Capítulo 3 Capitán
Capitán
A Adrián no le gustaban los investigadores que llegaban pidiendo notas privadas.
Le gustaban todavía menos cuando sabían que debían pedirlas antes de que él mismo las mencionara.
Durante el entrenamiento, Ferrán dividió al plantel en dos grupos y pidió a los arqueros que practicaran pases cortos bajo presión. Adrián completó bien la primera secuencia, calculó mal la segunda por medio paso y recibió el balón contra la parte exterior del botín.
—Otra vez —gritó Ferrán.
Adrián volvió a colocarse.
El campo de entrenamiento tenía su propio clima.
El viento cruzaba las canchas abiertas sin que nada lo frenara, salvo las gradas bajas y la hilera de cipreses detrás de la cerca del fondo.
El pasto era más corto que el del estadio y más duro bajo los tacos.
Todos los arqueros aprendían a distinguir un rebote limpio de uno que cambiaba de dirección después de la primera impresión.
Adrián vio venir el siguiente pase antes de que el analista lo enviara.
También vio a Valeria Serrat cerca del edificio donde se guardaba el material deportivo.
Llevaba pantalones oscuros, una camisa clara y ningún color del club. A su lado había un empleado de seguridad con una tableta. Ella escuchó sin interrumpir y luego hizo una pregunta que lo obligó a retroceder por el registro en la pantalla.
No observaba a los jugadores.
Observaba a quienes podían entrar en el espacio de los jugadores.
Llegó el pase. Adrián controló tarde.
—Otra vez —dijo Ferrán.
Esta vez el entrenador de arqueros hizo rodar el balón con más fuerza. Adrián abrió el cuerpo, lo envió más allá del maniquí que simulaba la presión y oyó a Ferrán decir algo que tal vez fuera una aprobación.
Rueda entrenó por separado durante los primeros veinte minutos. Tenía una venda en la pierna izquierda, debajo del pantalón corto, aunque el club no había anunciado ninguna lesión. Cuando terminó el trabajo de recuperación, se unió al grupo y evitó mirar hacia el edificio del material.
Adrián se acercó a él durante la pausa para tomar agua.
—¿Cómo está?
—Mejor.
—Eso no responde mi pregunta.
—Te estás volviendo contagioso.
Adrián miró la venda. —¿Recibiste algo anoche?
El rostro de Rueda se cerró. —¿Algo como qué?
—Un mensaje. Una fotografía. Algo con lo que alguien te hiciera saber que estaba enterado.
La respuesta tardó demasiado.
—No —dijo Rueda.
Adrián le sostuvo la mirada.
—No del club —añadió Rueda.
—Esa no fue mi pregunta.
Rueda miró hacia la cancha. —Mi esposa recibió un mensaje de un número desconocido. Lo borró.
Terminó la pausa para tomar agua. Los jugadores empezaron a volver a sus posiciones.
—¿Qué decía?
—Algo sobre que el cuerpo guarda sus propios registros.
Adrián sintió cómo la frase terminaba de hundirse bajo sus costillas.
—¿Por qué no se lo contaste a Ferrán?
—Porque podría no ser nada.
—¿Y porque, si resulta ser algo...?
Rueda le dirigió una mirada cansada. —Entonces me convierto en el jugador que tiene un problema. Los clubes dicen que les importa la privacidad hasta que protegerla les sale caro.
Adrián no tenía una respuesta que no sonara a discurso. Llevaba tres años como capitán. Sabía distinguir entre lo que los jugadores necesitaban oír y lo que necesitaban que alguien hiciera.
—Dame el número —dijo.
—No.
—Álex.
—Tú no eres de seguridad.
No lo dijo con crueldad. Eso lo hizo peor.
Adrián volvió a mirar hacia el edificio del material. Valeria se había movido. Ahora estaba junto al control de acceso, hablando con Víctor Soria. Los dos miraban un registro de credenciales.
—Tú tampoco —dijo.
Rueda apretó la boca. —Exacto.
Al mediodía, Ferrán llamó a Adrián a su despacho.
El entrenador no tenía adornos, salvo una fotografía enmarcada del club antes de la remodelación, cuando las gradas eran más pequeñas y el campo de entrenamiento era de grava. Se sentó detrás del escritorio y dejó la puerta abierta.
—Serrat quiere tus notas —dijo Ferrán.
—¿Te lo dijo ella?
—Se lo dijo a Clara. Clara me lo dijo a mí.
—¿Y tú?
—Quiero que se las entregues.
Adrián siguió de pie. —No son oficiales.
—Quizá por eso importan.
—Son observaciones. Impresiones.
—Llevas meses registrándolas.
Adrián lo miró.
Ferrán suspiró. —No pongas esa cara de sorpresa. Que prefieras el silencio no te vuelve invisible.
—¿Quién más lo sabe?
—Yo lo sé. Clara también, ahora. Serrat lo sabrá si se las das.
—Ese es el punto.
—El problema es que ocurrió algo en torno a Rueda. No sabemos si fue inteligencia táctica, una conversación imprudente o un uso indebido del acceso. Tus notas pueden ayudarnos a distinguir una cosa de otra.
Adrián pensó en cómo lo había descrito Valeria: el acceso era una cadena, no una habitación.
—Amenazó con dejar constancia de que no se las entregaba.
—Porque se las estabas ocultando.
—Estás disfrutando de esto.
—Disfruto verte descubrir que los demás también tienen opiniones.
Adrián se sentó frente al escritorio.
Ferrán bajó la voz. —Eres capitán porque los jugadores confían en que verás el peligro antes de que se haga público. Pero si guardas cada peligro dentro de tu cabeza, te conviertes en otro sistema cerrado. Y los sistemas cerrados fallan en silencio.
La frase se parecía demasiado a algo que habría dicho Valeria. A Adrián le molestó haberse dado cuenta.
—Cree que soy parte del problema —dijo.
—Cree que toda persona con acceso forma parte de la pregunta.
—Eso no es mejor.
—Es más útil.
Ferrán se levantó. La reunión había terminado.
A las 12:46, Adrián llevó su computadora portátil a la pequeña sala de análisis junto a la entrada de los jugadores. Valeria ya estaba allí, sentada a la mesa con un expediente en papel abierto frente a ella. Un monitor de seguridad mostraba el pasillo exterior en cuatro cuadros silenciosos.
Ella alzó la vista cuando él entró.
—Me encontraste.
—Está en la sala de las cámaras del club.
—Eso ayuda.
Adrián dejó la computadora sobre la mesa, pero no la abrió.
—Rueda recibió un mensaje a través de su esposa.
La expresión de Valeria cambió, aunque no de manera evidente. Su atención se agudizó.
—¿Qué decía?
—Algo sobre que el cuerpo guarda sus propios registros.
—¿Esas fueron las palabras exactas?
—No.
—¿Quién lo borró?
—Su esposa.
—¿Por qué?
—Miedo. Vergüenza. Costumbre. Dígamelo usted.
—No conozco a su esposa.
—Parece conocer a todos los demás.
—Solo en lo profesional.
Adrián abrió la computadora y giró la pantalla hacia ella.
El archivo contenía fechas, situaciones de partidos, anuncios públicos y restricciones privadas de las que se había enterado en la vida cotidiana del equipo.
No había escrito acusaciones. Había anotado alternativas.
Había indicado dónde había aparecido por primera vez cada dato, quién podía haberlo sabido y cuándo había cambiado el comportamiento de un rival.
Valeria leyó sin tocar la pantalla.
—Separó lo que observó de lo que concluyó —dijo.
—Esa es la idea.
—La mayoría no lo hace.
—La mayoría no son arqueros.
—¿Esa es su teoría profesional?
—Es mi experiencia.
Ella se desplazó hasta la entrada de la noche anterior. —Escribió que el rival se comportó como si lo supiera.
Para compararlo con su relato, abrió el mensaje anónimo en su teléfono. Una fotografía de Rueda saliendo por el carril de servicio llenó la pantalla. Adrián la vio antes de que Valeria dejara el teléfono boca abajo.
—Sí.
—¿Qué habrían hecho si lo hubieran sabido?
—Habrían atacado a Rueda antes.
—A menos que quisieran ocultar que lo sabían.
—Entonces lo hicieron muy bien.
—O usted está buscando un patrón porque ya espera encontrarlo.
Adrián la miró.
Ella no retiró la acusación que acababa de hacer. Eso era valentía o imprudencia. Él todavía no había decidido cuál.
—Tiene una fotografía —dijo.
Por primera vez, Valeria apartó la mirada.
—Alguien me la envió esta mañana.
—¿La persona que la tomó?
—Sí.
—No se lo comunicó al club.
—Se lo estoy comunicando ahora.
—La mantuvo en privado mientras me interrogaba sobre mis notas privadas.
—Estaba evaluando si tenía relación con la investigación.
—¿Y?
Ella cerró el expediente. —Fue tomada desde el interior del carril de servicio. Quien la tomó tenía acceso o recibió ayuda. Eso la vuelve relevante.
—¿Qué decía el mensaje?
—Estás mirando demasiado tarde.
La sala pareció encogerse con aquellas palabras.
Adrián se levantó y se acercó a la pared de monitores. El pasillo de afuera estaba vacío. Una persona de limpieza pasó por una de las cámaras, con la cabeza baja y el carrito avanzando despacio por la imagen.
—La fotografía se tomó después del partido —dijo.
—Sí.
—Pero el mensaje dice que llegamos tarde.
—Eso da a entender.
—O quien lo envió quiere que creamos que se refiere al partido.
Valeria lo observó. —¿Hace esto a menudo?
—¿Qué cosa?
—Ponerse frente a una pantalla y reducirlo todo a ángulos.
—Es un hábito útil.
—Puede convertirse en una forma de no responder.
—Me conoce desde hace veinte minutos.
—Conozco su expediente desde hace tres horas.
Adrián se volvió, dejando atrás las cámaras. —No es lo mismo.
—No.
Su voz se suavizó, pero no para disculparse. —Lo deja peor parado.
La respuesta lo tomó desprevenido. Entonces sí la miró con atención: no solo la ropa precisa y la quietud, sino el cansancio bajo sus ojos, la pequeña cicatriz cerca del pulgar derecho, el hecho de que se había quitado el reloj y lo había dejado junto al expediente, como si el tiempo mismo se hubiera convertido en prueba.
Prestar atención no era sentir atracción. Adrián conocía la diferencia.
Simplemente había empezado a ser consciente de ella.
Valeria volvió a abrir el expediente. —Necesito comparar esto con los registros de acceso.
—No encontrará nada.
—Eso no le corresponde decidirlo.
—No. Es lo que espero.
—Las expectativas no son pruebas.
Adrián estuvo a punto de sonreír. —Tiene una frase para todo.
—Solo para las cosas que la gente usa para evitar la frase que de verdad importa.
Fuera de la sala, alguien llamó a Víctor. La voz recorrió el pasillo y se perdió.
Valeria cerró la computadora portátil.
—Una condición —dijo.
—¿Ahora pone condiciones?