Capítulo 12
Elvira
LA MADRE DE LEVI no era en absoluto lo que esperaba.
La mujer con la que había hablado unas cuantas veces por teléfono, y de la que apenas sabía nada salvo los escasos detalles que Levi había dejado caer con el tiempo, no se parecía en nada a la que estaba sentada frente a mí en el gran comedor de Redwood Hall.
No era tan superficial como pensaba, y la relación con su hijo era lo más fascinante de todo.
Aunque ella intentaba mostrarse comunicativa, su hijo no estaba por la labor. Levi era frío con ella.
—¿Qué tal el trabajo? —había preguntado, una variación de la misma pregunta que ya había hecho un par de veces, y obtuvo la misma respuesta por tercera vez.
—Bien.
—Debe de ser un trabajo muy exigente. Dar clases a universitarios.
—No es solo eso, mamá.
Levi alargó la mano hacia el cuenco de patatas y se sirvió un par.
—¿Y dijiste que trabajáis juntos? —me preguntó Rebecca esta vez, al darse cuenta de que sacarle información a su hijo era como intentar sacarle las palabras con sacacorchos.
—Trabajamos en el mismo departamento, sí.
Levi y yo habíamos acordado mantener la farsa de ser novios ante su madre, a lo que finalmente accedí porque ¿cómo íbamos a explicar el beso?
Ni siquiera podía explicármelo a mí misma.
Un momento estábamos hablando de historia, y al siguiente, me estaba abalanzando sobre él.
Ni siquiera puedo culparlo esta vez; fui yo quien lo besó.
—¿Y tú también eres profesora de historia?
—Soy ayudante de cátedra. Ahora mismo estoy haciendo el doctorado.
Se le iluminó el rostro.
—Oh, vaya. ¿Sobre qué trata?
—Africanos en la Europa medieval. Es un estudio de sus vidas y del impacto que tuvieron en la cultura europea.
—Qué novia más inteligente tienes.
—Sí, es muy inteligente —dijo Levi con cariño.
De no haber sabido que estábamos fingiendo, me habría creído que era sincero.
—Levi siempre estaba enfrascado en algún libro cuando era pequeño —trinó Rebecca—. Obsesionado con la historia. No me sorprendió cuando se dedicó al mundo académico. Sabía muchísimo de todo.
Rebecca parecía orgullosa de su hijo, pero Levi o no se daba cuenta o no quería recibir elogios.
—¿Qué te atrajo a este campo, Elvira? —añadió.
—No lo sé. Mis padres tenían una casa de empeños, y estar rodeada de antigüedades despertó mi curiosidad.
—Fascinante.
Miró a Levi, pero él comía en silencio, como si no formara parte de la conversación.
Rebecca pronto desistió de la charla intrascendente, y terminamos de cenar en silencio.
Después, nos invitó al salón a tomar una copa.
Levi se quedó en el comedor para atender una llamada.
Seguí a Rebecca hasta una habitación con un precioso papel pintado de seda turquesa de estilo georgiano.
Hacía juego con la tapicería de las sillas y el diván, también georgianos.
Incluso las mesas de juego eran de la misma época.
El toque final lo daba una enorme araña de cristal en el centro de la habitación.
De las paredes colgaban retratos de distintos tamaños que mostraban hombres y mujeres de diversas épocas.
Algunos se parecían vagamente a Rebecca y Levi.
Era como si me hubiera perdido en el tiempo.
—Esta habitación es preciosa, como toda tu casa.
Rebecca miró por encima del hombro.
—Gracias. Podríamos renovar las habitaciones que no están abiertas al público, pero me gusta el estilo y solo hago reformas para conservarlo.
Se acercó a un pequeño mueble bar en la esquina y sirvió dos copas. Me entregó una llena hasta el borde de un líquido rojo oscuro, y la seguí hasta el diván. Me senté y di un sorbo. Jerez. Bastante bueno, aunque no era mi bebida favorita.
—Eres la primera mujer que Levi trae a casa —dijo, dándome una palmadita en la rodilla.
Casi solté una carcajada.
—Eso no puede ser verdad.
—¡Lo es! Levi es un hombre reservado. Ya de niño era reservado. Rara vez hablaba cuando era pequeño; llegué a pensar que podría ser corto. Pero resultó ser todo lo contrario. Es muy reflexivo.
Asentí. Levi se lo guardaba todo para sí. A veces era difícil sacarle algo, dado lo reservado que era.
—Debe de tener algo que ver con mi matrimonio con su padre.
Cuando respondí con cara de no entender, añadió:
—El retraimiento. Su forma de ser ahora. Nunca me perdonó por no estar ahí cuando era pequeño. Pero yo era joven y estúpida y pensaba que hacer lo que su padre quisiera me ayudaría a retenerlo. Fui tan estúpida.
Suspiró y le dio un buen trago al jerez.
—Quería aferrarme a un hombre tóxico y arruiné a todos mis chicos en el proceso.
—Levi es…
Intenté buscar las palabras adecuadas. «Bien» no era la palabra correcta. Era obsesivo, para lo bueno y para lo malo. Introspectivo y a veces desdeñoso.
—Levi es un gran tipo. Le fue bien en la vida.
Me acarició la rodilla de nuevo.
—Claro, eso dirías tú. Eres su novia.
Apuró el resto del jerez, se levantó y se rellenó la copa. Quizás una copa más grande habría sido mejor que las pequeñas de las que estábamos bebiendo. Se bebió un cuarto de un trago mientras volvía al asiento.
—Pero créeme, ese chico puede ser muy frío si cree que lo has traicionado. Madre mía. Vivo en plena Siberia.
—Eso no es verdad. Te quiere.
Aunque había visto la frialdad de primera mano, intenté llevar la conversación hacia un tema ligeramente diferente, y con suerte más seguro.
—¿Cómo conociste al padre de Levi?
Suspiró.
—Era su secretaria. Qué aburrido y qué cliché.
Y él ya estaba casado, para más inri. Pero entonces su segunda esposa murió y quedó libre para casarse conmigo.
Yo era joven y tonta y acababa de llegar de Londres a Nueva York.
Pensaba que conocía el mundo, pero era tan ingenua… y creo que él se aprovechó de eso.
No sé por qué pensé que ese sería el tema más seguro. Parecía una romántica; no esperaba que la cosa se pusiera tan intensa tan rápido.
—Al menos tuve tres hijos encantadores con él. Mis chicos, Levi, Sebastian y Tyler, son lo mejor de mí.
Dio un sorbo a su copa.
—Lo único bueno de mí.
Parecía una buena madre. Imperfecta, pero que lo intentaba. Lo que hacía la actitud de Levi hacia ella aún más misteriosa.
—Eso no puede ser verdad.
Me acarició la mejilla.
—Eres demasiado amable. Espero que te quedes. Necesita una buena mujer en su vida.
Le dio otro buen trago a la copa.
—Desde luego, yo no lo fui.
No supe qué más decir, así que busqué desesperadamente un cambio de tema.
—Entonces, ¿vives aquí?
—Dios, no. Pero me encanta.
Su mirada recorrió la habitación.
—Es tranquilo y me permite pensar. Las Navidades aquí son encantadoras.
Alargó la palabra «encantadoras».
—Más te vale venir este año.
—¿Me estás invitando?
—Por supuesto. Odio ser la única chica en una habitación llena de chicos. Los otros dos nunca traen a sus novias, por mucho que les insista.
Se rio y yo también. En ese momento, las puertas dobles se abrieron de golpe y entró Levi.
—Mamá. Nos vamos —anunció.
Un ceño fruncido pugnó por abrirse paso en sus rasgos congelados.
—¡No! No podéis iros ahora.
—Tenemos que irnos ya —dijo Levi, consultando su reloj.
Rebecca se levantó.
—¿No habéis venido en el jet?
—Sí.
Levi recorrió la habitación con la mirada, reparando en nuestras copas, y frunció el ceño al posarla en su madre, ya medio borracha.
—¿Y?
Rebecca dio un sorbo a su copa.
—Diles que os quedáis otra noche.
Levi parecía a punto de negarse, y Rebecca se encogió. Daba tanta pena. Me entraron ganas de ponerme de su parte.
—Yo quiero quedarme —dije.
El cambio en el rostro de Levi fue casi cómico. Era evidente que no quería estar allí ni un minuto más. Se lo tenía merecido por ser un imbécil con su madre.
—Me encanta el jerez —añadí, alzando mi copa.
Rebecca alzó la suya también, y el vino salpicó y se derramó sobre la tela.
—¡Bien! ¡Ya tengo vuestra habitación preparada!
◆◆◆
—¡Vamos a dormir en la misma habitación!
—exclamé en cuanto se cerró la puerta de los aposentos de Levi, como los había llamado su madre.
Llevaba el camisón y el neceser que me había dado apretados contra el pecho.
Un escudo endeble contra los pensamientos atrevidos que se negaban a abandonar mi mente ante la idea de pasar la noche en la misma habitación que Levi.
Mejor dicho, en la misma maldita cama. Porque solo había una.
No había nada más donde dormir salvo el suelo, y debía de estar helado.
Las sillas de la zona de estar eran sillas de comedor. Imposible pegar ojo en ellas.
—Tú fuiste la que quiso quedarse.
Levi no parecía molesto en absoluto. Es más, ya no estaba enfadado por tener que pasar más tiempo bajo el mismo techo que su madre y ahora parecía estar disfrutándolo.
—Y yo que pensaba que, estando en un maldito castillo, tendría una habitación para mí sola.
—Mi madre cree que estamos saliendo. ¿Por qué iba a darnos habitaciones separadas?
Quise decirle que algunos padres no permiten que las parejas de sus hijos duerman en la misma habitación, pero el argumento no venía a cuento.
Posé la mirada en la cama con dosel eduardiana que había estado evitando.
Parecía lo bastante grande para cuatro personas.
Una cama de matrimonio de las de verdad.
—Me pido la cama. No pienso dormir en el suelo.
Él soltó una risita.
—Yo tampoco.
—¡No podemos dormir en la misma cama!
—¿De qué tienes miedo? ¿De que te ataque en mitad de la noche?
—No. Sí. No me fío de ti.
Esta vez se rio abiertamente. Desapareció por una puerta y volvió con tres almohadas que lanzó sobre la cama. Se fue de nuevo y regresó con dos más que añadió al montón.
—Ponlas en el medio y voilà. Dos camas.
Desapareció por otra puerta que daba a un vestidor.
Me cambié rápidamente y me puse el camisón que me había dado la madre de Levi.
Para cuando Levi volvió, ya estaba acurrucada en mi lado de la cama, con las almohadas como barrera.
Las sábanas estaban limpias y olían a rocío matutino.
Ese tenue aroma que me recordaba a Levi era algo a lo que poco a poco me iba acostumbrando.
Acababa de apoyar la cabeza en la almohada cuando él apareció con un pijama de seda parecido a mi camisón, y el corazón me dio un vuelco.
No había nada especial en lo que llevaba puesto.
Pero como nunca lo había visto así, en un contexto tan íntimo, era como si estuviera descubriendo otra faceta de Levi.
Menos profesor estirado y más ser humano.
Un ser humano atractivo y sexy que se metía en la cama para dormir a mi lado.
Conciliar el sueño iba a ser difícil, ¿verdad?
Mierda. Quizá debería haber elegido el suelo.