El peso de la tierra Capítulo 17 El galpón de trigo #3
23%

Capítulo 17 El galpón de trigo #3

Anselmo bajó la mirada, y por primera vez en mucho tiempo pareció casi derrotado por una sonrisa.

—Me conoce demasiado para el poco tiempo que tuvimos.

—Tuvimos poco tiempo y demasiadas circunstancias. Eso acelera algunas lecturas.

—Entonces diré algo menos noble y más difícil. Yo sí querría que me esperara, si el deseo bastara para volver decente una petición.

Constanza dejó la mano sobre el saco de trigo. El mundo no se detuvo. Afuera siguió una carreta, una voz, un golpe de madera. Pero dentro del galpón, la frase cambió la calidad del aire. No era promesa. No era súplica. Era el deseo desnudo y negado al mismo tiempo. Ella lo recibió sin moverse.

—Gracias por no pedírmelo —dijo.

Anselmo asintió. Le costó. Ella lo vio.

—Y gracias por decir que querría hacerlo.

Esa segunda gratitud le hizo más daño que la primera.

Anselmo dio un paso, no hacia ella del todo, sino hacia la mesa donde estaba la lámpara.

La distancia se redujo apenas. Constanza no retrocedió.

La luz de la tarde entraba más baja ahora, dorando el polvo, los sacos, las tablas nuevas.

El granero parecía lleno de trigo y de palabras que habían llegado tarde, pero habían llegado.

—¿Puedo escribirle? —preguntó él.

Constanza sostuvo la pregunta con cuidado. Ahí estaba el borde. Una carta podía ser puente o cadena, verdad o barro elegante. Lo habían aprendido demasiado bien.

—Puede escribir si no me escribe para pedirme que guarde un lugar vacío —dijo.

—No lo haré.

—Puede escribir si no convierte cada carta en una prueba de sufrimiento.

—Intentaré no hacerlo.

—Y puede escribir si puede decir algo verdadero aunque sea pequeño. Prefiero una verdad pequeña a una frase grande llena de huecos.

Anselmo respiró hondo.

—Eso puedo prometerlo.

Constanza levantó la vista.

—Cuidado con esa palabra.

Él aceptó la corrección con una gravedad casi dulce.

—Tiene razón. Eso puedo intentarlo con toda la decencia que tenga.

—Mejor.

—¿Y usted responderá?

Constanza miró hacia la puerta. En el patio, Fernando pasaba junto a Karl, ambos inclinados sobre una lista. Rodrigo no estaba allí. Presentación no estaba ya en la casa. Wilhelm estaba bajo tierra. Ilse al otro lado del mar. Todos, presentes o ausentes, parecían ocupar un sitio en la respuesta.

—No lo sé —dijo.

Anselmo asintió.

—Es una respuesta justa.

—Es la única que tengo.

—Entonces la llevaré como tal.

De nuevo el silencio. Esta vez no fue falta de palabras sino aceptación de su límite.

Constanza pensó en darle algo: un libro, una cinta, una frase escrita.

Todo le pareció demasiado cercano a promesa.

Luego recordó el armario de medidas, los sacos, la tierra, el pan de Rosa, las semillas guardadas para otro ciclo.

Se inclinó hacia uno de los sacos abiertos que don Eulogio había dejado para revisar humedad, tomó entre los dedos unos granos de trigo y los puso sobre la palma enguantada.

Eran pequeños, duros, dorados. Nada más humilde. Nada más cargado.

—Llévese esto —dijo.

Anselmo miró su mano.

—¿Trigo?

—No como reliquia dramática. Como recordatorio práctico. Si alguien le explica Chile como paisaje exótico, muéstrele que aquí también se mide la vida en cosas que pesan, alimentan y se pudren si se guardan mal.

Anselmo extendió la mano. Esta vez ella dejó caer los granos en su palma desnuda. Sus dedos no se tocaron más que un instante, pero el contacto existió, claro, sobrio, imposible de negar. No fue caricia. Fue entrega. El trigo sonó apenas contra la piel de él.

—No sé si en Hamburgo entenderán esto —dijo.

—No se lo doy a Hamburgo.

Anselmo cerró la mano lentamente. La frase le llegó más hondo que cualquier objeto. Guardó los granos en un pañuelo blanco que sacó del bolsillo interior de la chaqueta, los envolvió con cuidado y volvió a guardarlos.

—Entonces los llevaré yo.

Constanza sintió que algo se quebraba sin hacer ruido. No era suficiente. Nada lo era. Pero era verdadero. Un puñado de trigo en lugar de juramento. Tierra convertida en semilla, alimento y peso. Algo que podía cruzar el mar sin pedirle a nadie que esperara en la orilla.

—Yo no tengo nada que darle —dijo Anselmo.

—Acaba de aceptar no desaparecer. Eso ya es bastante complicado.

—No sé si bastará.

—No he dicho que baste.

Él bajó la cabeza. Hubo en el gesto una risa mínima y una tristeza más grande. Después sacó del bolsillo una hoja doblada. Constanza la reconoció sin haberla visto nunca: la carta no enviada, o una de ellas. Anselmo no se la ofreció.

—Traje esto para romperlo aquí —dijo.

—¿Una carta?

—Varias frases. Ninguna decente. Todas intentando explicarme mejor de lo que merecía. Pensé que debía destruirlas antes de irme, pero no en mi casa. Allá pertenecen demasiadas omisiones. Aquí empezó mi primera torpeza con usted. Aquí, o cerca de aquí, debería terminar al menos esa forma de mentir.

Constanza miró el papel. Una parte de ella quiso leerlo.

Otra supo que leerlo sería aceptar una versión ya vencida de él.

Anselmo abrió la hoja, no para mostrarla, sino para rasgarla.

La rompió en varias partes con una calma dolorosa.

Luego, en lugar de tirarla al suelo, la dejó en una caja vacía junto a la lámpara.

—Rosa diría que hasta las malas frases deben quemarse bien —dijo Constanza.

—Entonces pídale perdón en mi nombre si lo hago mal.

Ella tomó la lámpara, la encendió con los fósforos del armario y acercó la llama a los pedazos de papel dentro de la caja metálica donde don Eulogio guardaba clavos viejos.

El papel prendió rápido, se curvó, ennegreció y se volvió una ceniza liviana, demasiado poca cosa para el peso que había tenido.

Ambos lo miraron arder. No había solemnidad grande en el gesto. Solo una limpieza pequeña.

—Ahora tendrá que escribir desde cero —dijo ella.

—Sí.

—Eso suele ser más difícil.

—Lo sé.

La llama murió. El olor a papel quemado se mezcló con el trigo y la madera.

Constanza apagó la lámpara, porque todavía quedaba luz suficiente.

Afuera, Karl volvió a llamar a Anselmo. Esta vez no era una interrupción social, sino tiempo verdadero.

El sol había bajado; los hombres debían terminar de cargar lo acordado antes de que el frío de la tarde humedeciera de nuevo el camino.

—Debo salir —dijo Anselmo.

—Sí.

Ninguno se movió de inmediato. La despedida, cuando llega después de tantas antesalas, parece exigir una forma que no existe.

Un abrazo sería demasiado. Una inclinación, demasiado poco.

Una promesa, injusta. Un silencio, cobarde.

Constanza pensó en todas las mujeres que habían despedido hombres hacia guerras, puertos, minas, ciudades, sin saber si su espera era virtud o castigo.

Ella no quería convertirse en imagen heredada.

Quería seguir siendo persona, con derecho a responder más tarde desde una vida que todavía no conocía.

Anselmo pareció entender algo de eso, porque no se acercó más. Solo tomó su sombrero, que había dejado sobre un saco, y se lo puso bajo el brazo.

—Constanza —dijo.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre sin título delante de ella, sin tacharlo, sin esconderlo dentro de una carta. El galpón sostuvo la palabra.

—Anselmo —respondió ella.

Ambos nombres quedaron allí, sin apellido. Fue la única intimidad que se permitieron.

—No voy a pedirle que me recuerde —dijo él.

—No podría obedecer aunque quisiera.

La respuesta salió antes de que el orgullo pudiera revisarla. Anselmo la recibió con los ojos fijos en ella, como si el dolor acabara de adquirir una forma que, al menos, podía llevarse.

—Entonces yo tampoco obedeceré lo imposible —dijo.

La frase era torpe y hermosa por lo mismo. Constanza sintió que las lágrimas se acercaban y las detuvo, no por vanidad, sino porque si empezaba a llorar quizá intentaría volver la despedida otra cosa. Se limitó a asentir.

—Vaya —dijo—. Antes de que Karl entre y arruine todo con un comentario sobre sacos.

Anselmo sonrió, esta vez con ternura abierta y breve.

—Tiene talento para salvarme de la solemnidad.

—Alguien debe hacerlo. Su familia la produce en exceso.

—La suya no se queda atrás.

—Somos casas antiguas. Tenemos reservas.

La broma pequeña les permitió caminar hacia la puerta.

Al llegar al umbral, la luz exterior los obligó a volver a ser visibles.

Fernando estaba junto a la carreta; Karl ajustaba una cincha; don Eulogio revisaba la libreta; un peón cargaba el último saco.

Nadie miró demasiado. Esa discreción compartida fue el último regalo de la casa.

Anselmo tomó la libreta que Constanza llevaba y se la entregó a Fernando como si el trámite hubiera sido siempre el centro.

Fernando la recibió, miró a su hija, luego a él, y no dijo nada salvo:

—Buen viaje, Anselmo.

El joven Brandt inclinó la cabeza.

—Gracias, don Fernando.

Hubo en esas dos frases más historia de la que los peones podían saber.

Karl se despidió de Constanza con una gentileza franca, prometió escribir a Presentación para contarle alguna mentira aceptable sobre la vida de casada y recibió de Amparo, que había aparecido de ninguna parte, la orden de traerle a todos un caracol marino si llegaba a ver el puerto.

Anselmo montó al final. Desde el caballo, miró una vez hacia el galpón de trigo, luego hacia la casa, luego hacia Constanza.

No levantó la mano. Ella tampoco. Los gestos grandes habrían empobrecido lo que acababan de guardar.