Capítulo 37
-¿ S e marcha, milord?
—Sí, a Londres —respondió Declan secamente a Andrew Gilbert, cuya enorme nuez de Adán subía y bajaba mientras tragaba saliva, sorprendido—. Te enviaré un mensaje con lo que hay que hacer tan pronto como...
—¿Hay que hacer algo, milord? Perdóneme por interrumpirle, pero no lo entiendo.
—Ya lo entenderás, Gilbert, ya lo entenderás —dijo Declan enigmáticamente, casi para sí mismo, mientras se dirigía a zancadas hacia la biblioteca.
Había esperado no encontrarse con nadie, hacer las maletas y ponerse en camino, pero, maldita sea, Andrew acababa de salir hacia Porthleven al enterarse de que el Fair Betty había regresado.
Al parecer, el agente había contratado a un pescador para que estuviera atento al barco y le avisara en cuanto lo avistara; la lealtad de Gilbert le sorprendía.
Pero mejor que fuera leal y velara por Arundale’s Kitchen y el bienestar de los mineros de estaño cuando Declan se hubiera ido.
El hecho de que no fuera a volver a Cornualles no significaba que no fuera a cumplir con su parte del acuerdo.
—¿Brandy? —preguntó, y Andrew pareció aún más confundido, aunque asintió con la cabeza.
Declan sirvió dos copas rebosantes y le entregó una al agente; luego levantó la suya y la vació hasta la mitad de un trago lento, mientras Andrew sorbía la suya con cautela, sin duda recordando la vez que estuvo a punto de atragantarse.
Según lo recordaba Declan, acababan de brindar por su matrimonio...
—¿La señora Declan le acompañará?
Declan no respondió de inmediato y se bebió de un trago lo que le quedaba de brandy.
—¿M-milord?
—No, Gilbert, ella no me acompañará.
Dejó la copa sobre el escritorio con un golpe seco, y su mirada se posó en una pequeña pila de cartas.
—¿Han llegado hoy?
—No, ayer por la tarde, milord, pero usted ya se había ido a Porthleven. Sin embargo, hoy he oído algunas noticias en la mina que creo que podrían interesarle. Sobre Stephen Carew.
Declan levantó la vista, con una mirada tan intensa que Andrew se sintió de repente bastante incómodo.
—Si... si le apetece escucharlas, milord. Parece que tiene bastante prisa...
—¿Qué noticias, hombre? ¡Por supuesto que me interesan, maldita sea!
—Milord, Stephen Carew ha muerto. Un accidente en la mina de Great Work, o eso dicen.
Parece que había estado bebiendo antes de venir a trabajar a última hora de la noche de ayer y empezó a alardear de que había hecho que los recaudadores del rey se cernieran sobre Anthony Collingwood y de que algún día lo pillarían con las manos en la masa, y a su esposa también, milord, por favor, perdóneme por decirlo.
Se lo oí a Jonathan Knill, cuyo hermano trabaja en Great Work y...
—¿Y qué le pasó a ese cabrón? —interrumpió Declan con impaciencia, haciendo que Andrew Gilbert diera un respingo.
—Se resbaló, milord, se resbaló y cayó por el pozo principal. Al menos eso es lo que dijeron los mineros cuando se informó del accidente. Pero creo... bueno, por lo que sabemos, por aquí no les caen nada bien los delatores...
—Ya me he dado cuenta —murmuró Declan, con un dolor tan intenso en su interior que, de repente, lo único que deseaba era escapar de él.
¡Al diablo con hacer las maletas! Podría comprar lo que necesitara por el camino y en Londres. Cuanto antes saliera de aquella casa, de Cornualles, mejor.
—Sírvete brandy, Gilbert —dijo con voz tensa, metiéndose las cartas en el bolsillo de la chaqueta—. Es una pena que algo tan bueno se eche a perder.
Salió furioso de la biblioteca y Andrew Gilbert se apresuró a seguirlo.
—Pero... pero, milord, creo que algunas de esas cartas son... Si va a Londres, ¿no debería encargarme de...?
—¡Llévatelas todas, hombre!
Declan se giró tan bruscamente que Andrew chocó contra su brazo, haciendo que las cartas se esparcieran por el suelo.
Maldiciendo, se agachó para ayudar al agente a recogerlas, y se dio cuenta de que una de las cartas tenía manchas de agua; la letra original estaba casi borrada, aunque una anotación más reciente indicaba claramente que había sido reenviada desde Arundale Hall.
Se le paró el corazón al ver que la carta procedía de Lisboa; con los dedos temblorosos, la abrió y comenzó a leer.
—Esta va dirigida a usted, milord... de parte de la señorita Phoebe Hartwell.
—¿Qué?
La voz de Declan estaba ronca, ya que le informaban de que habían encontrado a su hija y estaba a salvo en Lisboa.
—De parte de Phoebe Hartwell, milord.
—¿Estás seguro de que no es para mi esposa?
Declan cogió la carta, sin apenas poder enfocar la letra femenina debido a la emoción que le nublaba la vista, mientras Andrew Gilbert se limitaba a mirarlo fijamente.
—¿Qué miras, hombre? ¿No dijiste que tenías facturas que pagar?
—Sí, sí, milord, las tengo.
Andrew huyó con un puñado de cartas de vuelta a la biblioteca, dejando a Declan solo en el vestíbulo.
¡Maldición! ¿Qué querría de él la amiga de Véronique?
Se guardó en el bolsillo la carta sobre Paloma y abrió con rabia la de Phoebe, maldiciendo cuando la mitad superior se desprendió en su mano y cayó revoloteando al suelo.
La recogió, decidiendo que ni siquiera iba a leer aquella maldita cosa.
¿Por qué iba a hacerlo? Tenía otras cosas en las que pensar...
en su hija, por ejemplo... y, sin embargo, empezó a leerla de todos modos, casi a pesar suyo.
Espero que no le parezca demasiado atrevido por mi parte escribirle, milord, pero es solo porque quiero muchísimo a Véro y deseo lo mejor para ella.
Aquí en Londres solo he oído cosas maravillosas sobre usted, y así se lo dije a Véro en mi última carta...
ah, pero no es mi intención aquí contarle todo eso.
Quería que usted supiera lo maravillosa que es Véro también —aunque espero de verdad que ya lo haya comprobado por sí mismo—, pero tiene un temperamento tan temible en algunas ocasiones que sentí que debía escribirle y explicárselo...
—¿Un temperamento temible? —dijo Declan con un resoplido, sin dejar de leer.
...explicarle que, bueno, Véro nunca lo admitiría, ni siquiera ante mí, pero tiene mucho miedo, ya sabe.
Llevaba mucho tiempo preguntándome por qué parecía tan empeñada en ahuyentar a cualquier joven que se le acercara, pero cuando ve a su padre —lo que le pasó a ese pobre hombre tras la muerte de su madre—...
Declan echó un vistazo a la otra mitad rasgada de la carta que tenía en la mano, pero no se atrevía a seguir leyendo.
No se atrevía porque, de repente, estaba tan furioso consigo mismo que no sabía qué hacer.
Maldito fuera por ser tan tonto, ¿cómo no se había dado cuenta?
¿Aquella vez, la semana pasada, cuando había intentado besar a Véronique y ella había entrado en pánico, para luego llorar hasta quedarse dormida?
¿Cómo había intentado tan desesperadamente huir de él aquella otra noche —llegando incluso a intentar saltar desde el balcón— y él le había preguntado por qué le tenía miedo?
Pero quizá ella no huía tanto de él como de otra cosa... quizá de unos sentimientos que tanto la asustaban... sentimientos que él había intuido desde el principio y que eran tan profundos y tan intensos como los suyos...
Maldiciendo su ceguera y a sí mismo por haberle hablado con tanta frialdad la noche anterior en el barco cuando ella había ido a darle las gracias, Declan se guardó la carta rasgada en el bolsillo y salió corriendo, con el corazón retumbándole en los oídos mientras se dirigía al establo.
—¿Cómo que no está aquí? —Véronique empezó a pensar que tendría que sacarle una respuesta a Andrew Gilbert, que la miraba boquiabierto y con tanto miedo que la nuez de Adán le daba saltos—. ¡No tengo pistola, Andrew! ¡No voy a dispararte! Solo quiero saber dónde está Declan...
—E-el establo, creo. Hace unos momentos... Supongo que para coger su caballo. Él... dijo que se iba a Londres.
—¡Oh, Dios mío!
Salió corriendo de nuevo al exterior, preguntándose con desesperación si se lo había perdido.
Andrew Gilbert estaba tan absorto en su trabajo cuando ella irrumpió en la biblioteca que ¿quién podía decir si Declan se había marchado hacía unos momentos o quizá hacía un cuarto de hora?
Seguramente también había asustado muchísimo al pobre hombre, con los papeles volando por los aires mientras él caía de rodillas y se agachaba detrás de una silla.
Había sido tan cómico que casi se echó a reír, pero no estaba de humor para reírse.
Nunca había cabalgado tan rápido, agotando al pobre Pete. Nunca llegaría más lejos, ni a Helston, y desde luego tampoco a Londres. Corrió hacia el establo, con los pulmones doloridos, ya sin aliento.
No podía creer que Declan la hubiera dejado sin siquiera despedirse... Ah, sí, podía creerlo, y no podía culparlo. Sin embargo, eso aún la enfadaba mucho de todos modos y...por favor, ojalá todavía estuviera en el...
Véronique jadeó y se apartó tan precipitadamente cuando un caballo y su jinete entraron al galope por las puertas del establo que perdió el equilibrio y cayó de bruces, quedándose sin aliento.
Por un momento solo pudo quedarse allí tumbada, tosiendo por el polvo y los trocitos de heno que se posaban a su alrededor, pero de repente la levantaron de un tirón y se encontró cara a cara con Declan.
—¿Véro? Por Dios, mujer, ¿estás bien?
Ella lo miró fijamente, tan agradecida de haberlo alcanzado a tiempo, tan eufórica de que aún no se hubiera marchado a Londres, tan... ¡tan enfadada de que fuera a irse sin despedirse!
—¡Tú... tú, canalla! ¡Sinvergüenza! ¡Jinete temerario!
—¿Jinete temerario?
—¡Podrías haberme matado! ¡Matado! ¡Y yo he venido todo este camino para encontrarte!
—¿Has venido a buscarme?
—Sí, ¿es lo justo, no? Después de tantas veces que tú has tenido que venir a buscarme. Pero entonces Gilbert dijo que te ibas a Londres y... y sin siquiera decir adiós y... ¿vas a anular nuestro matrimonio, verdad?
—En realidad —dijo él con voz ronca, atrayéndola hacia sus brazos—, anularía nuestro matrimonio solo por la oportunidad de volver a empezar contigo como mi novia, Véro, si pensara que eso podría ayudarme a ganarme tu amor.
Mientras las lágrimas le llenaban los ojos, Véronique tiró del abrigo de Declan; de repente se había puesto muy nerviosa.
—Yo... no creo que eso sea necesario.
—¿No?
Ella negó con la cabeza, tragando lágrimas con dificultad para poder seguir hablando.
—Creo que ya me has conquistado por completo. Lo siento tanto, Declan, que me haya llevado tanto...
No tuvo que terminar la frase. El beso de Declan fue tan cálido, tan tierno, que sintió cómo su corazón se llenaba de una alegría inimaginable. Y cuando él, por fin, se apartó de ella, tras largos, largos momentos, tenía en los labios la sonrisa más divertida e irónica.
—No iba a ir a Londres, ¿sabes?
—¿No?
Se encogió de hombros.
—No. No podía dejarte. Eso es todo lo que hay que decir. Supongo que estás atada a mí, mujer, para bien o para mal, informante o no...
—¡Oh, no, Declan, nunca creí que fueras un informante! Solo lo dije porque...
De nuevo, Declan la hizo callar, esta vez colocándole suavemente un dedo sobre los labios. Más tarde, pensó, más tarde le contaría lo de Stephen Carew, pero ahora no. Ahora no.
—Eso ya queda atrás, Véro. ¿Estamos de acuerdo?
Ella asintió, y él la atrajo hacia sí, abrazándola con fuerza mientras le susurraba al oído:
—Y se acabó el contrabando. Después de ver ese barco de la Hacienda, no soporto la idea de que...
—De acuerdo.
Había respondido con voz tan ronca que él se apartó para mirarla a la cara, solo para descubrir que las lágrimas le corrían por las mejillas.
—¿Véro?
—Quiero que encuentres a tu hija, Declan, de verdad que sí, y haré todo lo que pueda para ayudarte. La quiero como si fuera mía. Pero que tú te adentres en territorio enemigo...
—No habrá ningún territorio enemigo, no en Lisboa —dijo él en voz baja, observando cómo la sorpresa iluminaba el rostro de ella—. Han encontrado a Paloma. Han encontrado a mi hija. Solo tenemos que ir a buscarla, Véro. ¿Te vienes conmigo a traer a mi pequeña de vuelta a casa?
Véronique alzó la mano para acunar su rostro, y sus labios tocaron los de él con dulzura, con tanta dulzura, que Declan supo que no hacía falta que se lo pidiera. Pero no pudo evitar pedirle un último compromiso cuando ella se apartó de él un instante después, con sus hermosos ojos brillantes.
—Una última cosa, Véro. ¿Me prometerías aquí y ahora que nunca me llamarás «corderito»?
—Solo si tú prometes no llamarme nunca «arpía».
—Oh, tú no eres ninguna arpía, mujer. —Declan la abrazó con fuerza, con una sonrisa tan burlona como la de ella—. Solo eres vivaz. Y no te querría de otra manera.