta. Él la tomó con una seriedad que no preguntó nada.
—Para Anselmo —dijo ella.
—Sí.
—Que salga con el primer paquete seguro.
—Mi madre se encargará.
Karl guardó el sobre. Después, con una delicadeza inesperada, añadió:
—Me alegro de que me la entregue usted.
Constanza entendió todo lo que no dijo: me alegro de que no llegue por chisme; me alegro de que no se esconda; me duele por mi hermano; la respeto por hacerlo así. Asintió.
—Gracias, Karl.
Él partió. La carta tomó el camino hacia casa Brandt, luego tomaría otro hacia Valparaíso, luego el mar, luego Hamburgo. El mismo mar que traería a Anselmo tal vez en marzo o abril llevaría antes una respuesta que él no había pedido y que, aun así, merecía recibir limpia.
Cuando el caballo de Karl se perdió, Constanza volvió al corredor. Mercedes estaba allí. No la abrazó. Solo se quedó a su lado. Después de un rato, dijo:
—Ahora empieza lo difícil.
Constanza la miró.
—Pensé que esto era lo difícil.
—No. Esto era elegir. Ahora toca vivir de acuerdo con lo elegido.
La frase no tuvo compasión excesiva. Por eso sirvió.
Constanza miró el camino a Las Higueras.
No parecía nuevo. No parecía más hermoso por haber dicho sí.
Seguía con piedras, polvo, zanjas, huellas, trabajo pendiente.
Aun así, lo vio distinto. No como destino impuesto ni como escape, sino como camino que había aceptado empezar a recorrer con los ojos abiertos.
En Hamburgo, semanas después, la carta todavía no había llegado.
Anselmo seguía cerrando papeles, discutiendo con Markus, recibiendo de Ilse correcciones que parecían golpes pequeños de lucidez y mirando el brote de trigo junto a la ventana.
No sabía aún que Constanza había respondido.
No sabía que el sí ya viajaba hacia él, no como herida buscada, sino como verdad inevitable.
Una tarde, al regar la maceta, vio que la planta inclinaba una hoja hacia la luz débil.
Pensó en escribir de nuevo y no lo hizo.
Había aprendido, o estaba aprendiendo, que no toda espera se llena con papel.
—Está creciendo —dijo Ilse desde la puerta.
—Sí.
—¿Eso lo consuela o lo asusta?
Anselmo miró la hoja verde.
—Las dos cosas.
—Entonces sigue vivo.
La frase quedó en la habitación, sencilla y despiadada. Anselmo no supo que al otro lado del mar otra vida acababa de elegir una forma. La sabría pronto. El trigo, mientras tanto, seguía creciendo sin pedir permiso a ninguna historia.
En Los Robles, esa noche, Constanza abrió la lista por última vez antes de guardarla en otro sitio.
Bajo El último jueves de enero escribió: dije sí.
Luego añadió, después de una pausa: no termina nada; empieza el trabajo.
Dobló la hoja y la puso en el cajón, pero ya no encima de todas las cartas.
La puso a un lado, con espacio. Las cartas de Anselmo, las notas de Rodrigo, los granos de trigo, la lista: nada necesitaba aplastar lo demás para existir.
Abajo, Rosa apagaba la cocina. Fernando cerraba el escritorio.
Mercedes revisaba, probablemente, alguna tela que empezaría a nombrarse ajuar antes de que nadie quisiera admitirlo.
En Las Higueras, Rodrigo estaría quizás oyendo a Teresa enumerar armarios, sábanas y defectos de la casa como si el sí hubiera sido una autorización para trabajar más, no para descansar.
Y en algún lugar del camino entre ambas casas, las piedras puestas meses antes seguían firmes, indiferentes a la grandeza humana y por eso confiables.
Constanza apagó la lámpara. No se sintió salvada.
No se sintió pura. No se sintió libre de dolor.
Se sintió responsable. Era una forma menos brillante de felicidad, pero tal vez más durable.
La vida que había elegido no le quitaba el peso de la tierra.
Le ofrecía un lugar donde cargarlo sin fingir que no pesaba.