Epílogo Ben
El traqueteo constante de la pesada camioneta Ford sobre el asfalto irregular se sentía como un martilleo directo en la base de mi estómago.
A través de la ventanilla, los inmensos campos del Valle de San Joaquín pasaban en un borrón de verdes oscuros y dorados bañados por la luz cruda de las siete y media de la mañana.
El aire dentro del habitáculo olía a café negro, al cuero desgastado de los asientos, a la loción de afeitar de Steve y al inconfundible aroma a talco y manzanas frescas que emanaba de la parte trasera del vehículo.
Aferré mis dedos alrededor del asa de la puerta con tanta fuerza que mis nudillos palidecieron. Mi respiración era superficial, errática, y mis feromonas —esas delatoras traicioneras— comenzaban a saturar el ambiente cerrado con un deje agrio y punzante de ansiedad pura.
—Vas a arrancar la manija, Ben —murmuró Steve.
Su voz, grave, profunda y cargada de esa calma inquebrantable que me había anclado a la tierra durante los últimos años, vibró en el reducido espacio.
No apartó la vista de la carretera, pero su mano derecha, inmensa, callosa y oscurecida por el sol, abandonó el volante para posarse firmemente sobre mi muslo.
El calor de su palma atravesó la tela de mis vaqueros, enviando una descarga de seguridad directa a mi sistema nervioso.
Su pulgar trazó un círculo lento cerca de mi rodilla, un gesto silencioso que me ordenaba respirar.
—No quiero hacer esto, granjero —confesé, mi voz saliendo como un susurro tenso y ahogado.
Apoyé mi cabeza contra el cristal frío de la ventanilla—.
Todavía estamos a tiempo de dar la vuelta.
Puedo llamar a la agencia ahora mismo. La señorita Higgins tenía credenciales impecables, maestrías en educación infantil y estaba dispuesta a mudarse a la casa de invitados mañana mismo.
Steve soltó un suspiro largo, un sonido que mezclaba diversión y una paciencia infinita. Apretó mi muslo suavemente.
—Ya hablamos de esto. Hasta el cansancio —respondió, girando el volante para tomar la curva que nos acercaba al pueblo—. No vamos a criar a nuestros hijos en una burbuja de cristal. No voy a permitir que los eduques como a príncipes aislados en una torre de marfil.
—¡No es una torre de marfil! —protesté, girándome hacia él en el asiento, mis ojos azules clavándose en su perfil rudo—. Es nuestra casa. Es segura. Yo los tendría cerca. Con un tutor, sabría exactamente qué están aprendiendo, qué están comiendo y, lo más importante, que nadie los está lastimando.
La discusión no era nueva. Había consumido nuestras noches durante los últimos dos meses.
Cuando me di cuenta de que los años se habían escurrido entre mis dedos como arena fina, y que Skylar y Tyler ya tenían la edad suficiente para comenzar la educación formal, el pánico me había paralizado.
Mi instinto de Omega, esa fiera sobreprotectora que había nacido en el quirófano el día que los trajeron al mundo, me exigía mantenerlos bajo mi ala.
Había apilado sobre el escritorio del despacho de Steve docenas de folletos de los mejores tutores privados del estado.
Pero mi esposo había sido una pared de granito. "No", había sentenciado una noche, acorralándome contra la encimera de la cocina, besando mi cuello para suavizar el golpe de su negativa.
"Irán a la escuela rural. Está a media hora manejando. Necesitan pisar el barro con otros niños, Ben. Necesitan saber cómo defenderse, cómo compartir y cómo ser parte de una comunidad que no sea solo tú, yo y la abuela Beatrice. Tienen que conocer el mundo real".
—Son muy pequeños, Steve —insistí, la voz quebrándoseme un poco mientras miraba por el espejo retrovisor interior.
En el asiento trasero, asegurados en sus sillas elevadoras, estaban los dueños absolutos de mi cordura.
Tyler estaba pateando el respaldo del asiento de Steve con un ritmo constante y enérgico, sus zapatillas llenas de polvo a pesar de que los había bañado y vestido impecablemente hacía apenas una hora.
—Tyler, detén eso ahora mismo —le reñí, girándome en el asiento de cuero que crujió bajo mi peso.
Intenté infundir en mi voz esa firmeza que a mi padre Preston le salía de forma tan natural, aunque por dentro me sentía como un flan a punto de deshacerse—.
Vas a arruinar el respaldo del asiento de tu padre antes de que siquiera lleguemos a la escuela.
Y mira tus zapatos, por Dios. ¿Cómo es posible que ya tengan tierra si solo caminaste de la casa a la camioneta?
Tyler detuvo el balanceo de sus piernas solo un segundo.
Tenía el labio inferior ligeramente hacia fuera, un reflejo idéntico a la expresión terca de Steve cuando algo no salía como él quería.
Sus ojos marrones, chispeantes de una energía indomable, me desafiaron con la inocencia absoluta de sus cinco años.
—Es tierra del camino, papá —respondió, encogiéndose de hombros con una naturalidad que me desarmó—. El abono de los campos huele muy fuerte hoy. Quería pisar fuerte para ver si se quedaba pegado.
A su lado, Skylar soltó un pequeño suspiro, un sonido sumamente maduro para su edad.
Él era diferente. Tenía mis ojos —ese azul profundo, casi líquido— y una timidez observadora que siempre me hacía sentir que estaba analizando el mundo entero antes de dar un paso.
Con un esmero casi obsesivo, Skylar alisaba una y otra vez la lona verde de su mochila nueva, asegurándose de que el cierre estuviera perfectamente alineado en el centro.
—¿Estás listo, Sky? —pregunté, estirando el brazo hacia atrás para acariciar su mejilla.
Su piel estaba tan suave, tan limpia, libre del polvo que su hermano parecía atraer como un imán.
El mero pensamiento de que en pocos minutos se expondría al escrutinio de otros niños me oprimía el pecho con una fuerza física—. ¿Tienes todo en tu mochila?
—Sí, papá —susurró, dedicándome una sonrisa pequeña y contenida.
La camioneta disminuyó la velocidad al acercarse a la pequeña escuela rural.
Era una estructura modesta, construida con ladrillos rojos envejecidos por las décadas de sol, rodeada por inmensos robles cuyas ramas proyectaban sombras alargadas y frescas sobre el patio de tierra.
No había rejas altas ni el ruido ensordecedor del tráfico de la ciudad; solo el murmullo del viento entre las hojas, el canto de algunos pájaros y el traqueteo de un par de camionetas de otros agricultores de la zona que ya se estacionaban.
Sentí que el estómago se me contraía en un nudo doloroso. Era real. Estaba pasando.
Steve apagó el motor bajo la sombra de uno de los robles. El silencio que se instaló en la cabina, roto únicamente por el crujido metálico del motor enfriándose, se sintió denso, casi sofocante.
—Bien —dije, girándome por completo para mirar a mis dos cachorros—. Escúchenme con atención. Último repaso de las reglas. ¿Qué es lo primero que hacen si se sienten mal o les duele algo?
—Ir con el señor Harris —recitó Skylar de inmediato, con la voz clara y aplicada de quien ha memorizado un guion.
—¿Y si un extraño les dice que los va a traer a la finca porque nosotros no pudimos venir? —presioné, sintiendo que el pánico me arañaba la garganta.
—Le pateo la espinilla muy fuerte y corro hacia la puerta gritando como un puma —declaró Tyler, agitando sus pequeños puños en el aire con un entusiasmo que me pareció alarmante.
Steve soltó una carcajada baja, un sonido grave que vibró en mi pecho y disipó por un segundo la tensión acumulada.
—Ese es mi chico —murmuró, ganándose una mirada fulminante de mi parte.
—No es gracioso, Steven. Esto es serio —le reproché, aunque la calidez de su risa logró aflojar la rigidez de mis hombros—. No quiero que patees a nadie a menos que sea una emergencia real, Tyler. Y bajo ninguna circunstancia se separan el uno del otro. Son hermanos. Se cuidan. ¿Entendido?
—Entendido, papá —dijeron al unísono.
Steve abrió su puerta, permitiendo que el aire cálido de la mañana, cargado de aroma a tierra húmeda y hojas secas, inundara el habitáculo. Yo hice lo mismo, sintiendo mis piernas ligeramente temblorosas al pisar la grava. Nos dirigimos a la parte trasera para desabrocharlos de sus asientos.
Me incliné sobre el asiento para soltar el arnés de Skylar. El olor de su cabello —ese aroma dulce a talco y manzanas que aún conservaba la esencia de su primera infancia— me hizo escocer los ojos. Lo abracé con fuerza, enterrando el rostro en la curva de su pequeño cuello.
—Te amo, mi cachorro. Diviértete mucho —le susurré.
—Yo también te amo, papá —respondió, dándome un beso rápido y húmedo en la mejilla antes de deslizarse fuera del asiento, ansioso por pisar el suelo.
Steve se encargó de Tyler. Lo bajó de un solo movimiento, sosteniéndolo en el aire un segundo mientras el niño reía y pataleaba, intentando alcanzar el sombrero de su padre.
—Pórtate bien, campeón —le dijo Steve, dándole un suave golpe cariñoso en el trasero al dejarlo en el suelo—. Ayuda al maestro y no dejes que tu hermano cargue con todas las mochilas.
—¡Seré el más rápido de la clase, papá! —prometió Tyler, ya tratando de zafarse del agarre de Steve para correr hacia la entrada.
El maestro Harris nos esperaba cerca de las puertas dobles de madera.
Era un hombre alto, de hombros ligeramente encorvados, con anteojos de montura gruesa y una mirada pacífica que transmitía una paciencia infinita.
Vestía una chaqueta de tweed un tanto gastada en los codos, muy acorde al entorno rural.
—¡Steven! ¡Benjamin! —nos saludó con una sonrisa cálida mientras nos acercábamos—. Qué alegría verlos. Y estos deben ser los gemelos. Vaya, cómo pasa el tiempo. Recuerdo cuando eran apenas un par de bultos en tus brazos, Benjamin.