El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 8. Ben
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8. Ben

Ben

El calor de la tarde había comenzado a ceder, dejando a su paso una brisa espesa y dorada que mecía suavemente las hojas cerosas de los árboles. Caminábamos hacia el Sector Oeste, y la procesión tenía un aire casi reverencial.

Steve avanzaba al frente, su figura masiva proyectando una sombra protectora.

Llevaba una inmensa sombrilla de lona negra abierta, sosteniéndola con un brazo firme sobre la cabeza de la abuela Beatrice para escudarla del sol californiano que aún picaba en la piel.

Ella caminaba a su lado, apoyándose en su bastón de plata, con la barbilla en alto como una reina inspeccionando sus dominios.

Detrás de ellos, mis padres intentaban adaptarse al entorno rural con una torpeza entrañable.

Papá Arthur y papá Preston habían abandonado su habitual elegancia de suburbio y llevaban unas simples gorras de béisbol de color azul marino que les daban un aspecto inusualmente juvenil.

Yo, por mi parte, llevaba hundido hasta las cejas el ridículo sombrero de paja deshilachado que había adoptado como mi armadura personal en los huertos.

El aroma en el aire cambió drásticamente cuando cruzamos la línea de riego que dividía los sectores. El olor ácido y terroso de las naranjas desapareció, reemplazado por una fragancia mucho más dulce, penetrante y casi floral. Era embriagador.

—Cuidado con las raíces, abuela —murmuró Steve, su voz grave resonando en la quietud del huerto mientras le ofrecía su brazo libre para ayudarla a sortear un desnivel en la tierra seca.

—Tengo ochenta años, Steven, no estoy ciega —replicó Beatrice, aunque aceptó el agarre de su nieto con una suavidad que desmentía sus palabras afiladas.

Steve me buscó con la mirada por encima de su hombro, asegurándose de que yo los seguía de cerca.

Me detuve cuando llegamos al centro del claro.

Las ramas de los árboles aquí estaban tan cargadas que casi tocaban el suelo, doblándose bajo el peso de miles de esferas de un color naranja profundo, casi rojizo, que brillaban como pequeños soles encapsulados.

Steven dejó la sombrilla clavada en la tierra blanda y caminó hacia mí.

Sus ojos oscuros tenían ese brillo salvaje y satisfecho que solo aparecía cuando estaba conectado con su tierra.

Sin decir una palabra, me tomó de la mano, entrelazando sus dedos gruesos y callosos con los míos, y me guio hacia el árbol más antiguo, cuyo tronco retorcido parecía contar la historia de tres generaciones.

Se soltó de mi agarre lentamente, acariciando mis nudillos con el pulgar. Levantó su mano derecha hacia una rama alta. Sus dedos rozaron la piel rugosa de la fruta con una delicadeza absoluta. No tiró de ella con fuerza bruta; la giró con un movimiento preciso, casi ensayado.

Crack.

El chasquido del tallo rompiéndose fue nítido en el silencio del huerto.

En cuanto el sonido resonó, un estruendo estalló a nuestro alrededor. No estábamos solos. Desde los márgenes del huerto, ocultos entre las sombras de los árboles, los trabajadores de la cuadrilla, encabezados por Miguel y Tomás, estallaron en aplausos, silbidos y gritos de júbilo.

Di un pequeño salto por la sorpresa, llevando mi mano instintivamente a mi vientre, sintiendo el eco del ruido en mis entrañas.

—¡Que empiece la cosecha, patrón! —gritó Miguel, agitando su sombrero en el aire.

Era el inicio oficial. La señal de que la fruta había alcanzado su perfección absoluta.

Steve me miró, ignorando a la multitud, con la mandíbula relajada y una sonrisa que le llegaba hasta los ojos.

Sostuvo la mandarina entre sus manos manchadas de polvo y comenzó a pelarla.

El sonido de la cáscara cediendo bajo su pulgar liberó una nube visible de aceites esenciales que me hizo agua la boca al instante.

—Esta zona es de la abuela —explicó Steve, su voz profunda flotando sobre los aplausos que empezaban a disiparse—. Todo este sector. No entra en el fideicomiso de las acciones de la familia.

Papá Preston se acercó, ajustándose la gorra de béisbol, mirando la inmensidad del huerto con genuina curiosidad.

—¿Por qué separar esta tierra del resto, Steven? —preguntó mi padre, su mente lógica y estructurada buscando el sentido comercial.

Steve separó la mandarina en dos mitades perfectas. El jugo dorado brilló bajo el sol poniente.

—Porque el hermano de mi abuelo era un cobarde perezoso —respondió Steve con franqueza, entregándole una de las mitades a Beatrice, quien la recibió con una sonrisa de triunfo—.

Nunca le interesó el negocio de las mandarinas.

Decía que eran demasiado delicadas, que daban mucho trabajo y que se arruinaban con la primera helada.

Así que mi abuelo Archibald, harto de sus quejas, separó la inversión.

Plantó esto con su propio dinero y puso las escrituras directamente a nombre de mi abuela.

Beatrice arrancó un gajo y se lo llevó a la boca, cerrando los ojos con deleite.

—Y fue la mejor venganza que Archibald pudo darme —murmuró la matriarca, saboreando el jugo—. El cobarde de mi cuñado se quedó con los cítricos baratos. Las ganancias de estos árboles, hasta el último centavo, son mías.

—Y vaya que este año habrá ganancias, abuela —añadió Steve, girándose de nuevo hacia mí—. Las plantas se han lucido. Nunca en mi vida había visto una producción de tal magnitud. Una sola de estas cajas alcanza cuatro veces el valor de una caja de naranjas, Ben. Cuatro veces.

Me quedé asombrado, mirando las ramas que nos rodeaban. Estábamos parados en medio de una mina de oro frutal, cultivada a base de terquedad y sudor.

Steve separó un gajo de la mitad que conservaba en su mano y lo llevó a mis labios.

—Abre —susurró.

Obedecí, sintiendo la yema de su dedo áspero rozar mi labio inferior.

Al morder la pulpa, una explosión de sabor invadió mi boca.

Era dulce, denso, con un toque ácido perfecto que hizo que las náuseas persistentes de mi embarazo desaparecieran como por arte de magia.

Gemí en voz baja, cerrando los ojos. Era un néctar puro.

—Está increíble —susurré, lamiendo un hilo de jugo que amenazaba con escapar por la comisura de mi boca.

Steve me miró con esa intensidad hambrienta que me derretía las rodillas.

Lo que había empezado como un modesto picnic familiar, con dos cestas de mimbre preparadas por Rosa y extendidas sobre una vieja manta de lino, no tardó en transformarse en algo mucho más grande. La noticia del inicio de la cosecha se esparció por el valle como un reguero de pólvora.

En menos de una hora, camionetas polvorientas empezaron a estacionarse en los caminos aledaños.

Los granjeros de los terrenos vecinos llegaron, trayendo consigo neveras portátiles llenas de cervezas frías y bandejas de carne asada.

Todo el personal de la Finca Los Naranjos estaba ahí, sentados en el suelo, apoyados en los troncos de los árboles, compartiendo anécdotas y risas.

Las guitarras aparecieron de la nada, y los acordes de la música country y los corridos norteños empezaron a mezclarse con el zumbido de las cigarras.

Incluso escuché el relincho de un caballo a lo lejos y, al girarme, vi a Jake desmontando de su semental. Llevaba sus botas de montar y una sonrisa ancha.

—¡Los rumores en este condado viajan más rápido que mis yeguas, Miller! —gritó Jake, abriéndose paso entre la gente para darle un abrazo a Steve y una palmada amistosa a mi hombro—. Escuché que la reina de las mandarinas había dado su fruto. No me lo iba a perder.

La tarde se desvaneció, dando paso a un crepúsculo teñido de violeta y azul profundo. Encendieron un par de fogatas controladas en los claros del huerto, y la luz del fuego bailó sobre los rostros curtidos de la gente que ahora consideraba mi manada.

Me encontraba sentado sobre la manta de lino, apoyado contra el pecho de Steve, sus brazos rodeando mi cintura de forma protectora mientras él hablaba animadamente con Jake y Arthur.

Mi cuerpo estaba caliente, envuelto en su olor a Alfa y a leña, pero el cansancio empezaba a pasarme factura.

Mis párpados pesaban, y un calambre sordo y constante en la parte baja de mi espalda me recordaba que mi cuerpo estaba trabajando horas extras para formar dos vidas en mi interior.

Preston, con ese radar implacable que poseen los Omegas veteranos, lo notó al instante.

Se acercó a nosotros, apartando una botella de cerveza vacía con la punta de su zapato limpio.

—Es suficiente aire rústico por un día, cachorrito —dijo mi papá Preston, su tono de voz adoptando esa autoridad suave que no admitía discusiones—. Tienes los ojos hinchados y tu piel está fría. Es hora de volver a la casa.

Hice el amago de protestar, pero un bostezo enorme que me desencajó la mandíbula me delató. Steve soltó una risa baja, besando la coronilla de mi cabeza.

—Tu padre tiene razón, Ben. Has aguantado mucho hoy. Te llevaré adentro.

Hizo ademán de levantarse, pero Preston levantó una mano, deteniéndolo.

—Tú quédate, Steven. Tienes invitados, capataces y amigos con los que brindar por tu éxito. Arthur también se quedará un rato más. Yo me encargaré de llevar a Ben.

Preston se giró hacia el otro lado de la manta, donde Beatrice observaba el fuego con una expresión de placidez inusual.

—Y supongo que usted también debería retirarse, señora Miller —añadió mi padre, ofreciéndole su brazo con una caballerosidad impecable—. La humedad de la noche no le hará ningún bien a sus pulmones. Permítame escoltarla.

Beatrice lo miró de arriba abajo, evaluando la oferta. Para sorpresa de todos, asintió lentamente, aceptando el brazo de mi padre para ayudarse a levantar, apoyando su peso entre él y su bastón de plata.

—Tiene usted razón, Preston —murmuró la matriarca.

El camino de regreso a la finca fue lento. Yo caminaba a un lado de mi padre, arrastrando los pies por el cansancio, mientras él sostenía del otro brazo a Beatrice. La "Alianza del Mal" parecía haber encontrado una tregua en el cuidado mutuo de la familia.

El aire acondicionado del vestíbulo fue un alivio glorioso. Subimos las escaleras en silencio. Al llegar a la puerta de mi habitación, me apoyé contra el marco, sintiendo cómo el peso de mi vientre se hacía más evidente con cada día que pasaba.

—Es una pena que Rick no haya probado estas mandarinas —murmuré, recordando el sabor explosivo del primer gajo—. Le encantan los cítricos dulces. Y se está perdiendo todo este festejo por su estúpido castigo.

Beatrice, que ya caminaba hacia su habitación en la planta baja, se detuvo y nos miró por encima del hombro.

—Ese muchacho fue un insensato imprudente, pero es sangre de tu sangre. Mañana mismo ordenaré a Tomás que le envíen una caja de las mejores frutas a la ciudad por paquetería exprés. No somos monstruos.

Preston sonrió con una mezcla de orgullo y severidad paternal.

—No hará falta el correo, señora Miller —dijo mi padre, cruzándose de brazos—.

Arthur volverá a la ciudad a finales de esta semana para revisar el despacho.

Le diré que se lleve un par de cajas. Así, de paso, aprovechará para ver si Rick en realidad está cuidando la casa y regando el jardín como le ordenamos, o si está perdiendo el tiempo.

Me reí débilmente, compadeciéndome de mi hermano mayor. El castigo de Arthur no era algo que se tomara a la ligera.

—Descansa, mi niño —susurró Preston, dándome un beso suave en la frente, impregnándome con sus feromonas tranquilizadoras—. Mañana será otro día.

Entré en la penumbra de mi dormitorio y cerré la puerta a mis espaldas. La habitación estaba en silencio, fresca, oliendo a lavanda y al rastro persistente de Steve.

No encendí las luces. Me acerqué directamente al inmenso ventanal que daba al Sector Oeste. Me apoyé contra el cristal frío, dejando que la frente descansara sobre la superficie transparente.

A lo lejos, en la negrura del campo, las fogatas brillaban como pequeños faros anaranjados.

Podía escuchar el eco lejano de una guitarra, las risas de los trabajadores y el murmullo de una comunidad unida por la tierra.

Lo que había comenzado como la simple recolección de una fruta se estaba convirtiendo ante mis ojos en una celebración de la vida, de la resistencia y de la esperanza.