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—No, no lo haría —dije—. Pero incluso si lo hubiera hecho, incluso si mis padres hubieran tenido razón y Vincent fuera solo un capullo que utilizaba a un chico ingenuo para tener sexo, incluso entonces…
eso no cambiaría quién soy. No cambiaría el hecho de que hay partes de mí que ellos nunca aceptarán.
Cuando la miré, tenía la mirada clavada en el frente, con los ojos perdidos en la lejanía.
Solo podía imaginar lo que sentía. No sabía lo que le había dicho su madre, ni qué oscuras preocupaciones habitaban en su corazón, pero sabía que ella tampoco se merecía vivir una mentira.
Tanto si nos elegía a nosotros como si seguía adelante, merecía vivir con autenticidad.
—Mereció la pena —dije—. Aunque dolió. Mereció la pena aferrarme a quien era y no dejar que nadie me quitara eso.
También merecerá la pena para ti, te lo prometo.
Sé que es horrible. Duele enfrentarse a las personas que amas.
Duele aún más cuando te rechazan. Sinceramente, no sé si ese dolor desaparecerá alguna vez.
Pero, aunque me duela el resto de mi vida, no me arrepentiría.
—Eres una de las personas más valientes que he conocido, Jason —dijo—. Pero no deberías haber tenido que ser valiente. No deberías haber tenido que luchar para ser quien eres. No fue justo.
—Supongo que la vida no es justa —dije—.
Pero creo que las cosas me han salido bastante bien.
O sea… mira lo que tengo. Un novio que lleva más de seis años conmigo, amantes que me entienden, una familia que me respeta, tú…
—Le acaricié la cara con el dedo—. Una mujer extraordinaria, una luchadora, una princesita desafiante.
—Se rio de mí y, aunque puso los ojos en blanco, lo hizo con una sonrisa—.
Fue difícil de cojones llegar hasta aquí, pero mereció la pena.
Si tuviera que volver atrás… No cambiaría nada.
Hubo un tiempo en el que soñaba con llevar a una chica como ella a casa para presentársela a mi familia.
Ver el orgullo en el rostro de mi padre, contar con la aprobación de mi madre.
Pero esas cosas ahora estaban fuera de mi alcance, y no pasaba nada.
Tenía algo mejor. Mi familia me había elegido y yo los había elegido a ellos.
Me querían… y yo también los quería con locura.
Se inclinó hacia mí y nos encontramos en el centro de la cabina. Nuestras frentes se tocaron durante un segundo, en silencio, mientras le cogía la mano. Antes me ponía muy nervioso. Cada vez que la miraba, el corazón me latía más rápido y de repente me daba cuenta de todos mis defectos.
Ya no me sentía así.
El corazón todavía me latía más rápido cuando la miraba, pero era porque no podía creer que estuviera ahí. Conmigo. Abrazándome, besándome, follándome. Me dejaba alucinado.
Unos años atrás, nunca hubiera pensado que eso fuera posible. Pero ahora… ahora no estaba seguro de cómo iba a ser posible dejarla ir.
—Sé que estas últimas semanas han sido… raras —dije—.
Probablemente hayan sido abrumadoras. Pero independientemente de cómo hayamos llegado hasta aquí, me alegro de que lo hayamos hecho.
Me alegro de que seas una niñata caprichosa que no supo decir que no y que acabases abandonada en nuestro garaje.
Me alegro de que una parte de ti supiera qué era lo correcto, de que fueras valiente y de que decidieras enfrentarte a nosotros en lugar de huir.
—Yo también me alegro. —Se sentó erguida y me miró con una expresión que era en parte temerosa pero totalmente salvaje en su determinación—. Jason, tengo algo que decirte… y no sé si debería… —Le temblaba la voz, al borde del susurro.
—Puedes contarme cualquier cosa —le dije—. Vamos, ya me conoces. Ya lo he oído todo, princesa.
Bajó la mirada y, cuando volvió a levantarla, parecía estar preparándose para algo que le iba a doler.
—Te quiero, Jason.
Me quedé mirándola, asimilando las palabras poco a poco. Sus ojos eran muy sinceros y se acercó para cogerme la mano. Pasó un dedo por mis anillos, nerviosa.
—Te quiero mucho —dijo después de tragar saliva.
Para mi sorpresa, se me llenaron los ojos de lágrimas.
Joder.
Me quería.
Me reí en voz baja, una risita que se convirtió en algo más. No era suficiente con abrazarla, deseaba poder meterla dentro de mí y mantenerla allí. Quería poder transmitirle de alguna manera, físicamente y no solo con palabras, lo mucho que significaba eso para mí.
Pero lo físico tampoco era suficiente.
Le acaricié el pelo con la mano, y los mechones dorados se enredaron en mis dedos.
—Dios, Jess. Nunca pensé que te oiría decir eso.
—Mi sonrisa me pareció demasiado vulnerable, demasiado sincera.
Como si hubiera olvidado mis límites, mi cautela se esfumó de repente—.
Te quiero. Joder, yo… —Me temblaba la mano mientras la mantenía contra su cabeza—.
Te quiero tanto, Jess, que siento que estoy perdiendo la cabeza.
Pero soy feliz, soy… —Mis palabras se enredaban.
Joder, me había vuelto loco, pero me encantaba—. Soy tan feliz… Me haces tan feliz…