El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 9. Steve
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9. Steve

Steve

El cansancio que habitaba en mis huesos esa mañana no era el dolor agudo de la derrota, sino la pesadez dulce y satisfactoria de una victoria ganada a pulso.

Me había levantado antes de que el sol lograra rasgar la neblina del valle, dejando a Ben enredado entre las sábanas de algodón, respirando suavemente, con una mano posada instintivamente sobre su vientre.

Me había tomado un momento extra solo para mirarlo en la penumbra, absorbiendo la realidad de que esa vida, esa paz, era finalmente mía.

Pero la paz en la Finca Los Naranjos siempre era un estado transitorio.

Bajé las escaleras con pasos pesados, mis botas de trabajo resonando contra la madera de roble.

El aroma a café recién molido y tostado inundaba el pasillo, denso y oscuro, pero había otro olor mezclado en el aire frío del aire acondicionado.

Olía a papel impreso, a tinta fresca y a esa tensión eléctrica y estéril que siempre acompañaba a los pleitos legales. Olía a ciudad.

Me detuve en el umbral del salón principal.

La luz grisácea del amanecer se filtraba por los inmensos ventanales, delineando las figuras de dos personas que ya me esperaban.

Jack, mi abogado y amigo, estaba de pie junto a la chimenea de piedra apagada.

Llevaba un traje gris marengo impecable, sin corbata, sosteniendo una taza de cerámica entre sus manos con la mirada fija en unos documentos esparcidos sobre la mesa de centro.

A su lado, sentada en el sofá de cuero Chesterfield con la rectitud de una monarca en su trono, estaba la abuela Beatrice.

Su bastón de plata descansaba contra su rodilla, y sus ojos oscuros, afilados como cuchillos de obsidiana, se clavaron en mí en cuanto mi sombra cruzó la puerta.

El estómago se me contrajo. Un nudo frío y familiar se instaló en la base de mi garganta.

Esperé, casi por reflejo condicionado, las malas noticias.

Durante los últimos meses, ver a Jack y a mi abuela en la misma habitación antes de las siete de la mañana solo significaba una cosa: embargos, amenazas de la constructora o una nueva jugarreta de mis primos.

Mi lobo interior se erizó, enviando una descarga de adrenalina a mis músculos adormecidos.

Apreté la mandíbula, preparándome para recibir el golpe.

—Si Vista Paraíso ha vuelto a enviar un burofax, diles que pueden usarlo para encender sus puros —gruñí, avanzando hacia la mesa y sirviéndome una taza de café de la jarra de plata sin pedir permiso.

El líquido negro y humeante me quemó agradablemente la garganta—.

No voy a ceder ni un milímetro de tierra. Y si es Marcos quien ha llamado...

—Siéntate, Steven —me interrumpió Beatrice. Su voz no fue un grito, sino un murmullo rasposo y autoritario que no admitía réplica.

Me quedé de pie un segundo más, sosteniendo la taza caliente, evaluando la expresión de Jack. Mi amigo no parecía aterrorizado ni estresado. De hecho, había una chispa de anticipación peligrosa en sus ojos de Beta, una media sonrisa calculadora que rara vez le veía fuera de un tribunal.

Obedecí. Me dejé caer en el sillón de orejas frente a ellos, el cuero crujiendo bajo mi peso. Apoyé los codos en las rodillas, inclinándome hacia adelante.

—Hablad —dije, mi tono áspero por la impaciencia—. Tengo a cincuenta hombres esperando en el Sector Oeste para continuar con los árboles viejos.

Beatrice entrelazó sus dedos enguantados sobre su regazo. Su mirada se suavizó un poco, adoptando esa satisfacción fría y pragmática de quien sabe que tiene la mejor mano en la mesa de póker.

—La cosecha de mandarinas de ayer fue un espectáculo, Steven. Las pruebas de azúcar que me envió Tomás esta mañana antes del alba son históricas. La producción es... abundante. Es un término que se queda corto.

Asentí lentamente, relajando los hombros una fracción de milímetro. Si esto era una reunión de cuentas, podía manejarlo. Conocía los números. Conocía la tierra.

—Lo es, abuela —confirmé, sintiendo el fantasma del jugo pegajoso en mis dedos de la tarde anterior—.

La cosecha de naranjas de este año, a pesar de ser buena, no es nada comparado con lo que esos árboles tardíos van a darnos.

El mercado de exportación está pagando una prima ridícula por el calibre y el color que hemos conseguido.

Le di otro sorbo al café, bajando la guardia.

Sabía cómo funcionaba esto. Esa zona del huerto, la que mi abuelo Archibald había plantado para ella, era su dominio absoluto.

Las ganancias de las mandarinas no entraban en el fideicomiso general de la finca.

Eran suyas, intocables, protegidas por documentos que ni siquiera mis primos podían disputar.

—Hablaré con contabilidad —continué, mirando a Jack para que confirmara mis palabras—. En cuanto cerremos los palets y los contenedores salgan hacia el puerto, te transferiré todo el dinero directamente a tu cuenta personal, abuela. Como siempre. Hasta el último centavo.

Miré a Jack de nuevo, indicándole con un gesto de la cabeza los papeles en la mesa.

—Si Jack está aquí para formalizar cualquier acuerdo de transferencia o para revisar los contratos de exportación, que me diga dónde firmar. Confío plenamente en su criterio. Tenemos que mover esa fruta antes del fin de semana para no perder la ventana de frescura.

Me hice el amago de levantarme, dispuesto a despachar el trámite burocrático y volver a ponerme mis guantes de trabajo, pero el bastón de Beatrice golpeó la alfombra persa con un sonido sordo y definitivo.

—Te dije que te sentaras, Steven —repitió la anciana, sus ojos destellando con una fiereza inusual.

Me congelé a medio camino y volví a dejar caer mi peso en el sillón.

—Hay un cambio de planes —anunció Beatrice.

El silencio en el salón se volvió denso.

Podía escuchar el zumbido de la nevera en la cocina a varios metros de distancia.

Fruncí el ceño, mi mente trabajando a toda velocidad.

Beatrice Miller nunca cambiaba de planes.

Ella era la constancia personificada, una mujer que seguía las tradiciones y las cláusulas con la rigidez de un relojero suizo.

—¿Cambio de planes? —repetí, mi voz teñida de suspicacia—. ¿Qué quieres decir? ¿No quieres que venda la fruta a los distribuidores habituales? Si quieres que busquemos un comprador boutique, tardará más, pero podemos...

—No estoy hablando de la distribución de la fruta, idiota —escupió Beatrice, aunque la ofensa carecía de veneno real.

Se inclinó hacia adelante, y por primera vez en mi vida, vi una ambición depredadora y pura iluminando las arrugas de su rostro—.

Estoy hablando de lo que vamos a hacer con el dinero de esa cosecha.

Señaló los papeles que Jack tenía sobre la mesa.

—Las ganancias de esta temporada de mandarinas no van a ir a mi cuenta de ahorros para pudrirse en un banco —dijo la matriarca, pronunciando cada palabra con una claridad letal—.

Podrían tener las ganancias suficientes, más que suficientes, para comprar las acciones de tus primos.

Y de tus tíos. De toda la junta directiva minoritaria.

El aire escapó de mis pulmones como si me hubieran dado un puñetazo directo en el esternón.

Parpadeé, aturdido, incapaz de procesar la magnitud de lo que acababa de sugerir.

Comprar las acciones.

Durante una década, esas acciones minoritarias habían sido la cadena de hierro alrededor de mi cuello.

El 49% de la Finca Los Naranjos le pertenecía a esa rama de la familia que nunca había sudado una sola gota por la tierra, pero que tenía el poder de asfixiarme con votos, bloqueos financieros y, como habían intentado recientemente, con ventas hostiles a constructoras.

Eran parásitos legales, adheridos a la piel de mi legado.

Y ahora, mi abuela me estaba diciendo que íbamos a arrancarlos de raíz.

—Abuela... —Mi voz fue apenas un susurro áspero. El pulso me latía en las sienes con tanta fuerza que me mareaba—. Estás hablando de millones de dólares. Estás hablando de tu dinero. De tu seguridad.

—Mi seguridad es esta tierra, Steven —replicó ella, su tono cortante pero cargado de una lealtad feroz—. Y mi seguridad es tu esposo. No voy a permitir que mis bisnietos hereden una finca infectada de sanguijuelas.

Beatrice se recostó de nuevo en el sofá, su mirada perdiéndose un momento en la lejanía del ventanal, hacia los huertos que su esposo había cultivado.

—No podemos confiarnos —continuó, su voz bajando a un tono más reflexivo y oscuro—.

Marcos y Clara se han retirado ahora porque Benjamin los aplastó en las noticias y quedaron expuestos como los monstruos que son.

Pero la humillación no dura para siempre.

El silencio de esos buitres es temporal.

Volverán a intentar vender en el futuro.

Buscarán otro vacío, otra excusa, otra constructora.

Ellos no entienden el valor del trabajo, Steven.

Solo entienden el valor del saldo en su cuenta corriente.

Tenemos que extirparlos ahora, mientras están débiles y asustados.

Me pasé ambas manos por la cara, frotándome los ojos con fuerza, intentando despejar la bruma de incredulidad. La idea era un sueño febril. Ser el dueño absoluto de Los Naranjos. No tener que dar explicaciones a nadie. Proteger a Ben y a nuestros futuros hijos con un muro legal impenetrable.

Pero mi lado práctico, el Alfa que había lidiado con el desprecio de mis primos toda la vida, frenó la ilusión en seco.

Bajé las manos y miré a mi abuela, sacudiendo la cabeza lentamente.

—No querrán vender —dije, mi voz pesada por el realismo—.

Podremos tener todo el dinero del mundo en la mesa, abuela, pero no lo aceptarán.

Me odian. Odian a Ben por haberlos humillado.

El orgullo de Marcos es más grande que su codicia.

Preferirán hundir sus acciones, quemarlas o dejarlas pudrir antes que firmar un papel que me convierta en el dueño total. Se negarán por puro despecho.

Fue entonces cuando Jack intervino.