Capítulo 25
Elvira
UNA VEZ QUE LOS HAWTHORNE te aceptan, te tratan prácticamente como a uno más de la familia.
Ivy, Thalia y Aire me llamaban por teléfono con frecuencia.
Y Willow estaba deseando verme en su boda.
Tyler y Sebastian visitaban a Levi de vez en cuando y se quedaban en su casa.
Y aunque Nolan estaba convencido de que nuestro matrimonio era real, a mí me seguía pareciendo una farsa.
Aunque Levi y yo hablábamos prácticamente todo el tiempo, ya no me contaba nada serio.
Era como si se hubiera vuelto a encerrar en su caparazón.
No había pasado nada importante; simplemente se había convertido en una persona diferente después del brunch.
¿O debería decir, en la misma persona que solía conocer?
El señor Caliente-y-Frío había vuelto a ser frío.
Levi y yo vivíamos prácticamente como un matrimonio.
Había trasladado mis cosas a su dormitorio y dormía con él todas las noches, aunque sin sexo.
Cuanto más difícil se volvía descifrar el código, más tenso se ponía él.
Se negaba a hablar del tema, pero yo lo notaba en los músculos rígidos de su cuello y su espalda cuando lo abrazaba por la noche.
No quería hablar de su estrés, y cada vez que intentaba sonsacarle algo, cambiaba de tema.
Yo me acercaba más a él mientras él me apartaba.
Y asistir a esta boda solo me vincularía más a esta familia.
¿Qué pasaría cuando Levi y yo finalmente rompiéramos?
No quería pensar en esa inevitabilidad, así que me concentré en el presente: la boda de Willow y Raine, que se celebraría en la villa de Nolan y Aire a las afueras de Milán.
Era una mansión que Nolan había comprado recientemente, según Thalia, para Aire después de que se quedaran allí una vez.
—Es preciosa —dije cuando llegamos, asombrada por los frescos del techo y los estucos que adornaban las paredes.
Era como si hubiera viajado al siglo XVII mientras paseábamos por la espaciosa villa.
Había señales de restauración reciente. Las pinturas parecían recién restauradas, y no había paredes desconchadas, algo habitual en edificios antiguos como este.
Levi estaba tan asombrado como yo y se detenía de vez en cuando para observar una pintura o un tapiz, siempre con mi mano en la suya.
Le encantaban las muestras públicas de afecto y nunca perdía la oportunidad de cogerme de la mano, la cintura o el brazo.
—Parece que nunca hubieras estado aquí —dije cuando nos detuvimos ante una pintura renacentista.
—No había venido nunca —respondió con los ojos fijos en la pintura—. Es mi primera vez. Nolan la compró hace poco y ha estado renovándola desde entonces.
—¿Es verdad que la compró porque a su mujer le gustó?
Levi me miró. Estaba guapísimo con su camisa blanca y sus chinos beige. El sol que entraba por la ventana le daba un halo que lo hacía parecer uno de los ángeles de los frescos.
—Eso dice la leyenda. Mi hermano... —chasqueó la lengua—. Nunca pensé que lo vería tan pillado.
Me apretó la mano.
—Vamos.
Seguimos al ujier, que iba unos pasos por delante de nosotros con nuestro equipaje.
Nuestras habitaciones tenían vistas al jardín trasero, donde se celebraría la boda.
Habían dispuesto sillas de madera cubiertas con tela blanca y decoradas con flores naranjas y blancas a lo largo de un sendero blanco, frente a un arco floral en blanco y naranja.
La habitación era en realidad una suite espaciosa con la misma decoración que el resto de la villa, además de alfombras mullidas que hacían acogedor aquel espacio de otro modo frío.
Mis ojos se posaron en la gran cama con dosel del dormitorio, y el recuerdo de una cama similar destelló en mi mente.
Levi me miró y nuestras miradas se cruzaron.
Parecía nervioso, y cuando el ujier se marchó, dijo:
—Me gustaría hablar contigo.
—Ya estás hablando conmigo —dije con desenfado, provocándolo.
—Más tarde.
Acortó la distancia entre nosotros y me rodeó la cintura con las manos. Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Tengo... hablaremos más tarde.
—De acuerdo.
Me pregunté a qué se referiría. Miré el hermoso jardín del exterior. Me sentía inquieta después de haber estado sentada en la misma posición durante el vuelo y el trayecto hasta allí.
—¿Quieres dar un paseo? —dije.
Sonrió.
—Claro.
Los jardines eran preciosos. Los habían diseñado a la perfección.
A lo largo de senderos de grava que conducían a fuentes repartidas por los jardines había arbustos cuadrados dispuestos en filas ordenadas.
El césped estaba verde y cortado al ras.
Levi y yo paseamos sin rumbo mientras lo escuchaba contarme la historia de los banqueros de Milán que solían dirigir la ciudad.
—No sabía que también supieras tanto de Italia —dije cuando terminó su historia sobre una familia que intentó sin éxito hacer papa a su hijo y acabó perdiendo toda su influencia—. Pensaba que lo tuyo era la historia medieval inglesa.
—Hubo una época en que estuve obsesionado con el Renacimiento italiano. Hay tanto donde hincar el diente que es imposible no acabar enganchado a esa época.
Suspiré, levanté el rostro y dejé que mi piel absorbiera el cálido sol que se asomaba entre las nubes grises.
—Lo entiendo. Esto es precioso.
—Va a llover pronto —dijo Levi, mirando al cielo. Y como para darle la razón, retumbó un trueno.
—Oh, no. ¿Qué va a pasar con la boda de Willow y Raine en el jardín?
—Con suerte, mañana no lloverá.
El trueno volvió a retumbar, y esta vez lo siguieron unas gotas de lluvia. Y enseguida, un aguacero.
Ya nos habíamos alejado de la casa principal y estábamos cerca de lo que parecía una pequeña cabaña.
—¿Qué es eso? —dije, señalando la encantadora casita. A Levi se le iluminaron los ojos. Me apretó la mano y me arrastró hacia la cabaña.
Los árboles la envolvían, y cuando nos acercamos, me di cuenta de que era más grande de lo que había pensado.
Parecía antigua, al menos por fuera. Las paredes de piedra eran de color beige y estaban cubiertas de verdín.
Las enredaderas trepaban por las paredes y cubrían el tejado plano de tejas onduladas.
Levi probó la puerta de madera y se abrió con facilidad.
Nos apresuramos a entrar justo cuando empezaba a diluviar.
Respiré aliviada de haber escapado de la lluvia, y mientras Levi aseguraba la puerta chirriante, observé lo que nos rodeaba.
El interior era tan bonito como el exterior, pero mucho más moderno.
Las paredes que no tenían la piedra vista estaban pintadas de blanco.
Brillantes baldosas de terracota roja cubrían el suelo, y mis zapatillas chirriaron al caminar.
Cuando vi que estaba dejando huellas de barro, me las quité. Levi hizo lo mismo.
Estábamos en la sala de estar, donde unos sofás de color rojo ladrillo rodeaban una mesa de madera.
—Podemos quedarnos aquí hasta que amaine la lluvia —dije alzando la voz por encima del estruendo del agua golpeando el tejado.
Levi asintió. Seguramente sería lluvia de verano, que pasaría en una o dos horas.
Me adentré en la casa y subí al dormitorio, un piso por encima de la cocina y la sala de estar.
La habitación tenía una única cama de matrimonio con ropa de cama blanca impecable.
—Bonita —dijo Levi, de pie junto a la puerta rústica.
—Es encantadora.
De repente, el ambiente cambió. Era como si estar en aquella habitación cambiara algo entre nosotros.
En un instante, Levi maldijo, acortó la distancia entre nosotros, me tomó la cabeza entre las manos y me besó con fuerza.
Lleno de anhelo y necesidad. Lleno de hambre.
Como cada vez que me besaba, respondí con pasión, mi lengua danzando con la suya mientras lo abrazaba y él me devoraba.
Sus manos recorrieron todo mi cuerpo, palpando, apretando y acariciando cada parte que tocaban.
Como una bestia insaciable enloquecida de lujuria, me besó como si no hubiera un mañana.
Pero algo no estaba bien. No podíamos simplemente volver a hacer esto como si nada hubiera pasado.
Reuní la voluntad necesaria para apartarlo.
Retrocedió, sorprendido, con el deseo aún ardiendo en sus ojos.
—¿Qué?
—Sabes perfectamente a qué me refiero. No puedes besarme como si nada hubiera pasado. Te negaste a tocarme durante semanas y ahora vuelves a besarme. ¿Qué demonios pasa, Levi?
—¿Es tan malo que te desee?
—Antes no me deseabas. Me tratabas como si fuera un fantasma.
Levi suspiró. Bajó la mirada al suelo, con los brazos en jarras y los hombros caídos.
—Quería... cuando te vi con mi familia. Lo bien que encajabas con ellos. Cómo te acogieron sin problemas... algo dentro de mí se asustó.
Murmuró para sí mismo:
—A la mierda. Mejor soltarlo de una vez.
Me miró. Sus ojos reflejaban un torbellino de emociones.
—Entré en pánico porque era exactamente lo que quería. Lo que había esperado en secreto. Te deseo desde hace mucho tiempo, y desde que nos casamos, o mejor dicho, desde que empezamos a ser —hizo comillas con los dedos— amigos con derecho a roce, he querido más que eso.
Se acercó y me tomó de la mano.
—Quiero que seamos más. Tener una relación de verdad y no... lo que sea que estemos haciendo.
Parpadeé. Eso era justo lo que temía que pasara. Que uno de nosotros quisiera que fuera real, pero el otro no. Solo que esta vez parecía haberme equivocado. Él quería una relación de verdad. Quería estar conmigo de verdad.
—Entonces, ¿por qué fuiste tan frío conmigo?
—Porque tenía miedo. Estaba convencido de que me rechazarías. Querías una relación sin ataduras, ¿recuerdas? No podía decirte que quería más y arriesgarme a perderlo todo, pero también sabía que si no hacía nada, solo alargaría la agonía.
—Oh, Levi.
Le acaricié el rostro y lo besé con ternura.
—Yo también quiero que esto sea real. Quiero que seamos de verdad.
Una sonrisa se dibujó lentamente en su rostro.
—¿En serio?
Asentí.