Capítulo 1
Elvira
Unos meses antes
MIRÉ EL RELOJ. Iba con retraso. Seguía hablando de reyes muertos y nobles engreídos.
Se tomó su tiempo explicando los detalles de un documento antiguo.
Pero cuando miré alrededor del auditorio, no vi a ningún estudiante aburrido.
Al contrario, todos estaban concentrados en la pantalla.
Había logrado lo imposible, como siempre.
Levi Hawthorne, un maestro de la palabra con una habilidad incomparable, mantenía hechizado a cada estudiante del auditorio, incluida yo.
El hombre que teníamos delante captaba toda nuestra atención.
Estaba dando una clase sobre el rey Juan, uno de los peores reyes Plantagenet.
Al rey Juan lo obligaron a firmar la Carta Magna.
Levi había convertido un tema aburrido y soporífero en una historia apasionante de intriga política, rebelión y derechos humanos.
Pero nada de eso me importaba. Tenía una cena pendiente, y el profesor Hawthorne iba jodidamente retrasado.
Me pregunté de qué iría la cena. Wyatt solo había dicho «salgamos esta noche», pero intuí que podría ser importante.
No quería gafarlo dando por hecho que me pediría matrimonio, pero mi corazón no podía evitar adelantarse a esa conclusión.
—Dios mío.
El susurro me sobresaltó y me giré para ver a Jess de pie en el pasillo.
Se deslizó en un asiento vacío junto a mí; su falda amarilla de pliegues marcados crujía al moverse.
Su blusa de seda azul combinaba bien con la falda.
Sin embargo, las gafas moradas de ojo de gato la hacían parecer mayor de lo que era.
El estilo de Jess era único. Chic de segunda mano, como lo había llamado una vez mi compañera de piso Billie.
Lo había dicho con desprecio, pero a mí me parecía adorable.
—¿Cómo lo hace? —susurró Jess—. No consigo que esta generación, con la capacidad de atención de un pez, me escuche. Y míralos. Están embobados, viendo imágenes aburridas de tapices descoloridos como si fuera una película de superhéroes.
—Cuidado. Es mi PowerPoint el que estás criticando.
—No lo estoy criticando —arrulló—. Es un PowerPoint estupendo. El mejor PowerPoint que he visto en mi vida. No me extraña que se haya vuelto viral. ¿Sabías que una de sus clases tiene ya un millón de visitas?
—Es un don —dije, respondiendo a su pregunta anterior.
—Esos preciosos ojos grises y esa mandíbula tampoco perjudican —suspiró Jess. Volví a prestar atención a la clase justo cuando Levi apagó el proyector, encendió las luces y pidió preguntas al público. Un estudiante en la primera fila preguntó algo que no llegué a oír.
—Bueno, si hubieras estado escuchando lo que decía, Chester, habrías oído mi opinión al respecto.
La respuesta mordaz de Levi no pasó desapercibida. Risitas ahogadas resonaron por el auditorio.
—Y entonces va y se pone borde —le susurré a Jess.
—Aun así me lo tiraba.
Puse los ojos en blanco.
—¿Cómo lo haces? —suspiró Jess, apoyando la barbilla en la palma de la mano mientras se inclinaba hacia delante y Levi respondía otra pregunta—. ¿Cómo trabajas con un hombre tan atractivo y no intentas llevártelo a la cama todos los días?
Eso era porque yo sabía lo irritante que podía llegar a ser.
Ser la ayudante de Levi no era apto para pusilánimes.
Muchos aceptaron el trabajo pensando que sería una buena forma de iniciar sus carreras académicas.
Y como escuderos ingenuos, ninguno duró más de unos meses.
Se marcharon marcados, aturdidos y destrozados.
La única ayudante que había llegado a los dos años sin renunciar era yo. Y odiaba mi trabajo.
—No necesito hacer nada. Tengo novio, ¿recuerdas?
Jess asintió sin darle importancia, y entonces abrió los ojos como platos.
—Hablando de eso, me he enterado de que tienes una cena esta noche. ¿Crees que por fin va a...?
Agitó el dedo anular.
—¿Quién te ha dicho que Wyatt y yo vamos a salir esta noche?
—Billie.
Suspiré.
—¿Es que no hay secretos en este departamento?
Jess negó con la cabeza.
—Somos historiadores. Nos encanta el cotilleo.
Le envié un mensaje a Wyatt.
Yo: ¿Le contaste a Billie lo de nuestra cena?
No esperaba que respondiera de inmediato. Normalmente tardaba una eternidad en contestarme, aunque apenas apartaba los ojos del móvil.
Wyatt: Había algo que quería preguntarle, así que tuve que contárselo. ¿Hice mal?
Cuando estaba a punto de responder con un «no», Jess soltó un grito ahogado.
—Ay, seguro que te va a pedir matrimonio.
Alejé el móvil de su cara de un tirón.
—¡Privacidad! —exclamé entre dientes.
Articuló «lo siento» con una sonrisa bailándole en los labios. Cuando estaba a punto de enviar el mensaje a Wyatt, llegó otro.
Jess: Me alegro muchísimo por ti. No lo has oído de mí, pero por lo visto Billie vio a tu chico en una joyería mirando cositas.
El corazón me dio un vuelco de alegría, junto con otro sentimiento inquietante. Aprensión. Lo ignoré. Las cosas iban bien. Wyatt y yo habíamos estado distantes últimamente, pero debía de ser por nuestros horarios. Él estaba ocupado, y yo también. Teníamos poco tiempo para estar juntos.
Yo: ¡Va a tener gracia cuando el regalo resulte ser unos pendientes!
Jess: No lo es.
Añadió un GIF de Beyoncé haciendo el baile de «Single Ladies».
Contuve una carcajada y guardé el móvil. Miré a Jess, que observaba a Levi como si le importara lo que decía, pero yo sabía que no. Estaba hipnotizada por él, olvidando que era una mujer casada y bien casada.
—¿Por qué no te cae bien? —preguntó Jess. No necesitaba preguntar a quién se refería.
—Él me odia. Solo le devuelvo el favor.
Frunció el ceño y giró la cabeza para mirarme.
—¡No! ¡Él no te odia!
Habló tan alto que Levi dejó de hablar y su mirada se clavó en nosotras; una mueca de disgusto le ensombreció el rostro al ver quién había interrumpido su hilo de pensamiento.
Fue Jess quien había hablado, pero su mirada se centró en mí, como si yo fuera la culpable.
Se me encendieron las mejillas. Una reacción contradictoria en aquella sala tan fría.
No pude apartarme de su mirada cautivadora y permanecí inmóvil, como una presa ante un depredador.
Jess se encogió.
—Lo siento —articuló, y él retomó la clase. Había roto su regla cardinal: silencio o destierro.
—¿Ves? Siempre piensa que soy yo la que está equivocada. —Jess parecía a punto de rebatirme, pero pregunté—: ¿Y qué haces tú aquí?
—Necesito hablar con él. Con suerte, me dará una carta de recomendación para cuando solicite plaza en Yale.
—¿Yale? —Jess llevaba trabajando aquí más o menos desde que yo llegué y, que yo supiera, quería seguir haciéndolo.
—Vaya, no te lo había contado. Estuve en la Feria Renacentista la semana pasada y ligué con un tipo que resultó ser profesor de Yale.
Tienen una vacante en su departamento de historia y quiere que solicite el puesto.
Tendré un trabajo fijo con todas las prestaciones.
Nada de esta mierda de ser profesora adjunta.
Parpadeé, sorprendida por su descaro. Jess no era de las que engañaban a su pareja, y mucho menos de las que tenían rollos de una noche en convenciones. —¿Estás solicitando un trabajo que conseguiste acostándote con un tío?
Frunció el ceño. —No me acosté con él. ¿Qué quieres decir?
—Sabes lo que significa «ligar», ¿verdad?
—Mierda. —Se dio una palmada en la frente—. Quiero decir, coincidir. Conectar. Nos pusimos a hablar y nos hicimos amigos. No acostarme con él, Dios mío. ¿Quién te crees que soy?
Reprimí una risita. —Tenía que preguntarlo.
La tendencia de Jess a usar mal el lenguaje coloquial hacía que fuera divertido estar con ella.
Nos hicimos amigas cuando envió un correo masivo a sus estudiantes diciéndoles que debían asegurarse de que sus trabajos estuvieran «presionados» cuando los entregaran.
Quería decir que estuvieran bien hechos.
Pero cuando sus estudiantes respondieron con emojis de risa, me preguntó a mí, la única mujer negra del profesorado de menos de cuarenta años, por qué.
Se quedó tan avergonzada cuando le expliqué lo que significa «pressed» en AAVE que nunca volvió a usarlo.
Pero eso no significaba que otros términos de argot se libraran de sus destrozos.
Otra estudiante le hizo a Levi una pregunta que me llamó la atención.
Una joven con flequillo castaño y mechas rojas en el pelo preguntó: —En su libro, Blanco contra Rojo , usted dice que Ricardo III mató a los príncipes en la torre.
¿Qué opina de las nuevas pruebas que demuestran que uno de ellos fue asesinado por Margarita Beaufort y el otro sobrevivió?
—No podía verle la cara, pero se le notaba la sonrisa burlona en la voz. Oh, no. Esto iba a acabar mal.
—Bueno, lo que pienso es que eso es una mierda —dijo Levi.
Risas nerviosas recorrieron el aula.
La chica se cruzó de brazos. —Entonces, ¿cree que deberíamos descartar las pruebas basándonos en qué? ¿En que no le gusta que contradigan su teoría, o en que fue una mujer quien las propuso?
Oh, no. No, no, no, no.
Levi arqueó las cejas. —Habría pensado que una feminista como usted no se tomaría tan en serio las teorías de un club de fans de un rey medieval problemático.
Culpar a una mujer que apenas tenía motivo, medios u oportunidad de cometer un crimen tan atroz es absurdo.
El rey, en cambio, tenía todas las razones para querer que desaparecieran y es un sospechoso mucho más sólido.
A la chica le tembló ligeramente la voz. —No puede seguir creyendo que Ricardo tuvo algo que ver con...
—No necesito creerlo. Muéstreme pruebas reales y lo creeré.
Resopló. —No me extraña que lo humillaran.
—Salga de mi clase. —Su voz era fría como el hielo.
La chica no se movió. La sala estaba tan silenciosa que se habría oído el vuelo de una mosca. De nuevo, la chica estaba de espaldas a mí y, francamente, a toda la clase, pero se había quedado tan quieta que solo podía imaginar la conmoción en su rostro.