El peso de la tierra Capítulo 15 El velorio de Wilhelm Brandt #3
20%

Capítulo 15 El velorio de Wilhelm Brandt #3

Anselmo pensó en sus propias cartas no enviadas a Constanza.

La frase de Frida le cayó sobre ellas como una luz incómoda.

Algunas no debían enviarse porque usaban huecos para pedir confianza.

Otras tal vez debían escribirse, aunque no salvaran nada, para no dejar todo en manos del silencio.

No sabía aún cuál era la diferencia. Esa noche no tenía fuerzas para aprenderla completa.

Volvió a la sala cuando el segundo rosario estaba por empezar.

Constanza estaba junto a Mercedes, y Rodrigo cerca de Fernando.

La composición social era impecable y cruel: la familia Zúñiga reunida, el pretendiente aceptado en lugar correcto, el joven Brandt en la casa del muerto, todos sostenidos por formas que impedían a las emociones cruzar de sitio.

Anselmo se ubicó junto a Karl. Durante la oración, levantó la vista una sola vez y encontró a Constanza mirándolo.

No hubo sonrisa ni señal. Solo una pregunta compartida: qué se hereda de un muerto además del apellido y de las deudas.

Cerca de la medianoche, el aire de la casa empezó a espesarse.

Los velorios tienen un punto en que la solemnidad inicial cede y aparecen los cuerpos: cansancio, hambre, niños dormidos en sillas, hombres que salen a fumar, mujeres que comentan en voz baja la enfermedad final, la calidad del café, la cara de la viuda, la conducta de los hijos.

Frida aceptó sentarse por primera vez. Otto permaneció de pie hasta que Karl le puso una mano en el hombro y lo obligó, sin palabras, a descansar.

Fernando salió al corredor buscando aire.

Anselmo lo encontró allí minutos después, junto a un pilar, mirando el patio oscuro.

—Don Fernando —dijo.

Fernando volvió hacia él. La noche del velorio les quitaba algunas jerarquías y les imponía otras.

Ya no eran solo el hijo de una casa y el dueño de otra; tampoco podían hablar como simples conocidos.

Entre ambos estaba Wilhelm muerto, Hartmann en camino y Constanza en algún lugar de la casa, quizá demasiado cerca de todo lo que no debía saber todavía.

—Anselmo —respondió Fernando.

Durante un momento ninguno continuó. El patio de la casa Brandt se veía distinto desde el luto: más grande, más frío, menos ordenado. Al fondo, unos hombres acomodaban caballos bajo un alero. La tierra, todavía húmeda, guardaba huellas superpuestas.

—Su abuelo escribió la carta —dijo Fernando al fin.

—Sí.

—No arregla todo.

—No.

Fernando asintió, como si esa respuesta escueta fuera más honesta que cualquier discurso.

—Quiero que sepas algo, aunque quizá no sea el momento limpio para decirlo. Tal vez no haya momento limpio.

Anselmo sintió que el cuerpo se le tensaba.

—Dígame.

Fernando miró hacia la sala antes de hablar.

—Si una parte de tu viaje nace de errores viejos en los que mi nombre estuvo mezclado, no voy a fingir que no lo veo. No te pediré perdón esta noche, porque los perdones junto a un muerto pueden volverse una forma de pedir consuelo. Pero estoy viendo. Eso sí puedo decirlo.

Anselmo recibió la frase sin saber dónde ponerla. No era absolución, ni explicación completa, ni liberación. Era un adulto diciendo, tarde, que ya no miraría hacia otro lado. Tal vez eso debía parecer poco. No lo pareció. La rabia de Anselmo buscó una respuesta dura y encontró solo cansancio.

—Mi abuelo dijo que llegar tarde seguía siendo llegar —dijo.

—Y tú me lo repetiste.

—No estaba seguro de creerlo.

—Yo tampoco —respondió Fernando—. Pero quizá tendremos que actuar como si fuera cierto hasta que lo sea un poco.

Anselmo miró hacia el interior de la casa. Constanza no estaba visible. Rodrigo sí, ayudando a doña Elvira a mover una mesa para despejar paso. El gesto, otra vez, fue útil, discreto, imposible de despreciar. Fernando siguió la dirección de su mirada y entendió más de lo que dijo.

—Mi hija no es parte de ninguna cuenta —dijo.

Anselmo volvió hacia él.

—Lo sé.

—No. Nadie lo sabe bastante. Ni tú, ni yo, ni su madre, ni Rodrigo, ni ella misma cuando se le meta en la cabeza salvar algo que no le corresponde. Hay que repetirlo hasta que nos dé vergüenza usarla de otra manera.

La frase, viniendo de Fernando, tuvo una fuerza que Anselmo no esperaba.

Por primera vez, el padre de Constanza no le habló como dueño de una puerta ni como deudor ante una casa más fuerte, sino como hombre aterrorizado por la posibilidad de que su hija se volviera instrumento de todas las reparaciones ajenas. Anselmo inclinó la cabeza.

—No le pediré que salve nada mío —dijo.

—Eso no impide que ella quiera hacerlo si llega a saberlo.

—Entonces no se lo diga para aliviarme.

Fernando lo miró largo. Allí, en el corredor del velorio de Wilhelm, los dos coincidieron en una decisión dolorosa: la verdad no debía ser usada como moneda para comprar ternura, compasión ni espera. Fernando apoyó una mano sobre el pilar.

—No lo haré —dijo—. Pero tampoco seguiré mintiendo por comodidad.

—No sé dónde queda la línea.

—Yo tampoco. Por eso conviene caminar despacio.

Dentro de la sala comenzó otra oración. Fernando se enderezó y ambos regresaron. La conversación no había resuelto nada. Aun así, Anselmo sintió que una parte del peso cambiaba de distribución. No menos peso. Otro reparto.

Constanza lo encontró más tarde en la cocina, donde había ido a dejar una taza vacía porque necesitaba moverse y porque las mujeres de la casa Brandt estaban demasiado ocupadas para recibir más manos inútiles en la sala.

Rosa estaba allí, junto a Frida, cortando pan y sirviendo café como si hubiera pertenecido siempre a esa casa.

Esa continuidad de las mujeres entre casas la impresionó: cuando los hombres prometían, firmaban o callaban, ellas terminaban preparando el alimento del daño.

Frida le dio a Constanza una taza y le pidió llevarla a Otto.

Rosa no dijo nada, pero la miró de reojo con una advertencia muda: no te pierdas en los corredores.

Al salir, Constanza vio a Anselmo junto al umbral de la cocina.

No había buscado ese encuentro. O no más de lo que una parte de sí misma siempre lo buscaba cuando él estaba bajo el mismo techo.

Él sostenía una bandeja con tazas limpias, detalle tan ordinario que lo volvió más cercano que cualquier frase de la noche clara.

—Su madre me hizo trabajar —dijo él, con voz baja.

—Rosa considera que el duelo no justifica la inutilidad.

—Empiezo a temerle más que a mi padre.

—Una señal de juicio sano.

La conversación mínima los sostuvo un instante. Luego la presencia del ataúd al otro lado de la casa volvió a entrar entre ambos. Constanza miró hacia la sala.

—Lo siento —dijo.

Anselmo bajó la vista.

—Gracias.

—No sé si lo quería bien.

La frase era arriesgada. Él podría haberla tomado como impertinencia. No lo hizo. Miró las tazas de la bandeja como si allí estuviera escrita una respuesta aceptable.

—Lo quería con demasiadas cosas encima. Algunas eran amor. Otras, costumbre. Otras, rabia. Esta mañana todas llegaron juntas y ninguna sabía dónde sentarse.

Constanza sintió que la imagen era exacta.

Pensó en Wilhelm como muerto y como origen de heridas; en Fernando como deudor y padre; en Mercedes como estratega y madre; en Rodrigo como refugio y hombre; en Anselmo como imposible y presente.

Las emociones, también, llegaban a las casas sin saber dónde sentarse.

—No tiene que ordenarlo hoy —dijo.

—Mi familia lleva años ordenando demasiado tarde.

—Entonces tal vez hoy baste con no fingir orden.

Anselmo la miró. La gratitud que apareció en su rostro fue breve, pero real. No contenía pedido. Eso la hizo más difícil de soportar.

—La carta a Hartmann salió esta mañana —dijo él.

Constanza sostuvo la taza con más fuerza.

—¿La de Wilhelm?

—Sí.

—¿Puede decirme qué decía?

—No completa. Pero sí que intentaba separar mi viaje de cualquier expectativa matrimonial con Ilse. Y protegerla a ella también, si la carta llega con alguna autoridad todavía.

Constanza respiró despacio. La noche clara había aclarado el malentendido personal; esta frase lo colocaba dentro de una acción concreta del muerto. Wilhelm, incluso tarde, había intentado impedir que Ilse y Anselmo fueran usados del todo. Eso no absolvía lo anterior. Pero modificaba la despedida.

—Entonces hizo algo justo antes de morir —dijo.

—Sí.

—Y algo injusto antes de eso.

—También.

La aceptación simultánea le pareció la única forma honesta de duelo. Ninguno añadió más. Desde la sala, Mercedes llamó a Constanza. La taza destinada a Otto seguía en sus manos. Anselmo se apartó para dejarla pasar.

—Señorita Zúñiga —dijo, no como despedida formal sino como recordatorio de dónde estaban.

—Señor Brandt.

Al regresar a la sala, Constanza encontró a Rodrigo ayudando a Amparo a acomodar una silla para una anciana que había llegado tarde.

Él levantó la vista hacia ella, vio algo en su rostro y no preguntó.

Esa falta de pregunta le pesó tanto como cualquier interrogatorio.

Dejó la taza junto a Otto y volvió al lado de Mercedes.

Su madre la miró apenas. No la reprendió.

En un velorio, hasta las madres entienden que hay dolores que no conviene ordenar delante de todos.

El entierro se fijó para la mañana siguiente.

Muchos se quedaron toda la noche. Otros partieron y prometieron volver antes de misa.

La casa Brandt se llenó de rezos intermitentes, pasos cansados, tazas lavadas, velas reemplazadas y murmullos sobre el tiempo, los caminos, la salud de Frida, la entereza de Otto, el parecido de Karl con el muerto y el destino de Anselmo.

Ese último tema viajaba en voz más baja, pero viajaba.

Hamburgo. Antes de fin de año. Hartmann.

La muerte de Wilhelm lo volvía más inminente, no menos.

Constanza oyó fragmentos y ya no sintió la misma punzada de celos que en casa de doña Elvira.

Sintió algo más grave: la conciencia de que una partida puede tener menos de elección que de herencia.