12 . El peón que aprendió las reglas
Después de aquella noche, Fernanda comprendió que la seducción de José Julián podía haber sido,
desde el principio, un juego.
La idea terminó de tomar forma cuando volvió a sentirse abandonada después de un encuentroíntimo.
José Julián se apartó y la dejó sola.
Fernanda permaneció inmóvil durante varios segundos, incapaz de comprender lo que acababa deocurrir.
Fue como si, una vez obtenido lo que quería, ella hubiera dejado de existir.
Él apagó las luces y regresó a su habitación para dormir junto a Maricela.
Aquello fue peor que cualquier insulto.
Fernanda sintió un nudo en la garganta y regresó sola a la habitación.
Lloró.
Y mientras las lágrimas caían, comprendió algo que hasta ese momento se había negado a aceptar:
las palabras, las miradas y la atención de José Julián podían haber sido parte de una conquista en laque él quería sentirse ganador.
Fernanda había sido un peón.
Pero un peón también puede aprender las reglas.
A la mañana siguiente pidió un Uber.
José Julián todavía dormía.
La única persona despierta era Maricela.
Fernanda caminó hasta la cocina por un vaso de agua y se asomó por la ventana.
Maricela estaba en el patio, regando las plantas con tranquilidad.
Aquella calma la inquietó.
No sabía si Maricela conocía lo ocurrido o si vivía completamente ajena a la verdad.
Quizá había secretos en aquella casa mucho más antiguos que ella.
Cuando llegó el Uber, Fernanda entró una última vez al cuarto.
Observó a José Julián.
El hombre que la había hecho sentirse especial ahora le parecía un desconocido.
Aun así, se inclinó y le dio un beso de despedida.
No fue un beso de amor.
Fue un adiós.
Al salir, también se despidió de Maricela con un beso en la mejilla.
Mientras lo hacía, la culpa le atravesó el pecho.
Pero antes de subir al vehículo, Maricela sostuvo su mirada durante unos segundos más de lonormal.
Y sonrió.
Una sonrisa pequeña, difícil de interpretar.
¿Era una despedida amable?
¿O una advertencia?
Durante el trayecto, Fernanda no pudo quitarse aquella imagen de la cabeza.
Al llegar a casa tomó una ducha larga, intentando lavar la tristeza, la vergüenza y la rabia.
Frente al espejo comprendió que ya no estaba llorando.
Ahora estaba furiosa.