Capítulo 12 El beso de salitre y lluvia
El granizo no avisó. Se desplomó como metralla de piedra pómez sobre las lajas de pizarra, un estrépito seco y demoledor que ahogó cualquier eco en la garganta del barranco. En el cobertizo anexo, el crujido del castaño cediendo bajo la carga de agua sonó como un fémur partiéndose en dos.
—¡La cumbrera del forraje! —bramó Mateo a través de la cortina blanca. El viento le pegaba la camisa al torso, revelando la tensión rígida de los dorsales—. ¡Si cede el envigado maestro, el agua pudre la paja y el ganado muere antes de enero!
Elena no esperó una orden. No había tiempo para medir el miedo ni para recordar que sus pies descalzos resbalaban sobre la piedra húmeda del corral.
Corrió tras él bajo el azote de las bolas de hielo que le golpeaban las sienes como perdigones helados.
La manta de lana churra, empapada de nuevo, pesaba como una armadura de hierro muerto; se la arrancó de los hombros de un tirón y la arrojó al lodo, quedándose únicamente con la camisa de franela desteñida pegada al pecho por el frío glacial.
Mateo ya estaba arriba, encaramado a los peldaños combados de una escala de mano que oscilaba contra el muro.
—¡Pásame las lajas de tres puntos! —gritó él. Su voz era un desgarro en mitad del rugido ensordecedor del temporal—. ¡Las anchas, Elena! ¡Rápido!
Ella subió los cuatro primeros travesaños sin titubear.
La madera castigada de la escala crujió bajo su peso, quejándose contra la piedra.
Afianzó los pies entumecidos y, usando el antebrazo izquierdo vendado como punto de apoyo plano contra el larguero, tiró con el brazo derecho para izar una laja pesada del montón suspendido en el alero.
El borde afilado le mordió la piel lívida de los dedos sanos, pero el esfuerzo muscular ahogó el escozor en una sacudida de pura adrenalina.
—¡Toma! —jadeó ella.
Hizo palanca con el hombro derecho y empujó la masa hacia arriba, guiándola con la base de la mano vendada. La presión sobre la almohadilla del pulgar le arrancó un chispazo ardiente bajo el lino, pero el vendaje contuvo el tirón sin abrir la herida.
Mateo la agarró al vuelo. Sus dedos anchos, negros de resina y tierra batida, rozaron los nudillos de Elena en una fricción eléctrica que le erizó el vello de la nuca.
Encajó la pizarra sobre la brecha por donde entraba una cascada turbia, golpeando con la maza de encina.
El agua les salpicaba los ojos: un miasma de petricor espeso, orín de tejavana y musgo descompuesto que les cegaba los párpados.
«Estamos perdiendo», pensó Elena, sintiendo el vacío bajo la planta de sus pies.
«La montaña nos va a quebrar aquí mismo».
Y, sin embargo, en mitad de ese derrumbe, no quedaba rastro de la claustrofobia que la ahogaba en la Castellana.
Sus pulmones no inhalaban aire filtrado por conductos; tragaban la furia viva del cielo abierto.
Un chasquido seco partió el aire.
La vigueta secundaria que sostenía el extremo este del tejadillo colapsó bajo el peso de un bloque desprendido de la ladera.
La madera se astilló hacia fuera como una costilla rota.
La escala de mano perdió el apoyo contra el alero y basculó bruscamente hacia el vacío del corral, a cuatro metros del suelo de pizarra.
Elena perdió pie. La suela descalza resbaló en el peldaño viscoso y el antebrazo resbaló sobre la corteza mojada.
—¡Mateo!
El grito le nació en las entrañas, crudo y desprovisto de orgullo. Sintió el vacío tirando de sus piernas, la caída inminente contra las lajas cortantes del corral.
No llegó a caer.
El brazo derecho de Mateo salió como un cepo de hierro forjado. La atrapó por la cintura en el aire con un tirón brutal que le vació el aire de los pulmones, alzándola a pulso y estampando su cuerpo contra el suyo frente a la viga maestra de castaño que aún resistía el envite.
El impacto fue un choque sordo de huesos y tendones en tensión.
Quedaron suspendidos en la cornisa estrecha, con el agua lloviéndoles a chorros sobre la nuca y el pecho de él subiendo y bajando en jadeos violentos que golpeaban el rostro de Elena.
La tela empapada de franela no ofrecía ninguna barrera: Elena sintió la dureza del esternón de Mateo, el calor abrasador que emanaba de su carne a pesar del frío del aire y el latido desbocado de su pulso golpeándole contra las costillas.
—¿Te tengo? —rugió él contra su oído. Su aliento era una llamarada que olía a esfuerzo animal y a lluvia ácida.
—Me tienes —articuló ella, clavando la frente en el hueco de su cuello empapado.
Se miraron a un milímetro de distancia. La máscara se había disuelto por completo; bajo el agua que les resbalaba por las sienes solo quedaban dos supervivientes arrinconados por el temporal, oliendo a peligro y a carne viva.
Elena vio la cicatriz pálida que le cruzaba el labio superior, tensa por la violencia del momento; vio sus pupilas dilatadas en la penumbra del alero, oscuras como el fondo de una sima.
Mateo no pronunció una disculpa ni buscó un gesto de cortesía. No había espacio para la tibieza de los despachos que ambos habían dejado atrás. La apretó contra el madero húmedo con la desesperación de quien necesita morder la vida para cerciorarse de que no ha muerto despeñado.
La besó.
Fue una colisión descarnada. Sus labios agrietados por el relente se estrellaron contra los de Elena con la violencia de la piedra que choca contra la roca.
No hubo dulzura calculada; hubo un choque de piel helada, el sabor amargo y penetrante del sudor mezclado con el agua turbia del tejado y el regusto ferroso de una encía rota por el esfuerzo.
Elena abrió la boca en un jadeo que fue devorado por la boca de él.
Un calor salvaje, primitivo y sordo le estalló en el bajo vientre, una descarga que le devolvió la tracción a la sangre.
Pasó por alto la quemadura en la mano; rodeó la nuca de Mateo con el brazo izquierdo, apretando la tira de lino crudo contra su piel caliente y enredando los dedos libres en su pelo empapado para tirar de él hacia sí con una voracidad que la sorprendió por su crudeza.
Las manos grandes de él, ásperas como lija de grano grueso, le comprimieron los omóplatos a través de la tela mojada, estrujándola contra su pecho como si pretendiera fundir sus huesos con el castaño de la techumbre.
El beso era un desgarro y una tregua a la vez: el pacto mudo de dos náufragos que comprenden que su única tabla de salvación es la carne rota del otro.
Cuando Mateo se apartó apenas unos milímetros, la respiración de ambos era un silbido roto que formaba una sola nube de vaho entre sus bocas.
El trueno reventó justo encima del barranco, iluminando por una fracción de segundo la verdad desnuda de sus rostros: ya no había retorno posible hacia Madrid.
El asfalto, las actas notariales y las luces de cristal habían dejado de existir para siempre bajo el peso de la pizarra.