Capítulo 17
Elvira
CUANDO TERMINÓ la película, Levi sugirió cenar.
Tenía hambre, y las palomitas me habían abierto el apetito.
Paseamos por el pequeño pueblo hasta que dimos con un restaurante de aspecto acogedor que parecía casi vacío.
Al entrar, me di cuenta de que estaba vacío, de hecho, y éramos los únicos clientes del local.
—¿Estás seguro de que este es un buen sitio para cenar? —le dije a Levi mientras nos conducían a una mesa en la esquina, tirándole del brazo para retenerlo. Él me dio unas palmaditas en la mano.
—Era el mejor restaurante del pueblo según las reseñas de internet.
Nos sentamos, y cuando el camarero se fue, añadí:
—No deberías fiarte de todo lo que lees en internet —me incliné sobre la mesa—. Podrían ser reseñas falsas —susurré.
Levi se rio.
—¿Qué quieres comer?
Eché un vistazo al menú. Los platos tenían buena pinta, aunque no me fiara de ellos.
—Lo mismo que tú.
Si iba a ponerme mala con su comida, mejor que Levi también. Él era quien nos había arrastrado a un restaurante en quiebra.
—No como marisco, así que igual no te gusta lo que pido.
—¿Por eso elegiste este sitio? He visto que no tienen marisco en la carta.
—Ya te lo he dicho, es el mejor restaurante del pueblo.
—¿La comida es carísima? ¿Por eso está vacío?
Se rio.
Repasé la carta y la dejé sobre la mesa.
—¿Y eso de no comer marisco?
—Soy alérgico.
Interesante. Así que sí tenía su kriptonita. Levi siempre parecía tan invencible; costaba imaginarlo con una debilidad ante algo tan mundano como la comida.
—Más te vale que no lo pongan en la sal sin querer —dije, echando un vistazo al local vacío. Levi volvió a reírse. Al menos le hacía gracia.
Pero cuando llegaron las bebidas, me relajé un poco.
Levi era muy exigente con la comida, y jamás comería en un restaurante sospechoso.
Además, el servicio era excelente. El camarero estaba muy atento y la comida llegó en tiempo récord.
Los platos eran interesantes y variados.
Y me atrevería a decir que deliciosos. Muy deliciosos.
Levi y yo hablamos de todo y de nada, manteniéndonos en terreno seguro y evitando el tema que ninguno quería tocar. Cuando agotamos la conversación intrascendente, nos sumimos en un silencio cómodo.
—¿Levi?
Íbamos por el cuarto plato cuando decidí abordar el tema.
—¿Hm? —levantó la vista del plato, quedándose inmóvil con el cuchillo a medio cortar el filete.
—Gracias por traerme aquí.
—No es nada. Sabía que no te apetecería pasar el rato con Thompson y su grupo.
—A mí no me habría importado, la verdad. Pero a ti sí. Después del viaje en jet privado, no sé si te has dado cuenta, pero te miran como si sudaras dinero por los poros. Que en cierto modo es así, pero no sé cómo habrías aguantado a diez personas vendiéndote sus proyectos de investigación.
Resopló.
—Cualquiera diría que la mayoría acaban de enterarse de que vengo de familia con dinero. ¿Me imagino que ya te ha tocado aguantar algo?
Di un sorbo a mi copa.
—Ni te lo imaginas. Patty quería que te hablara bien de ella.
—Ah.
—Quiere trabajar en Göbekli Tepe y está buscando financiación.
—¿Qué opinas tú?
—¿Quieres saber mi opinión? —me sorprendió que le importara.
Asintió.
—Parece un buen proyecto. Si la universidad es la primera en hacer un descubrimiento en el nuevo yacimiento, sería todo un logro. Además, creo que catapultaría a Patty a la fama. Pero lo poco que sé del proyecto me lo ha contado Jess. Han trabajado juntas antes.
Levi asintió.
—Me lo pensaré.
—¡No te fíes solo de lo que yo diga! Es que, ya sabes, vino a pedirme que hablara contigo.
—Cuenta con tu visto bueno.
Puse los ojos en blanco.
—Si acabas pagándole unas vacaciones de lujo, no me eches la culpa. ¿Y tu proyecto qué tal? ¿Algo nuevo?
Negó con la cabeza.
—Seguimos intentando escanear y digitalizar todas las cartas cifradas para poder descifrarlas sin dañar los documentos.
—¿Y no habéis encontrado ninguna clave? —la mayoría de las cartas cifradas de esa época incluían una clave en al menos una de ellas.
Normalmente era más una pista que una clave propiamente dicha.
Pero que no hubieran encontrado ninguna significaba que la información probablemente era muy importante.
Se me aceleró el pulso—. Esto podría ser importante. Quizá Beth tenía razón.
Sonrió con suficiencia.
—Yo no me haría ilusiones. Esa mujer está un poco chiflada.
—¡Qué dices! Me cae bien.
—Eso es porque no la has oído hablar de esas cartas. Cree que hay una prueba irrefutable escondida en el código.
Me encogí de hombros.
—Quién sabe.
Fuimos a una cata de vinos al salir del restaurante.
Fue entonces cuando supe que lo había planeado todo.
La vinoteca resultó estar abierta aunque cerraban a las siete.
Y resultó que admitieron a dos personas más justo antes de cerrar.
Una mujer de mediana edad con aspecto afable nos condujo a una mesa de madera reluciente para dos.
Las sillas de madera no eran tan incómodas como había imaginado.
La mujer volvió con una botella de vino blanco, nos contó brevemente de dónde procedían las uvas, sirvió dos copas y nos dejó solos.
—¿Me vas a decir que diste con este sitio por casualidad mientras paseábamos?
—dije mientras mi mirada recorría el local, fijándome en la pared de ladrillo visto.
Los barriles de vino se alineaban junto a las paredes, y en un bar en la esquina había un camarero secando copas—.
Han puesto el cartel de cerrado después de que entráramos.
—Hemos tenido suerte, supongo.
Apartó la mirada.
—Mucha suerte. Tanta suerte que el cine justo estaba poniendo mi película favorita aunque tenían previsto poner un western. Tanta suerte que no paramos de encontrar buenos restaurantes y bodegas que casualmente no tienen ni un cliente en una noche de mucho movimiento.
—Vale, me pillaste. Solo quería una noche a solas.
Entrecerré los ojos.
—¿Levi? ¿Qué estamos haciendo?
—Bebiendo vino. —Alzó la copa.
—Ya sabes a qué me refiero.
Dejó la copa.
—¿Tan malo es que un hombre saque a cenar a su mujer?
—¿En serio? —Me puse en guardia—. ¿Eso es lo que es?
—Es lo que tú quieras que sea.
Dejé el tema y probamos unos cuantos vinos más.
Todos bailaban en el paladar, y cuando mostré interés en uno, Levi se ofreció a comprarlo.
Pensé que costaría unas decenas de dólares.
Cientos, si era caro. Así que imaginad mi sorpresa cuando la amable señora mencionó una cifra de miles.
Me quedé demasiado atónita para decir nada mientras Levi pasaba la tarjeta como si estuviera comprando un par de calcetines.
Volvimos a salir a las concurridas calles del pueblo; el viento frío me golpeó las mejillas en cuanto pisé la acera.
La cálida luz de las farolas, combinada con las estrellas en el cielo despejado, creaba un ambiente romántico, lo último que habría esperado de aquel pueblo de recreaciones de la Guerra Civil y tours paranormales.
—No tenías que comprarlo —dije mientras sujetaba la botella de vino.
Intenté ignorar el leve roce de su mano en la parte baja de mi espalda, algo a lo que ya debería haberme acostumbrado.
Pero mi cuerpo era plenamente consciente de cada punto donde me tocaban sus dedos, incluso con el más mínimo contacto.
La suave tela de mi vestido blanco era una barrera endeble.
Un calor que no tenía nada que ver con el vino se extendió por mi cuerpo.
—Lo querías. —Levi habló mirando al frente, con total despreocupación, como si fuera lo más natural del mundo.
—¿Así que lo conseguí?
Asintió.
—¿Y si es falso? ¿Y si has comprado una botella de vino falsa?
—Pues beberemos vino falso con un sabor estupendo de la bodega de George Washington.
—¿Eso es siquiera real? ¿George Washington tenía una bodega?
—Tendremos que preguntarle a Thompson.
Paseamos en silencio durante unas manzanas.
—Eres un hombre peculiar. —Pensé en el cine y en lo que había dicho aquel hombre—. ¿Y todas las coincidencias?
Levi se tensó.
—¿Qué pasa con ellas?
—¿Tuvieron algo que ver con…? —No sabía qué decir. ¿Que él las había provocado? Eso era lo que quería preguntar, pero me parecía demasiado narcisista. Así que me lancé de todos modos—. ¿Planeaste esta noche, sí o no?
Nos detuvimos en una esquina. El semáforo estaba en verde, pero ninguno hizo ademán de cruzar.
—¿Que si hice reservas en restaurantes y compré entradas de cine? Pues sí.
—Dios mío. ¿Hiciste todo eso? Pagaste para que cambiaran la película. ¿También pagaste al restaurante por una cena privada? —Levi apretó los dientes y la mandíbula se le tensó, delatándolo—. ¡Claro que lo hiciste! ¿Cuánto costó?
Suspiró.
—¿Importa?
Me giré para mirarlo; él me rodeó la cintura con el brazo, envolviéndome a medias.
—¿Por qué haces esto?
—Hoy es tu cumpleaños, ¿no?
Los latidos de mi corazón retumbaron hasta que apenas podía oír nada más.
—¿Cómo lo supiste?
—Trabajamos juntos. Claro que lo sabía. Pero también sé —su otro brazo me rodeó la cintura— que no lo celebras. Quería hacer algo especial sin que te dieras cuenta, pero eres demasiado lista para…
No terminó la frase. Lo besé en medio de aquella calle llena de gente.