El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

La grabadora llevaba varios minutos sobre la mesa cuando Xoán preguntó:

—¿Quién va a escuchar esto?

Uxía no encendió todavía el aparato.

—De momento, solo yo. Después transcribiré la conversación y te enseñaré las partes que quiera utilizar. Puedes corregir hechos, retirar algo o pedirme que no aparezca.

—¿Aunque ya lo haya dicho?

—Aunque ya lo hayas dicho.

Xoán miró la pequeña pantalla apagada con la misma desconfianza con que había observado el teléfono la primera vez. No era el objeto lo que le inquietaba, sino la posibilidad de que sus palabras permanecieran cuando él ya no estuviera allí para explicarlas.

—¿Y si quiero parar?

—Paramos.

—¿Y si hay algo que no quiero que se grabe?

—Lo dices antes o me haces una señal. También puedo apagarla cuando quieras.

Xoán asintió. Se acomodó en la silla con una seriedad que a Uxía le pareció casi conmovedora. Tuvo que recordarse que nadie lo estaba examinando. Había aceptado hablar por decisión propia.

—Hazlo bien —dijo—. Si vamos a dejar algo escrito, que no parezca más limpio de lo que fue.

Uxía colocó la libreta a un lado y encendió la grabadora.

La luz roja quedó entre ambos.

Durante unos segundos ninguno supo cómo empezar.

No habían tenido una vida entera para aprender a ser padre e hija.

Tenían unas pocas semanas de gestos cautelosos, silencios compartidos y preguntas que llegaban con cuarenta años de retraso.

Ahora añadían una relación nueva a las anteriores: periodista y entrevistado.

—Voy a empezar por algo que sí recuerdas de forma completa —dijo Uxía—. La mañana del once de noviembre de 1985. Antes de la niebla.

Xoán apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Hacía frío. Un frío normal para noviembre. Bieito dijo que el mar estaba demasiado quieto y yo me reí de él. No porque creyera que era un cobarde, sino porque llevaba años advirtiéndonos de mareas, vientos y nubes y casi siempre volvíamos sin que ocurriera nada.

Una sonrisa breve apareció y se deshizo.

—Manuel estaba nervioso. Llevaba meses queriendo demostrar que servía para el oficio. Puri cruzó el muelle con una cesta vacía. Le dije hasta luego. Ella también.

—¿Qué recuerdas después de salir?

—El motor. El olor a gasoil. Manuel colocando mal una caja y yo diciéndole que la asegurara. Llegamos a la isla. Empezamos a preparar las nasas.

Xoán se detuvo.

Su mirada salió de la cocina y quedó fija en la ventana.

—Después no hay una historia.

Uxía dejó el bolígrafo quieto.

—Descríbelo como puedas.

—Hay frío. Una red con nudos gruesos. Una cara que no sabía a quién pertenecía. La sensación de tocar roca. Grietas. A veces una respiración que no sé si era la mía. Pero no recuerdo haber vivido allí cuatro años. No recuerdo días, noches, hambre ni conversaciones.

Se miró las manos.

—Para mí no transcurrió ese tiempo de una manera consciente. Mi cuerpo salió cuatro años más viejo. Yo salí casi del mismo instante.

Uxía anotó la distinción aunque ya la conocía. Necesitaba que quedara formulada por él.

—¿Sentías que estabas dormido?

—No exactamente. Dormir tiene un antes, sueños a veces y un despertar. Esto se parece más a un corte en una película. Una escena termina y la siguiente empieza cuarenta años después, pero quedan unos fotogramas sueltos entre las dos.

—¿Crees que esos fragmentos ocurrieron realmente?

—Algunos sí. Otros pueden haberse mezclado con lo que me habéis contado después. Ya no sé distinguirlos todos.

Uxía hizo una marca en la libreta.

—¿Quieres que se explique así?

—Sí. No quiero que nadie lea que pasamos cuatro años viviendo dentro de la brétema. No sé si vivir es la palabra.

La grabadora recogió unos segundos de silencio.

—¿Qué ha sido lo más difícil desde que volviste? —preguntó Uxía.

Xoán no respondió enseguida.

—Las cuentas pequeñas.

—¿Qué cuentas?

—Saber que mi hija tiene un año más que yo. Ver a mi mujer con setenta y cinco cuando la recuerdo con treinta y cinco. Descubrir que mi madre murió, que mi padre quizá estuvo cerca sin que pudiéramos reconocernos, que el barco ya no existe como yo lo dejé.

Se pasó el pulgar por una cicatriz de la mano.

—Las explicaciones grandes son tan imposibles que la cabeza las mantiene lejos. En cambio, una fecha en una pantalla o la noticia de que un vecino murió hace veinte años entran de golpe.

Uxía bajó la vista a las notas.

—¿Te sientes mi padre?

La pregunta salió antes de que pudiera decidir si era demasiado personal para una entrevista.

Xoán la recibió sin apartarse.

—Me siento el hombre que fue tu padre cuando tenías cuatro años.

—No es lo mismo.

—No.

Lo admitió con una tristeza limpia.

—Tengo recuerdos de cuidarte, de llevarte al puerto, de discutir con tu madre porque te dejaba acercarte demasiado al agua.

Pero no sé quién fuiste a los diez, a los veinte o a los treinta.

No estuve cuando elegiste estudiar, cuando te fuiste del pueblo ni cuando aprendiste a vivir lejos de nosotros.

—No fue culpa tuya.

—Ya lo sé.

Xoán levantó una mano.

—Y no quiero que esta entrevista se convierta en una lista de cosas por las que tienes que consolarme. Puedo saber que no fue culpa mía y sentir al mismo tiempo que he llegado a un lugar que otros sostuvieron durante cuarenta años.

—¿Sientes que no te pertenece?

—Siento que tengo que aprender a ocupar un lugar en esta familia sin reclamar el que dejé como si nada hubiera pasado.

Miró hacia la puerta de la sala, donde Carme dormía la siesta.

—Ella vivió cuarenta años sin darme por muerto. Puri cuidó de las dos. Tú creciste sin mí. No puedo volver y decir: «Soy el marido, soy el padre, devolvedme mi sitio». Ese sitio cambió mientras yo no estaba.

—Nadie te está pidiendo que lo ocupes de golpe.

—No. Pero a veces la gente me mira como si el regreso hubiera arreglado la ausencia. Y no la ha arreglado.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Uxía sintió el reflejo profesional de formular otra pregunta, de seguir mientras Xoán estaba abierto y las palabras fluían. En lugar de hacerlo, observó sus hombros, la tensión en la mandíbula y los dedos cerrados sobre el borde de la mesa.

—¿Quieres parar?

Xoán miró la luz roja.

—Un momento.

Uxía apagó la grabadora.

La cocina recuperó un silencio diferente. Ya no había un aparato conservándolo todo.

—Lo que digas ahora no entra en el texto —dijo.

Xoán asintió.

—A veces tengo miedo de que te arrepientas de haberme dejado entrar en esta casa.

Uxía se quedó inmóvil.

—No me arrepiento.

—Todavía.

—No me arrepiento ahora, que es lo único que puedo decirte con honestidad. Habrá días malos. Habrá cosas que no sepamos hacer. Eso no significa que quiera que desaparezcas otra vez.

La última frase le quebró la voz.

Xoán bajó la cabeza.

Uxía rodeó la mesa y lo abrazó.

Al principio él mantuvo los brazos rígidos, sorprendido. Después la estrechó con una fuerza contenida, casi cuidadosa.

No era el primer abrazo entre ellos. Era el primero que no parecía provocado por una noticia, prestado por la ausencia de otra persona ni sostenido para impedir que alguien se derrumbara.

Solo les pertenecía a los dos.

—Esto es nuestro —murmuró Uxía.

Xoán apoyó la barbilla sobre su pelo.

—Eso también quiero que conste.

Uxía sonrió contra su hombro.

—Está apagada.

—Entonces tendrás que recordarlo.

Cuando volvieron a sentarse, Xoán pidió unos minutos más antes de continuar. Uxía abrió la ventana, preparó café y dejó la grabadora donde estaba, apagada.

La entrevista no tenía que terminar aquel día.

Escribir la historia de su familia no consistía en extraer de cada persona todo lo que pudiera decir antes de que cerrara la puerta.

Consistía también en saber cuándo una verdad necesitaba quedarse un rato en la cocina antes de convertirse en palabras para otros.