El pacto matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 27
78%

Capítulo 27

Elvira

LAS COSAS NUNCA volvieron a su cauce después de que regresáramos de Milán.

Nuestra relación había cambiado, y Levi estaba más frío de lo habitual.

El día de la boda no me dirigió la palabra salvo para mostrarse cordial delante de los demás o cuando participaba en conversaciones con otras personas.

Menos mal que estuve con el grupo de chicas tan majas de Thalia, Aire e Ivy, porque si no lo habría pasado fatal.

En el vuelo de regreso, Levi se mantuvo en su sitio mientras yo lo observaba a hurtadillas, preguntándome si debía enfrentarme a él o no.

Parecía inútil hacerlo. Y además, ¿no era él quien estaba equivocado?

Si alguien debía sentirse culpable, era Levi.

Y el hecho de que nuestra distancia no le molestara solo demostraba lo terco que era.

Nada más aterrizar en suelo patrio, recibí una llamada de Grant, mi casero, para decirme que la casa ya estaba lista para volver a ocuparla.

No podía alegrarme más de oír la noticia.

Por mucho que odiara aquel cuchitril, en ese momento me parecía un auténtico santuario.

Al volver, hice las maletas y las llevé a mi casa.

Levi no estaba cuando trasladé mis cosas.

Lo habían convocado a una reunión en la Sociedad MMQ.

Y cuando regresó y vio que faltaban las cosas con mi nombre, preguntó:

—¿Te has vuelto a tu antiguo piso?

Esperaba que dijera algo más, que mi mudanza le afectara de alguna manera. Pero su expresión indiferente dejaba claro que le daba igual lo que yo hiciera.

—Grant ha terminado las reformas.

—No creo que puedas hacer eso —dijo.

El corazón me dio un vuelco de esperanza.

—Seguimos casados, ¿recuerdas? Si no quieres dormir en la misma cama que yo, puedes instalarte en el cuarto de invitados. Y si quieres conservar el piso, yo te pago el alquiler. Al fin y al cabo, soy tu marido.

—Levi...

Pero Levi ya se había ido. Se metió en su estudio, dejándome sola en el salón, con la mirada perdida en la estantería.

Volví a mi piso, cogí algunas cosas imprescindibles y las llevé al cuarto de invitados.

No volví a hablar con Levi en todo el día.

Dormí en mi habitación, y él no vino. Quería que lo hiciera.

Estuve a punto de ir a su cuarto y suplicarle que me dejara dormir con él, pero algo me detuvo en el último momento.

¿Orgullo? ¿Dignidad? ¿Vergüenza? No lo sé. Pero cuando me dormí, solo soñé con él.

Los primeros días tras nuestro regreso, Levi estuvo muy ocupado y trabajó hasta altas horas de la noche.

Casi siempre solo. Ya no me pedía ayuda, lo que me dejó tiempo para dedicarme a mi tesis.

Eso suponía pasar largas jornadas en la biblioteca, investigando textos medievales antiguos que a veces costaba leer por lo deteriorados que estaban.

A veces veía a Levi en la biblioteca. Siempre se quedaba en su escritorio en cuanto me veía.

Habíamos vuelto a comportarnos como extraños.

Y Levi había vuelto a mostrarse distante.

Apenas hablábamos en casa, y cuando lo hacíamos, era sobre cosas triviales como «¿Dónde has puesto el café?

» o «Pásame el kétchup». Y eso cuando comíamos juntos.

A veces él comía solo. Y seguíamos sin dormir juntos.

Casi me había acostumbrado al vacío que se había instalado en nuestra relación.

Curiosamente, eso me facilitaba el trabajo.

Me ayudaba a concentrarme. Y estaba convencida de que conseguíamos engañar a todo el mundo y que creyeran que nuestra relación iba bien, pero Jess se había dado cuenta de que algo fallaba.

Estábamos en la sala de descanso cuando me preguntó qué pasaba entre Levi y yo.

—¿A qué te refieres? —intenté hacerme la tonta, pero Jess era demasiado lista para tragárselo.

—Vosotros dos ya no actuáis, ya sabes —bajó la voz. Había mucha más gente de lo habitual—, como si estuvierais follando.

—¡Jess! —dejé caer la bolsita de té que estaba mojando en mi taza y me volví hacia ella.

Jess levantó las manos en señal de rendición burlona.

—Solo digo lo que veo. Vosotros dos antes estabais todo el rato encima el uno del otro, y ahora...

—¿En serio? —¿Tan evidente era que babeaba por Levi en público, como insinuaba Jess?

—Bueno, sí que mantuvisteis las formas, pero alguien con buen ojo como yo se fija en esas cosas.

—Joder. Me pregunto qué pensarán de mí Thompson y el resto del departamento.

—¿Que sois un matrimonio? ¿Uno que ya no actúa como tal? —se puso seria—. ¿Qué pasa?

No sabía cómo explicárselo. ¿Que nos habíamos distanciado?

¿Que me había puesto celosa? ¿Que me sentía insegura sobre mi lugar en su vida?

¿Que estaba desarrollando sentimientos? Todo era cierto, pero nada parecía una explicación suficiente.

Y antes de que pudiera intentar dar una, noté una presencia a mi lado.

Un aroma familiar que me inundó las fosas nasales y me provocó enfado y tristeza a partes iguales.

—Hola, Wyatt —dijo Jess mientras Wyatt cogía la tetera de agua caliente.

Wyatt la ignoró y me dedicó una sonrisa falsa.

—¿Problemas en el paraíso?

Puse los ojos en blanco. Por supuesto, había estado escuchando nuestra conversación. ¿No podía meterse en sus asuntos y dejarme en paz?

—Mi matrimonio va bien. Gracias por preguntar —no quería pasar más tiempo cerca de él, así que cogí mi taza y le di un codazo a Jess para irnos, pero ella se quedó clavada en el sitio, fulminando a Wyatt con la mirada.

—Mira quién fue a hablar, el infiel —dijo ella.

Wyatt resopló.

—Así que tenía razón. Aunque claro, nunca hubo ningún paraíso, ¿verdad? Todo fue un montaje para que Levi pudiera acceder a su fondo fiduciario.

Cerré los puños y la rabia me nubló la vista al oír su voz repugnante. No sé cómo pude sentirme atraída por él alguna vez. No era el hombre sofisticado que yo creía. Wyatt era un cabrón mezquino que no soportaba que lo hubiera dejado a pesar de que él me había puesto los cuernos.

—Vete a la mierda, Wyatt —dijo Jess.

—Vámonos —le susurré a Jess.

—¿Por qué? —dijo Wyatt con una risita mientras removía los terrones de azúcar que acababa de echar en su té—. ¿Ya no quieres pasar el rato conmigo?

—Eso no es lo que estábamos haciendo —dije.

—Estabas cotilleando nuestra conversación como un fisgón —dijo Jess.

—Solo quería saber si también le estabas poniendo los cuernos a Levi después de lo que me hiciste a mí —dijo, levantando la voz lo suficiente para que varias personas de la sala se volvieran a mirarnos—. Él se merece a alguien mejor.

Varias personas nos estaban mirando ya. Debería haberme mantenido tranquila. Intenté no rebajarme a su nivel, pero cuanto más hablaba, más me enfurecía. Debería haber actuado con civilidad, pero ya no podía aguantar más.

—¡Fuiste tú quien me engañó con mi amiga, imbécil! —grité, y le tiré el té a la cara.