Capítulo 39 Hogar #2
Cuando sonó el silbatazo final, Valeria permaneció de pie.
Había deseado una victoria para él; desearla no cambiaba lo ocurrido.
Abajo, Adrián se inclinó con las manos en las rodillas, se enderezó y se volvió para aplaudir a las tribunas.
Bruno aplaudió junto a los demás jugadores.
Nico salió trotando de la banca y le dijo algo a Adrián que lo hizo sonreír antes de que caminaran juntos hacia la afición.
Marta se levantó y se puso el abrigo. —¿Todavía crees que un empate es una respuesta incompleta?
—Es una respuesta al partido —dijo Valeria—. Eso basta.
Clara se reunió con ellas al final de la fila. Había llegado en algún momento de la segunda parte sin que Valeria lo notara. —Si ya terminaron de filosofar sobre el marcador, hay una cola terrible en la salida.
—Conoces otra forma de salir —dijo Marta.
—Por supuesto. —Clara señaló las escaleras—. Vamos a usar la misma que todos los demás.
—Vayan ustedes —dijo Valeria—. Voy a esperarlo.
Marta le tocó el hombro. —Entonces nos vemos en la reunión —dijo. Siguió a Clara entre la multitud que se marchaba.
El resultado bastaba para conservar la posición del club, pero no para satisfacer a los aficionados que querían un final decisivo.
Después del silbatazo, los jugadores recorrieron el perímetro de la cancha.
Algunos aplaudieron a las tribunas. Otros saludaron a sus familias.
Rueda levantó a su hija y la puso sobre el césped.
Bruno permaneció cerca del túnel hasta que lo encontró su madre.
Nico llevó los guantes de repuesto de Adrián.
Ferrán estaba junto al área técnica, con las manos en los bolsillos, contemplando una temporada que había cambiado sin convertirse en otro deporte.
Cuando los últimos aficionados y empleados se fueron, Valeria encontró a Adrián en la cancha.
La cancha estaba a oscuras. Los marcos de las porterías se alzaban pálidos bajo las luces de emergencia. Un encargado del césped había dejado un banderín de córner apoyado contra la pared del túnel.
Adrián caminó hasta la línea de gol y apoyó una mano en el poste.
—Te estás despidiendo —dijo Valeria.
—No.
—Estás tocando el poste.
—Eso no es una despedida.
Él miró hacia los asientos vacíos.
—Antes creía que estar en casa significaba saber qué pasaría al entrar en un lugar.
—¿Y ahora?
—Significa saber que puedo irme y que aun así esperarán que vuelva.
Ella se colocó a su lado.
La investigación no había hecho seguro al club. La relación no había quitado el miedo a ninguno de los dos. La temporada no había terminado con un trofeo.
Habían construido algo más difícil: una vida capaz de convivir con la incertidumbre sin convertirla en una orden.
Adrián le ofreció la mano.
Valeria la tomó.
Salieron del estadio por el mismo corredor de servicio donde había comenzado la primera pregunta sobre el acceso. La puerta se cerró a sus espaldas. La cerradura registró la salida.
Afuera había refrescado. Las calles alrededor del estadio estaban casi vacías, salvo por los últimos autobuses que llevaban a los aficionados hacia la estación.
Una bufanda yacía sobre el pavimento cerca del cruce, húmeda y olvidada.
Adrián la recogió y la dejó sobre la baranda para que su dueño pudiera verla por la mañana.
Valeria había llevado el auto. Le ofreció las llaves.
—Ya se me curaron las costillas —dijo él.
—Esa no era la pregunta.
La miró y luego ocupó el asiento del acompañante.
Hablaron poco durante casi todo el trayecto.
El partido había agotado las palabras que uno gasta cuando intenta cambiar un resultado.
Las calles les dieron semáforos en rojo, un camión de reparto y una pareja que discutía en voz baja frente a una panadería cerrada. Nada les exigía tomar una decisión.
En un semáforo, Adrián abrió la mano sobre la consola entre los asientos. Valeria apoyó la suya contra la de él. No entrelazaron los dedos. Aquel contacto bastaba mientras ella conducía.
—Nico me dijo que dejara de explicar esa atajada —dijo Adrián.
—¿Cuál?
—La del desvío.
—La vio desde la línea de banda.
—Dijo que pudo ver cómo planté los pies. Que podía haber tomado una buena decisión aunque el balón me hubiera ayudado.
—Está aprendiendo de ti.
—Y yo de él.
Cambió el semáforo. Valeria volvió a poner la mano sobre el volante.
El apartamento estaba a oscuras cuando llegaron.
Adrián encendió la lámpara junto a la puerta y dejó apagadas las luces del techo.
Sus llaves cayeron en el mismo cuenco, dos sonidos breves contra la cerámica.
Una de las plantas de Valeria había crecido hacia la ventana y había desequilibrado la maceta.
Adrián la giró un cuarto de vuelta. Ella abrió un poco la ventana para dejar entrar el aire más fresco.
Ninguno de esos gestos reparaba al club. Tampoco pretendía hacerlo.
En la cocina, Adrián sacó pan de una bolsa de papel y encontró los tomates que Valeria había comprado aquella mañana.
Se ofreció a preparar algo. Ella dijo que podía ayudar.
Cocinaron con lo que había, no porque la noche mereciera un ritual, sino porque los dos tenían hambre.
Él cortaba el pan mientras ella lavaba los tomates.
Cuando fue a buscar un cuchillo que había quedado cerca del borde de la barra, Valeria movió la mano.
Adrián se detuvo. Se rieron del pequeño choque antes de que cualquiera de los dos pudiera disculparse.
—No tienes que seguir vigilándome —dijo ella.
—Lo sé.
—Lo estás haciendo.
—Estoy comprobando si te gusta la comida.
—Sí me gusta.
—Eso fue fácil.
—Pregunta más a menudo.
Comieron a la mesa sin encender ninguna pantalla.
Por la ventana abierta llegó el sonido de alguien poniendo candado a una bicicleta en la calle.
Valeria pensó en la nueva política del club, en los avisos a los jugadores, en los acuerdos que todavía tendrían que discutirse.
Mañana ella tendría trabajo. Él también.
El trabajo pendiente no anulaba aquella hora.
Adrián recogió los platos. —¿Disfrutaste el partido?
Ella pensó en cuánta verdad quería oír él. —Quería que ganaras.
—Eso no fue lo que pregunté.
—Lo sé. —Lo miró junto al fregadero—. Sí. Lo disfruté.
Él volvió la cabeza hacia ella. La respuesta pareció sorprenderlo más que el resultado.
—¿Incluso con el empate?
—Era un partido —dijo ella—. Por una vez permití que fuera solo eso.
Él se secó las manos. Afuera, un autobús pasó por la avenida con apenas unos cuantos pasajeros todavía a bordo. Sus luces cruzaron el techo y desaparecieron.
Valeria se levantó para cerrar la ventana.
Adrián dejó encendida la lámpara de la cocina para ella.
Cuando regresó, él la esperaba a la mesa, sin vigilar la puerta ni exigirle una promesa sobre lo que vendría después.
Ella se sentó a su lado. La habitación acogió el silencio que habían elegido y ninguno de los dos intentó llenarlo.
Esta vez, el registro solo significaba que habían vuelto a casa.