El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) Epílogo Ben #2
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Epílogo Ben #2

—Señor Harris —saludé, tratando de mantener mi voz en un tono firme, aunque mi mano buscó instintivamente la de Steve.

Sus dedos grandes, callosos y cálidos se entrelazaron con los míos al instante, ofreciéndome ese anclaje físico que tanto necesitaba—.

Por favor, vigílelos de cerca. Tyler tiende a ser...

muy activo. Y Skylar a veces es demasiado silencioso cuando algo le molesta.

—No te preocupes, hijo —me tranquilizó Harris, colocando una mano suave sobre el hombro de Skylar—.

En esta escuela somos pocos y nos conocemos todos.

El legado de tu abuelo Archibald sigue muy vivo aquí; todos cuidamos de los nuestros.

Estarán perfectamente seguros. ¿Por qué no entran ya, chicos? El salón está listo para ustedes.

Esperaba un adiós dramático. Había pasado las últimas dos semanas preparándome mentalmente para las lágrimas, para los dedos pequeños aferrándose a mi camisa, para los ruegos de "no me dejes aquí, papá".

Pero no hubo nada de eso.

Tyler ni siquiera miró atrás. Agarró la mano de Skylar con ese carácter dominante que ya se le notaba y lo arrastró hacia el umbral del edificio.

Skylar se detuvo solo un segundo, se giró sobre sus talones, me dedicó un pequeño saludo con su mano libre y luego ambos desaparecieron por el pasillo sombreado de la escuela, entrando mucho antes de que el profesor o los otros alumnos llenaran el lugar.

El vacío que dejaron en el aire fue casi físico. Sentí como si un hilo invisible, tenso y vital, se hubiera roto dentro de mi pecho.

Caminamos de regreso a la camioneta en un silencio absoluto, roto únicamente por el crujido de la grava bajo nuestras botas.

Subí al asiento del copiloto, apoyando la espalda contra el respaldo, sintiendo que la cabina de la Ford se había vuelto repentinamente inmensa, despojada del bullicio constante que solía llenarla.

Steve encendió el motor. El rugido familiar del vehículo nos envolvió mientras dábamos la vuelta y tomábamos el camino de regreso a la finca.

En cuanto la escuela desapareció detrás de la cortina de polvo que levantaban las llantas traseras, las lágrimas que había estado conteniendo con tanta desesperación finalmente desbordaron mis párpados.

Apoyé la frente contra el cristal frío de la ventanilla, tratando de ocultar el temblor de mis hombros, pero un sollozo ahogado escapó de mi garganta.

El silencio de la camioneta era ensordecedor. No había preguntas constantes de Tyler, no había el tarareo suave de Skylar, no había peleas por los juguetes en el asiento trasero. Nada. Solo el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto.

De pronto, un recuerdo nítido y doloroso se abrió paso en mi mente.

Había ocurrido hacía unos años, durante una de las visitas de mi padre Preston a la finca, cuando los gemelos apenas comenzaban a caminar y yo me sentía al borde del colapso por el cansancio físico de criarlos.

Me había quejado en la cocina, mientras preparaba el biberón nocturno, agotado por las demandas constantes de mi nueva vida como Omega y padre.

Mi padre, con esa elegancia imperturbable que siempre lo caracterizaba, me había quitado el biberón de las manos, me había obligado a sentarme y había tomado mis manos entre las suyas. Su aroma a lavanda, usualmente fresco, se había vuelto cálido y cargado de una nostalgia profunda.

—Hijo —me había dicho, mirándome con esos ojos sabios que ya habían visto crecer a dos Alfas—.

Sé que ahora sientes que el día no tiene suficientes horas, que el cansancio te va a romper el cuerpo y que desearías un solo minuto de paz.

Pero escúchame bien: aprovecha ahora el tiempo.

Disfruta de cada llanto nocturno, de cada mancha de comida en tu ropa, de cada vez que se aferren a tus piernas porque tienen miedo del trueno.

Porque un día, sin que te des cuenta, se soltarán de tu mano.

Caminarán solos. Y el silencio que dejen en la casa será el sonido más fuerte que jamás escucharás.

En aquel entonces, sumido en el agotamiento, no había comprendido la dimensión de sus palabras. Ahora, con el pecho apretado por una angustia sorda y el nido vacío doliéndome en lo más profundo, comprendía cada maldita palabra.

Steve notó mi llanto. No hizo preguntas tontas, ni intentó decirme que estaba exagerando.

Simplemente condujo con una mano, mientras que la otra, enorme y cálida, se extendió por el espacio entre los asientos para tirar de mí.

Me deslicé hacia él, permitiendo que me acomodara contra su costado.

Apoyé la cabeza en su hombro ancho y sólido, aspirando el olor que siempre lograba calmar la tempestad en mi interior: una mezcla de humo de leña, tierra arada y ese aroma rico, almizclado y protector de su feromona de Alfa.

—¿Estás bien? —preguntó con voz grave, una vibración que sentí directamente contra mi sien.

Me limpié las mejillas con el dorso de la mano, sintiéndome repentinamente vulnerable, casi avergonzado por la intensidad de mi reacción.

Miré por la ventana, observando cómo los primeros naranjos de nuestra finca comenzaban a aparecer a los lados del camino, alineados como soldados perfectos bajo el sol de la mañana.

—Lo estoy —mentí, con la voz ronca por el llanto retenido—. Solo... no puedo creer que ya no sean unos bebés, Steve. Se siente como si ayer los estuviéramos trayendo del hospital envueltos en esas mantas azules. Y hoy... ni siquiera miraron atrás al entrar.

Steve soltó un suspiro largo, acariciando mi cabello con sus dedos ásperos, desenredando con una ternura infinita los mechones que se habían desordenado.

—Eso significa que hicimos un buen trabajo, Ben —dijo, y su voz transmitía una certeza tan absoluta que me obligó a creerle—. Son niños seguros. Saben que este es su hogar y que siempre estaremos aquí esperándolos. No tienen miedo porque confían en nosotros.

Permanecí en silencio, asimilando sus palabras mientras su pulgar trazaba círculos lentos en mi hombro.

El dolor del desapego seguía allí, pero la calidez de su cuerpo contra el mío comenzó a transformar esa tristeza en algo más.

Una idea, impulsiva, nacida del puro instinto Omega de anidar y de llenar el vacío que acababa de abrirse en mi pecho, comenzó a tomar forma en mi mente.

Me incorporé ligeramente, apartándome de su hombro para poder mirarlo de perfil. Su mandíbula fuerte, sombreada por una barba de dos días, estaba tensa mientras mantenía la vista fija en el camino rural.

—Tal vez deberíamos tener otro —solté de repente.

Steve giró la cabeza rápidamente hacia mí, tomándose un segundo para procesar mis palabras antes de volver a mirar al frente. Una sonrisa incrédula y sumamente atractiva comenzó a curvar las comisuras de sus labios, y soltó una risa baja, un sonido lleno de asombro.

—¿Otro? —repite, con un deje de diversión—. Ben, apenas hace diez minutos que dejamos a los gemelos en su primer día de clases. Pensé que estarías planeando cómo disfrutar de la tranquilidad de la casa por fin.

—Lo digo en serio, Steven —insistí, mi voz adquiriendo un tono firme, casi urgente. Me acomodé de lado en el asiento, con una de mis rodillas rozando la consola central para estar más cerca de él—. No te rías de mí. Estoy hablando muy en serio.

La sonrisa de Steve se desvaneció gradualmente al notar la seriedad en mis ojos azules y el sutil cambio en el aire de la cabina.

Mis feromonas, que antes olían a la angustia agria de la separación, comenzaron a espesarse, cargándose de un aroma dulce, cálido y deliberadamente receptivo que su Alfa detectó de inmediato.

—¿En serio quieres pasar por todo eso otra vez? —preguntó, su voz bajando una octava, volviéndose ese murmullo ronco y autoritario que siempre lograba desarmar mi resistencia—. ¿Los pañales, las noches sin dormir, los meses de embarazo en los que apenas puedes moverte?

—Sí —respondí sin dudarlo, mi mano cubriendo la suya para guiar sus dedos un poco más arriba, sintiendo el calor que ya comenzaba a acumularse en mi vientre.

Steve tragó saliva, el movimiento de su manzana de Adán delatando su propia agitación. Sus dedos se tensaron contra mi entrepierna, ejerciendo una presión deliberada que me hizo apretar los dientes por el deseo repentino que me recorrió la espina dorsal.

—Podríamos intentarlo esta noche —murmuró, su mirada fija en el camino que ya nos conducía a la entrada de la finca, pero con la mente claramente en otra parte—.

En cuanto termine de revisar los canales de riego y regrese de la cosecha.

Te voy a encerrar en nuestra habitación, Ben, y no te voy a dejar salir.