Capítulo 17 El beso
El beso
La discusión comenzó con una puerta.
Adrián estaba adentro.
Ella se detuvo en el pasillo.
—¿Por qué estás en mi habitación?
Él se volvió. —La puerta estaba abierta.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Pensé que había entrado alguien.
—Así que tú también entraste.
El rostro de Adrián se tensó. —Revisé la habitación.
—Sin avisarme.
—No estabas aquí.
—Eso no es un permiso.
—Lo sé.
—¿De veras?
La palabra chocó contra la pared del pasillo y volvió con más fuerza.
Adrián salió. —Nada estaba fuera de lugar.
—No puedes saberlo.
—Sé lo que vi.
—Viste la habitación después de decidir que tenías derecho a entrar.
—Valeria.
—No. No puedes usar mi nombre como si eso suavizara lo que hiciste.
Él apartó la mirada y luego volvió a mirarla. La rabia había entrado en su sistema de control y no encontraba dónde instalarse.
—Intentaba protegerte.
—Intentabas eliminar la incertidumbre.
—¿Cuál es la diferencia?
—La protección me incluye. El control me sustituye.
El silencio que siguió no estaba vacío. Contenía la respiración de él, el pulso de ella y la lluvia que empezaba a golpear las ventanas del fondo.
—Crees que no entiendo eso —dijo Adrián.
—Creo que lo entiendes cuando está escrito en una regla.
—¿Y cuando ocurre de verdad?
—Se te olvida.
Él se acercó sin tocarla. La luz del pasillo reveló el cansancio bajo sus ojos.
—Tienes razón —dijo.
La admisión la desarmó con más eficacia que cualquier discusión.
—Debí llamarte.
—Sí.
—Debí esperar.
—Sí.
—No lo hice.
—No.
La mirada de Adrián bajó a su boca y regresó a sus ojos.
Valeria sintió el cambio y no se apartó. Eso no era consentimiento. Era la conciencia de una posibilidad.
—Dime que me vaya —dijo él.
La petición fue lo bastante baja para ser sincera.
—¿Quieres irte?
—Quiero saber qué quieres tú.
Ella podría haberlo obligado a responder primero. Podría haber resguardado el momento con otra pregunta. En cambio, dijo: —No quiero que entres en mi habitación sin permiso.
—Entendido.
—¿Y?
La respiración de él cambió. —Quiero besarte.
La franqueza la conmovió más que cualquier encanto ensayado.
—Eso no es una disculpa.
—No.
—Tampoco es una solución.
—Lo sé.
—Bien.
Fue ella quien acortó la distancia.
El beso comenzó con cuidado, como si los dos tantearan el suelo bajo un peso nuevo. Las manos de Adrián permanecieron a sus costados hasta que ella tocó la parte delantera de su camisa. Entonces él levantó una mano hasta la cintura de Valeria y la dejó allí, a la espera.
Valeria percibió esa contención. También percibió cuánto esfuerzo le costaba.
Lo atrajo hacia sí.
El segundo beso tuvo menos cautela. Adrián sabía a té de menta y a lluvia, y su calor hizo que el pasillo pareciera demasiado estrecho. Su pulgar recorrió una vez la cintura de Valeria. Ella le puso una mano en la nuca, donde la tensión se acumulaba en una línea dura bajo la piel.
Cuando se separaron, ninguno habló de inmediato.
Adrián apoyó la frente contra la de ella.
—Sigo enojada contigo —dijo Valeria.
—Lo sé.
—Sigues sin tener permiso para entrar en mi habitación.
—Lo sé.
—Esto no cambia la investigación.
Él abrió los ojos. —Cambia algo.
—Sí.
La palabra la asustó porque era cierta.
Él fue el primero en retroceder.
—La próxima vez te llamaré —dijo.
—Puede que no haya una próxima vez.
La miró con una firmeza que le impidió sostener la mentira.
—No —dijo—. La habrá.