El peligroso secreto del arquero Capítulo 16 Proximidad
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Capítulo 16 Proximidad

Proximidad

* * *

El club trasladó a Valeria a la residencia de los jugadores antes del anochecer.

No era un hotel. Era un edificio bajo y moderno en el borde del complejo de entrenamiento, destinado a los jugadores de la cantera, al personal visitante y a los profesionales del primer equipo cuyas casas estuvieran en obras o bajo inspección.

Las habitaciones eran más grandes que las de un hotel y menos personales.

Cada pared estaba pintada de un color elegido para sugerir calma sin exigirle a nadie que la sintiera.

—Es temporal —dijo Clara.

—¿Qué tan temporal?

—Hasta que sepamos si el problema de la credencial está contenido.

Adrián cargó la maleta de Valeria porque ella había rechazado la ayuda de dos agentes de seguridad y él había llegado antes de que pudiera rechazar la suya.

—Sabes que esta es exactamente la clase de medida de protección sobre la que escribimos una regla —dijo ella.

—Estoy cargando equipaje.

—Me estás trasladando a una residencia controlada.

—Clara te está trasladando.

—Y tú la estás ayudando.

—Sí.

—¿Por qué?

Él se detuvo frente a la habitación.

El pasillo de la residencia no tenía más decoración que unas pequeñas fotografías enmarcadas de antiguos planteles del club. En una, un arquero estaba bajo una lluvia de serpentinas de papel, con ambos guantes en alto y el rostro borroso por el movimiento.

—Porque el club me pidió que me asegurara de que llegaras —dijo Adrián.

—Esa es la respuesta oficial.

—También es verdad.

—Solo en parte.

Él dejó la maleta en el suelo. —Tienes talento para hacer que uno se arrepienta de hablar.

—Y tú, para hablar a medias.

La mirada de Adrián recorrió su rostro. —¿Quieres oír el resto?

Valeria mantuvo la mano en la manija de la puerta.

—Quiero que decidas si vas a contármelo.

Él miró hacia la escalera. —Quien usó la credencial conocía la ruta del transporte, el punto ciego de la cámara y lo suficiente sobre Rueda para que el mensaje diera miedo. Tú recibiste la primera fotografía. Ahora te alojas en un edificio con menos entradas sin control. Eso no me gusta.

—Eso explica la decisión de seguridad.

—Explica por qué estoy aquí.

—No por qué cargaste la maleta.

Adrián bajó la vista a la manija que tenía en la mano, como si la respuesta pudiera estar escrita allí.

—Tenías una mano libre —dijo.

Valeria abrió la puerta. —Buenas noches, capitán.

—Buenas noches.

Él se alejó.

La habitación tenía una cama, un escritorio, un balcón angosto y una vista de las canchas de entrenamiento entre una hilera de cipreses.

Valeria dejó el teléfono sobre el escritorio y se quedó junto al vidrio.

Abajo, los encargados del césped se movían bajo los reflectores, con las sombras extendidas detrás de ellos como banderas oscuras.

Veinte minutos después llamaron suavemente a la puerta.

Adrián estaba afuera con dos tazas de té.

—No te lo pedí.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué?

—En la cocina prepararon de más.

—¿Prepararon exactamente dos tazas de más?

—Es una cocina muy eficiente.

Ella tomó una taza por la abertura de la puerta. El té olía a menta y a algo floral que no supo identificar.

—¿Qué es?

—No lo sé.

—Me trajiste una sustancia desconocida.

—Es té.

—Eso es una categoría, no una garantía.

Él estuvo a punto de sonreír. —Mi madre dice lo mismo.

Valeria retrocedió lo suficiente para que él viera la habitación, pero no tanto como para invitarlo a entrar.

—Puedes pasar cinco minutos —dijo—. Nada de hablar del caso.

Adrián entró y miró primero el escritorio, luego el balcón y después la segunda puerta, cerca del baño.

—Nada de hablar del caso —le recordó ella.

—No estoy hablando de él.

—Estás ubicando las salidas.

—Eso no es hablar.

—Es un lenguaje.

Él se sentó en la silla junto a la ventana. Valeria siguió de pie hasta que Adrián la miró sin decir nada. Entonces se sentó en el borde del escritorio.

Durante cinco minutos hablaron de cosas sin importancia: el pésimo café de la residencia, la manera en que las luces del estadio hacían que cualquier ciudad pareciera más fría, la convicción de Ferrán de que todos los jugadores debían tener una chaqueta apropiada para un funeral.

La conversación resultó casi reparadora.

Eso era lo que la volvía peligrosa.

A la mañana siguiente, Valeria descubrió que la residencia tenía una cocina compartida en la planta baja y una norma que exigía etiquetar la comida.

Ya había escrito su nombre en un envase de leche cuando vio la segunda parte del aviso: el personal podía desechar cualquier cosa sin fecha.

Su envase tenía nombre, pero no fecha. De todos modos seguía en el refrigerador, un pequeño acto de misericordia de alguien a quien no había conocido.

Nico preparaba tostadas cuando ella entró. Llevaba ropa de entrenamiento y un guante sujeto por fuera del bolso.

—La cocina funciona mejor antes de que despierten los jugadores del primer equipo —dijo.

—Pensé que eras uno de ellos.

—Lo soy cuando necesitan un arquero. Soy un egresado de la cantera cuando necesitan que alguien guarde los platos.

Movió la tostadora para que ella pudiera alcanzar la tetera. El gesto era corriente. Valeria notó que la había movido sin tocar su taza. Después de una semana en la que otros decidían dónde debía sentarse y quién debía acompañarla, esa diferencia era casi un lujo.

—¿Vives aquí? —preguntó.

—Solo cuando el club decide que mi trayecto al trabajo es un obstáculo para mi recuperación.

—¿Lo es?

—Me da cuarenta minutos para pensar. El club llama a eso fatiga.

Adrián entró con su propia taza. Nico miró de uno al otro y luego estudió la tostadora como si hubiera cometido un error táctico.

Valeria bebió té mientras los dos discutían sobre la posición inicial de un arquero juvenil.

Entendió lo suficiente para advertir que Adrián le pedía a Nico que tomara una decisión, no le dictaba cuál.

Nico discrepó dos veces y nadie lo castigó por ello.

Cuando Nico se fue a entrenar, Adrián permaneció junto a la barra. No intentó tomar la taza de Valeria. No le preguntó si había dormido.

—Clara quiere la lista de entradas a la residencia —dijo ella.

—Entonces pídesela a Clara.

—Ya lo hice. Te aviso porque quizá aparezcas en ella.

—Cargué tu maleta.

—Esa es precisamente la clase de cosa que debería constar en una lista.

Él aceptó la respuesta. —Y mi segunda visita también, cuando volví con el té.

—La segunda visita fue por invitación.

—Cinco minutos.

—Te quedaste cuatro.

Su sonrisa los sorprendió a ambos.

Valeria dejó la taza en el fregadero. Había dos caminos de la residencia a la zona de entrenamiento: uno iluminado, frente a recepción, y otro más corto, junto a la entrada de la lavandería.

Clara le había recomendado el primero hasta que entendieran el problema de la credencial.

Valeria quería tomar el más corto precisamente porque la recomendación la irritaba.

Podía reconocer el impulso sin obedecerlo.

—Tomaré el camino principal —dijo.

—No iba a decirte cuál tomar.

—Estabas mirando la puerta.

—Tengo derecho a mirar.

—Sí.

El permiso no era un coqueteo. Podía decir que sí a una cosa pequeña sin perder el control sobre las demás decisiones.

En recepción, el empleado cotejó la credencial de Valeria con una lista impresa.

El sistema se había actualizado durante la noche.

El número de su habitación aparecía junto a su nombre, visible para cualquiera que estuviera del lado público del mostrador.

Esperó a que el empleado terminara y le pidió que apartara la hoja de la vista del pasillo.

Él miró la lista, comprendió lo que dejaba expuesto y la puso detrás del monitor.

—Vino de seguridad —dijo el empleado.

—Eso no la vuelve segura donde está.

Clara llegó a tiempo para escuchar el intercambio. Fotografió el formulario y cambió el procedimiento para entregarlo al siguiente turno. Valeria no quería reconocimiento. Quería que la próxima persona alojada allí tuviera un número de habitación que no circulara más de lo necesario.

Afuera, Adrián la esperaba junto al camino. No fingió que aquella coincidencia fuera casual.

—Puedes caminar conmigo —dijo Valeria—. Hasta el primer portón.

—¿Y después?

—Yo voy a trabajar. Tú, a entrenar.

Caminaron juntos sin tocarse. Al llegar a la puerta, se separaron a plena vista de los encargados del césped, que reparaban un sector junto a la cancha de la cantera.

Durante el resto del día, Valeria siguió recordando lo sencillo que había sido caminar a su lado.

Aquella sencillez no garantizaba lo que ninguno de los dos haría cuando sintiera miedo.

Era un motivo para intentar elegir de otra manera cuando llegara el momento.