Epílogo
Octubre
—¿Sabes qué? —preguntó Shane—. La última vez que estuve en un partido inaugural en casa de los Ottawa Centaurs tenía doce años.
Ilya le sonrió. No había sido capaz de quitarse la sonrisa de la cara desde que se habían levantado esa mañana, y Shane había estado igual de embobado.
Se habían despertado dándose besos y luego habían sacado a Anya a dar un paseo.
Desayunaron fuerte juntos y comieron en el porche trasero, porque hacía un precioso día soleado.
Shane le había recordado a Ilya que se tomara la pastilla con el desayuno: no hacía falta, ya que Ilya se había puesto una alarma en el móvil para acordarse; pero, aun así, era un detalle.
Habían comido con David y Yuna porque Shane había insistido en que era un ritual importante el día del partido inicial.
Habían ido en coche juntos al estadio y habían parado un momento en el camino de la casa de Willa y Andrew para que los niños los animaran y para leer el cartel que habían hecho. Esta vez ponía «Shane Hollander + Ilya Rozanov =» y luego lo que parecía un dibujo un tanto rupestre de la Copa Stanley.
Había sido un día perfecto. Ilya se moría de ganas de pasar diez años más así.
—Estás muy guapo —dijo Ilya en ese momento—. Incluso con ese logo tan feo.
Shane bajó la mirada hacia el jersey.
—Cada vez me gusta más.
—Mentiroso.
—Dejad de ligar y poneos manos a la obra —dijo Bood con una sonrisa—. Shane, se supone que tienes que colocarte ahí, entre Luca y Tanner.
—Sí —dijo Ilya con solemnidad—. El extremo de la fila es para los capitanes…
Shane volvió a mirar su jersey, esta vez al espacio vacío en el pecho izquierdo.
—Vale. No estoy acostumbrado a no llevar la «C».
—Ya te acostumbrarás —dijo Ilya, y dio unos golpecitos a su «C»—. Aquí se va a quedar.
Shane lo saludó con burla fingiendo respeto y luego fue hacia donde le correspondía en la fila.
—Otro que va de protagonista, joder —bromeó Bood.
—¿Quién coño se cree que es, eh?
—Va detrás de esa «C».
Ilya sonrió.
—Ya lo sé.
Oyó que pronunciaban el nombre de Shane y luego el rugido de unas gradas a rebosar que alababan a la superestrella local a la que por fin podían considerar suya.
—Mierda. Ya es más popular que nosotros —dijo Bood.
—Más popular que tú, tal vez.
Unos minutos después, Ilya salió como un rayo a la pista y completó el círculo en el centro del hielo. Shane estaba justo enfrente de él, con una sonrisa ancha en la cara. Ilya también sonrió.
—Ya es hora de conseguir por fin uno de esos banderines, ¿no? —comentó Bood por encima de los vítores y de la música que atronaba—. ¡Esta vez de verdad!
Por supuesto que lo lograrían. Ilya no había estado tan seguro de nada en toda su vida.
—¡A por la copa, joder!