El partido más largo (Game Changers 6) Capítulo 4
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Capítulo 4

—Me encanta el hockey, joder —dijo Max con una gran sonrisa. Soltó la bolsa de la comida que le habían dado en el campamento sobre la mesa de los entrenadores y se dejó caer con energía en el asiento frente a Ilya.

—Se nota —dijo Ilya, porque Max se había volcado de lleno en el entrenamiento de este campamento.

—Es que… —Max echó un vistazo a las mesas de los chavales que los rodeaban—. De verdad, esto es lo mejor. Llevaba un tiempo mosqueado con este deporte y lo necesitaba.

—Te entiendo… —dijo Ryan en voz baja—. Aunque no por la misma razón. Tu situación es injusta y horrible, pero yo, en cierto modo, odiaba tanto el hockey que, ya sabes, lo acabé dejando.

A diferencia de Ryan, Max siempre hablaba en voz alta y con seguridad. Señaló a Ryan con el dedo y dijo:

—La NHL te trató muy mal, Ryan. Jamás me gustó cómo te trataban, y aún me gusta menos ahora que te he conocido y sé lo encantador que eres.

Leah se dejó caer en el asiento junto a su marido.

—¿Estamos hablando de lo mucho que queremos a Ryan?

—No —murmuró Ryan con la vista puesta en su sándwich.

—Estamos hablando de lo jodido que es el hockey. Y de cómo, a pesar de todo, nos encanta —dijo Max.

Leah sonrió.

—Sip. Precisamente ahí está el problema.

Ilya echó un vistazo al extremo de la mesa, donde estaba sentado Shane. Tal y como Ilya había sospechado, Shane parecía confundido e incómodo. El hockey nunca lo había puesto triste ni un solo minuto de su vida.

Ilya no podía fingir saber lo que se sentía al estar decepcionado por el deporte que amaba (no de la misma forma que les había pasado a Max o a Ryan), pero era más consciente de los defectos del hockey de lo que lo era Shane.

En los últimos años había prestado más atención al lado más oscuro de su deporte.

—Oye —le dijo Max a Ilya—, ¿qué te parece tu nuevo entrenador?

Ilya se encogió de hombros.

—Aún no lo conozco.

—Sí, pero es un fichaje bastante interesante, ¿no? O sea, ¿qué edad tiene Brandon Wiebe ahora? Debe de rondar los treinta y algo.

—Tiene cuarenta y uno —dijo Shane porque, obvio, él lo sabía.

Brandon Wiebe había sido un delantero en la NHL durante once temporadas, antes de retirarse hacía casi una década.

Nunca fue una estrella y se había ganado la reputación de ser un jugador «difícil» de manejar, aunque Ilya nunca había sabido por qué.

Wiebe todavía jugaba cuando Ilya comenzó su propia carrera en la NHL , pero nunca había tenido contacto con él.

—Es mono —dijo Leah—. Es que lo he visto en una entrevista en TSN . Ha envejecido bien.

Max se llevó una mano al corazón con gesto dramático.

—No me puedo creer que seas capaz de decir eso delante de mí…

Leah se rio.

—Bueno, es que lo es. Ryan me dará la razón en esto, ¿verdad, colega?

—Nop —dijo Ryan—. Nada que añadir.

—Es imposible que Ryan considere guapo a Wiebe —dijo Ilya—. ¿Has visto a su novio?

—Eeeh, claro —dijo Max—. Leah y yo lo buscamos en Google anoche. Pero ¿qué cojones, tío? Es, tipo, un ángel caído del cielo o algo así.

Ryan arrugó la bolsa de comida vacía con una de sus enormes manos.

—Sois un poco raritos. —Se levantó para irse, pero se paró y dijo, con una sonrisa—: Pero sí. Mi novio está buenísimo.

Max dio una palmada en la mesa.

—Uf, adoro. Di que sí, Ryan, siéntete orgulloso de tu novio buenorro.

Ryan se alejó, sacudiendo la cabeza, aunque lo más probable era que estuviera sonriendo.

—Bueno, pero, aparte de ser mono —dijo Shane en un tono un poco seco—, ¿qué hace que Wiebe sea un buen entrenador?

—Jugó en la NHL —dijo Ilya—. Quizá eso lo haga bueno.

—Sin ánimo de ofender —intervino J. J. desde su extremo de la mesa—, pero lo más probable es que Ottawa no tuviera muchos entrenadores entre los que elegir, ¿me explico?

—Oye —protestó Wyatt—. Solo porque seamos malos, estemos en una ciudad en la que nadie quiere jugar y no tengamos fans…

J. J. se empezó a reír al oír eso.

—¿Ves? Tu portero lo ha pillado.

—Tú espera —advirtió Ilya—. Este año vamos a darle la vuelta al asunto. Ya lo verás…

—Claro —dijo J. J.—. Yo confío en ti. Al cien por cien.

Ilya iba a soltar alguna respuesta sarcástica, pero en ese momento Hayden se acercó corriendo a la mesa con su bolsa de comida.

—Perdón si me he perdido algo —dijo—. He tenido que ocuparme de una emergencia familiar.

—¿Tu mujer ha tenido otro bebé? —preguntó Ilya con tono seco.

—¿Ocurre algo? —preguntó Shane, preocupado.

Hayden hizo un gesto con la mano.

—No, no. No es para tanto. Solo se ha perdido un caimán de peluche.

—Vaya —dijo Ilya—. ¿Has llamado a la policía?

Hayden se sentó frente a él y lo miró con rabia.

—Sé que a ti no te importa la gente, pero Arthur pierde la puta cabeza si no tiene a Chompy.

—¿Lo has encontrado? —preguntó Leah.

—Eh… Sí. En el asiento trasero de mi coche. Estando ya aquí. Así que he tenido que hacer una videollamada por FaceTime para que Arthur pudiera verlo y, bueno, hablar con él.

Ilya sonrió.

—¿Qué sonido hace Chompy?

Hayden lo ignoró.

—En fin. Crisis superada. Pero a partir de ahora tendré que mirar en el asiento trasero antes de salir de casa.

—Eres un buen padre —dijo J. J.

Hayden suspiró mientras clavaba una pajita en su zumo.

—A veces. La mayoría de las veces no sé qué estoy haciendo, pero los quiero y haría literalmente cualquier cosa por ellos, así que eso ya es algo, supongo.

Ilya bajó la mirada hacia los restos de su sándwich.

Se reía mucho de Hayden (por un millón de razones distintas), pero, en el fondo, admiraba su capacidad para criar a cuatro niños pequeños.

Era un buen padre, por lo que Ilya podía ver.

Sus hijos eran estupendos; su mujer, Jackie, increíble.

Lo más probable era que Ilya lo envidiara, pero nunca lo admitiría.

—Me muero de ganas de que llegue esta tarde —dijo Max. Señaló a Shane—. Nuestro equipo os va a dar una paliza.

Shane sonrió.

—Ya lo veremos, colega.

Estaban dividiendo a los chicos en cuatro miniequipos, cada uno dirigido por dos de los entrenadores.

Shane y J. J. tenían un equipo, Ilya y Max tenían otro, Ryan y Wyatt tenían un tercero, y Leah y Hayden tenían el último grupo.

Jugarían partidos de entrenamiento en media pista y, aunque oficialmente se suponía que los entrenadores no debían jugar, probablemente todos lo harían.

Ilya estaba deseando que llegara el momento.

—Oye —dijo Max inclinándose sobre la mesa y bajando la voz—. ¿Crees que es buena idea poner a Glencross y a Tremblay en el mismo equipo?

Jordan Glencross y Ben Tremblay llevaban toda la semana enzarzados. Parecía que siempre había dos chicos con antecedentes en estos campamentos.

—Claro —respondió Ilya con naturalidad—. Eso los unirá.

Max levantó las manos.

—Vale. Solo digo que esos dos chavales están a punto de pelearse.

—No va a pasar nada.

Sí pasó. Antes de llegar a la mitad del partido contra el equipo de Ryan y Wyatt, Jordan tenía a Ben inmovilizado sobre el hielo y le estaba dando puñetazos en la máscara con la mano enguantada.

—¿En serio? —dijo Ilya.

Max reaccionó con más rapidez y de forma eficaz, y apartó a Jordan de encima del otro chico mientras gritaba:

—¡Eh!

—¡Ha empezado él! —protestó Jordan.

—Eres un putísimo mentiroso —gritó Ben.

—¡Oye! —dijo Max—. Aquí no hablamos así, ¿eh? —Miró a Ilya—. ¿Quieres que los lleve al vestuario?

—Yo me encargo —dijo Ilya—. Venga, par de bobos.

Oyó a Max dar instrucciones a los demás chicos mientras Ilya abandonaba la pista, desviando su atención de cómo reñían a Jordan y Ben.

Ilya se interpuso entre los dos chicos mientras caminaban hacia el vestuario más cercano.

Una vez dentro, les hizo sentarse en lados opuestos de la sala, uno frente al otro.

—¿Qué está pasando?

—Está enfadado porque yo he entrado en el equipo A y él no —dijo Jordan.

—¡No, no lo estoy! —protestó Ben—. Estoy enfadado porque tu padre lo amañó para que tú te quedaras mi plaza.

—¡No es cierto! ¡Es que tú no eras lo bastante bueno!

—¡Soy mucho mejor que tú!

Dios… ¿En qué se había metido Ilya? Sabía que debía asegurarles a los chicos que no había habido ninguna injusticia y quizá hablar con Ben sobre ser un mal perdedor, pero sentía curiosidad…

—¿A qué se dedica tu padre, Jordan?

Ben resopló. Jordan murmuró algo que Ilya no entendió.

—¿El qué? —preguntó Ilya.

—Es el entrenador.

Ilya se echó a reír. No pudo evitarlo. Con esa información, empezó a sospechar que Ben podría tener razón.

Jordan se levantó.

—Estoy en el equipo porque me he ganado mi puesto.

Ben resopló.

—Ya te gustaría.

—Vale —dijo Ilya con calma—, solo hay una forma de decidir esto.

Los chicos lo miraron con los ojos muy abiertos, como si se hubieran olvidado de que había una superestrella de la NHL en la sala.

Ilya se las arregló de alguna manera para guardar la compostura cuando dijo, con tono muy serio:

—Los dos, manteneos en equilibrio sobre un pie. El que aguante más tiempo es el mejor jugador de hockey.

—¿Qué? —dijo Ben.

—Eso es una tontería —dijo Jordan.

Ilya se cruzó de brazos.

—Tres, dos, uno…, ya.

Los dos chicos se incorporaron enseguida y levantaron un pie cada uno. Jordan se tambaleó un poco al principio, pero ambos mantuvieron el equilibrio. Tras unos minutos en los que los chicos se miraban fijamente desde extremos opuestos de la sala, Ilya dijo:

—Mmm… Se os da bien a los dos. Quizá podáis intentar saltar a la pata coja.

Los chicos tardaron incluso menos de lo que Ilya esperaba en echarse a reír. Ben fue el primero en romper el hielo y Jordan le siguió al momento, mientras sonreían de oreja a oreja y se reían entre dientes mientras saltaban.

Al final, Jordan tropezó y tuvo que apoyar el otro pie.

—Vaya… —dijo Ilya—. Pensaba que el hijo de un entrenador sería mejor jugador de hockey, pero está bien…

Shane entró en la sala mientras todos se reían. Parecía desconcertado.

—Os he visto salir de la pista —dijo—. ¿Va todo bien?

—Sí —respondió Ilya—. Ahora mismo volvemos.

Los chicos se fueron primero, dándose empujones, pero jugueteando, no peleándose, mientras se reían.

—¿Qué cojones…? —preguntó Shane cuando ambos se quedaron solos.