Capítulo 31
Levi
—¿Qué demonios haces aquí? —dije en voz baja.
Miré de reojo a Elle, que había ido a la cocina a preparar algo de beber para mamá.
Un refresco, había pedido cuando Elle le preguntó qué quería.
No creo que mamá haya tomado un refresco en su vida.
Elle se puso en acción de inmediato, pero no sin antes lanzarnos una mirada furtiva a mamá y a mí.
Había percibido la tensión entre madre e hijo.
—Visitando a mi hijo enfermo —dijo, extendiendo la mano hacia mi rostro solo para retirarla bruscamente cuando me estremecí—. Estás muy pálido. Cuando Elle me llamó para contarme lo que había pasado, me quedé de piedra. Me asusté muchísimo.
—¿Tú te asustaste? ¿Tú?
—Por supuesto, cariño. No podía creer que hubiera vuelto a pasar. Siempre has tenido mucho cuidado con tus alergias.
Entrecerré los ojos. Era imposible que estuviera aquí solo porque estaba enfermo.
Nunca le he importado tanto. Si es que le he importado algo.
Elle y yo lo estábamos pasando bien juntos.
Por fin me sentía lo bastante seguro como para decirle lo que sentía.
No lo había planeado, ni mucho menos, pero cuando vino a verme al hospital...
Cuando entró en esa habitación, con la preocupación marcada en el rostro, supe que era ella.
Siempre lo he sabido, pero ese momento lo confirmó.
Luego me abrazó. Y luego lloró. Por mí. Nadie había hecho eso nunca.
Era una experiencia completamente nueva.
Que alguien se preocupara tanto por ti que lo dejara todo para venir a estar contigo.
Mi padre jamás lo haría. Mi madre solo ahora fingía hacerlo.
—Estoy bien, así que ya puedes irte.
El rostro de mamá se descompuso.
—Aquí tienes un Sprite —dijo Elle con un vaso sudado de líquido transparente y burbujeante en la mano. Acercó una mesita auxiliar a mamá y dejó la bebida encima—. ¿Seguro que no quieres nada más?
Mamá cogió el vaso y dio un sorbo. Negó con la cabeza.
—Comí en el avión.
Dejó el vaso y se cruzó de manos en el regazo. Había elegido el sillón individual, y Elle vino a sentarse a mi lado.
—No tenía ni idea de que os habíais casado. Tuve que enterarme por Tyler el otro día.
—No estamos... no es... —empezó Elle, pero le puse la mano encima de la suya para que parara.
—Quería liberar el fondo fiduciario. Por eso lo hicimos. Ella estuvo encantada de ayudarme.
—Bien —dijo mamá—. Al menos ahora puedes acceder a tu dinero. Es terrible lo que hizo tu padre. No tenía ni idea de que cuando me pidió que firmara esos papeles, significaba que vosotros tres quedaríais atados a un fideicomiso arcaico.
Esbocé una sonrisa tensa.
—Lo que te ayude a dormir por las noches.
Elle me pellizcó la mano que le sujetaba la suya. Cuando la miré, guardaba silencio, pero su cara decía claramente: «sé amable». No me apetecía, pero Elle tenía razón. Un poco de cortesía probablemente haría que mamá se marchara antes.
—¿Seguro que con un Sprite tienes bastante? —dijo Elle, intentando aligerar la conversación—. Tenemos vino, si lo prefieres.
—Oh, no, cariño, con esto me basta —dijo mamá, rechazando la oferta con un gesto mientras levantaba el vaso —. Estoy intentando reducir el consumo de alcohol. A cero, preferiblemente, y esto me está ayudando mucho.
—Vaya —dijo Elle—. ¿Cuánto tiempo llevas...?
—¿Sobria? Un mes ya. Treinta y dos días y sumando.
—E-eso es maravilloso —dijo Elle, y me dio un codazo en las costillas.
Le dediqué a mamá una sonrisa forzada.
—Es más tiempo que la última vez.
Pretendía ser una puya. Siempre andaba con alguna desintoxicación o entrando en rehabilitación, pero volvía a la botella en cuanto salía. Sin embargo, no se lo tomó como un insulto. Al contrario, asintió con el rostro radiante.
—¡Lo es! Y créeme, pienso en mi botella de jerez constantemente, ¡pero no la he tocado en un mes entero! —Rebuscó en el bolso y sacó una ficha roja—. ¡Me la dieron el viernes en mi reunión de AA!
Elle la cogió y examinó la pequeña ficha con un treinta en el centro de un triángulo y las palabras «unidad», «servicio», «recuperación» en cada lado. «Un día a la vez» estaba escrito en el reverso.
—¡Eso es increíble! —dijo Elle.
Por mucho que quisiera burlarme, el corazón se me llenó de esperanza. Elle me enseñó la moneda, pero no me atreví a tocarla para no volver a engañarme creyendo. Al ver mi resistencia, Elle le devolvió la moneda a su dueña, que la guardó en el bolso.
Nos quedamos en silencio durante un largo e incómodo minuto hasta que Elle dijo:
—Quería darte las gracias por las antigüedades que le enviaste a mi hermana.
—Oh, no seas boba. No fue nada. De todos modos, esas cosas estaban ahí criando polvo. Espero que le den un empujón al negocio de tu familia.
—Se puso muy contenta. No te sorprendas si pronto recibes una carta de agradecimiento.
Mamá levantó el vaso.
—La esperaré con ganas.
Recorrió la sala de estar con la mirada.
—Bonito sitio tienes aquí.
—Puedo enseñarte el resto —dije.
Se le iluminaron los ojos.
—¿En serio?
Su entusiasmo me hizo sentir como un desalmado. Se levantó de inmediato y recorrió el entorno con la mirada.
—Me encanta el rollo académico-industrial que tienes.
Subimos las escaleras. Elle se quedó abajo mientras yo iba delante. El suave taconeo de mamá resonaba en los peldaños mientras me seguía, a un paso de distancia. Llegamos al dormitorio de invitados, lejos de los oídos de Elle. Me detuve y me volví hacia ella.
—Tienes que irte.
Dio un paso vacilante hacia mí y me puso la mano en el pecho.
—Quería ver a mi niño y asegurarme de que está bien.
—¿Y has volado desde Londres? Con una videollamada habría bastado.
Tragó saliva con dificultad. Retiró la mano bruscamente.
—¿Tan malo es que una madre quiera ver a su hijo?
—Nunca te ha importado. ¿Por qué ahora? Y por favor, no me digas que es porque estás con los doce pasos y uno de ellos es expiar tus pecados del pasado o algo así.
Ya estaba negando con la cabeza antes de que terminara la frase.
—No tiene absolutamente nada que ver con eso.
Excepto mi sobriedad, claro. No creo que hubiera podido arrastrarme hasta aquí si estuviera borracha.
—Suspiró y bajó la mirada al suelo; cuando volvió a levantar la cabeza, le brillaban los ojos de lágrimas—.
Sé que he sido una mala madre para todos vosotros.
Especialmente para ti. No estuve ahí cuando me necesitabas.
No estuve ahí para defenderte. Era demasiado débil para enfrentarme a él, y eso no es una excusa, debería haberlo intentado.
Pero ahora estoy aquí. Quiero estar en tu vida, de verdad. No solo en los márgenes.
Mi reacción instintiva fue rechazarla. Echarla de aquí y asegurarme de que no volviera nunca. Pero el niño sentimental que siempre había anhelado a esta madre lloraba por ella en mi interior. Quería que se quedara. Quería verla intentarlo.
—¿Qué quieres exactamente?
Una sonrisa asomó en las comisuras de sus labios. —Quiero pasar el día contigo. Solo hoy, no hace falta que me quede a dormir.
Asentí. Chilló como una niña pequeña. Di un paso adelante, la oí seguirme y seguí mostrándole la casa. Se quedaba un día, nada más.
—Es realmente encantador —dijo cuando bajamos—. Muy tú.
Elle nos esperaba nerviosa, de pie en medio del salón, con las manos pegadas a los costados de los vaqueros. Junto a ella había una maleta que me resultaba familiar. Me volví hacia mi madre.
—Dijiste que me quedaba el día —dijo mamá—. He visto en internet que hay hoteles muy bonitos donde pueden alojarse los padres cuando visitan a sus hijos, por si no puedo quedarme a dormir.
—¿Llevo esto a la habitación de invitados? —preguntó Elle, aunque sonaba más a conclusión inevitable.
Solo había una habitación de invitados, lo que significaba... Quizás tenía su ventaja que mi madre se quedara. —Está bien —dije, con mi mejor tono de resignación—. Puedes quedarte a dormir.
Mamá me dio unas palmaditas en las mejillas. —Muchas gracias, cariño. —Entró en el salón mientras Elle se llevaba la maleta y se plantó frente al televisor en pausa—. ¿Qué estabais viendo? Oooh, ¿es Orgullo y prejuicio ? Matthew Macfadyen está para comérselo en esta.
—No creo que quiera oír lo bueno que te parece alguien, mamá.
Frunció el ceño mientras buscaba dónde sentarse. —Por favor, dime que no he criado a un mojigato.
Elle volvió y se sentó a mi lado. Me rozó el muslo con una sonrisa. Confundido, la miré frunciendo el ceño. Sacó el móvil y, unos segundos después, recibí un mensaje.
Elvy: Esto es bueno. Me encanta que le estés dando una oportunidad a tu madre.
Yo: ¿Estabas escuchando a escondidas?
Elvy: Esta casa tiene eco.
Era mentira, y ella lo sabía. Este lugar casi no tenía eco.
Yo: Ya.
Me recosté y le di al play. Elle había abierto un paquete nuevo de palomitas y había puesto una mesita en el centro con el cuenco encima. Como si supiera que mi madre iba a quedarse.