34
La casa los recibió con el mismo silencio que la primera vez, pero más denso. El salón estaba en penumbra. Las cortinas, de lino claro, dejaban pasar una luz tamizada que hacía brillar el polvo en suspensión. No había música, ni televisión, solo el tic-tac apagado de un reloj antiguo en la pared.
La mujer estaba sentada en un sillón junto a la ventana, arropada con una manta de lana hasta la cintura.
Un pañuelo azul oscuro le cubría la cabeza, anudado en la nuca.
La piel, muy pálida, dejaba ver las venas en el dorso de las manos.
Había un vaso de agua y dos blísteres de pastillas sobre la mesita auxiliar.
—Pasen, por favor —dijo, con una voz suave.
Nora y Lobo se acercaron despacio.
—Señora Ortig… —empezó Lobo.
—Carmen —lo interrumpió ella, con una media sonrisa—, Si vamos a hablar de Ignacio, mejor que me llame Carmen. Lo de “señora Ortigosa” se lo dejamos a los periódicos.
Les indicó los dos butacones frente a ella. Nora se sentó despacio. Notó de nuevo esa náusea que no terminaba de irse desde la curva. Se obligó a respirar hondo por la nariz, despacio. Miró a la mujer. Había tristeza, sí. Pero también una especie de alerta en los ojos
—Juan les pide disculpas —dijo Carmen, entrelazando los dedos sobre la manta—. Hoy no… —buscó las palabras—. Hoy no está para visitas. La muerte de su padre, pero sobre todo la votación para nombrar a Isabel Medina presidenta ejecutiva, le ha disparado la hiperacusia .
Nora levantó la cabeza, apenas un arqueo de ceja y un destello en la mirada.
—Veo que ese nombre no les resulta indiferente.
—Sabemos que el Consejo la ha propuesto para la presidencia. No que ya hubieran votado.
Carmen se recolocó la manta sobre las rodillas, como si necesitara ganar unos segundos.
—La hubo —asintió—. Ayer. En el convento ése que han convertido en sede del Consejo. Los señores de Luxemburgo, los de Suiza, los de la pantalla. Todos muy convencidos de lo que era “mejor para Terra Nova”.
Se aclaró la garganta.
—Juan fue el único que votó en contra —añadió—.
Diez por ciento de nada. Una mano levantada contra tres.
Cuando salió de allí se vino directo a casa, subió a su cuarto y se puso los cascos para amortiguar al mundo —la mujer se mordió el labio—.
Mi hijo no soporta a esa mujer. Nunca la ha soportado.
La ve por lo que es, una persona en busca de poder, y de las que pasan por encima de quien haga falta para conseguirlo.
Si para escalar tiene que usar el cadáver de mi marido como peldaño, lo hará, y sin mancharse los zapatos —añadió, con una dureza que contrastaba con su aspecto frágil—.
Y Juan tiene que ver cómo los mismos que le dieron la mano a su padre se la ponen a ella delante de las narices.
Lobo jugó un momento con el borde del bastón.
—¿Ignacio qué opinaba de Isabel? —preguntó—. Más allá de lo que dijera en público.
Carmen desvió la mirada hacia la ventana. La luz le perfiló las ojeras.
—En público decía lo que tocaba. Que era brillante, que tenía olfato para los negocios, que sabía moverse en Madrid. Lo típico —resumió—. En privado, no se fiaba de ella .
—¿Y Juan? —preguntó Nora.
—Juan la considera peligrosa —continuó—.
Y no porque no sepa dirigir una empresa; en eso, por desgracia, es muy buena.
Lo que le asusta es que para ella no hay personas, hay posiciones, fichas que se mueven si conviene.
Y mi hijo, con lo que tiene encima, con la cabeza como un tambor, no soporta sentarse en una sala donde Isabel habla de “estabilidad del grupo” y “continuidad” como si mi marido, el fundador de todo esto, fuera apenas un error de redacción en un informe.
—Juan nos dijo que solía discutir con su padre.
—Ignacio quería lo mejor para su hijo —dijo—.
De verdad. A su manera, claro. Para él, “lo mejor” era dejarle un imperio de contratos y hormigón, algo sólido que pudiera sostenerlo cuando faltáramos.
Le hacía ilusión la idea de que Juan quisiera seguir con el grupo.
Lo decía sin decirlo. “El niño es listo. Algún día se cansará de tanta teoría y querrá mandar de verdad”.
—¿Y Juan? —preguntó Lobo.
—Para Juan, Terra Nova es una máquina —respondió Carmen—. Una máquina que hace dinero y ruido y que, si hace falta, pasa por encima de la gente. Respeta lo que su padre levantó, no es un inconsciente, pero no se ve ahí.
Se le humedecieron los ojos, pero aguantó.
—Una noche, hará unos meses, los escuché desde aquí mismo —añadió—.
Ignacio le soltó. “Si no tomas las riendas tú, las tomará otro, y entonces vendrán a preguntarte por qué dejaste que tu apellido acabara en manos de cualquiera”.
Juan, muy tranquilo, le respondió. “Prefiero que nuestro apellido se pierda sin hacer ruido a que quede ligado a cosas de las que me avergonzaría, papá”.
Lobo frunció el ceño.
—¿Llegó su marido a hablar de dejarlo? —preguntó—. ¿De vender, de apartarse ?
Carmen asintió despacio.
—Sí. No delante de Juan, pero conmigo sí —dijo—.
Sobre todo, desde que empecé con el tratamiento.
Mi cáncer le cambió la perspectiva. De repente, el tiempo se volvió otra cosa.
Me dijo más de una vez, “Si esto se complica, lo vendemos. Que se queden ellos con la guerra y que al niño le llegue limpio, aunque sea menos”.
—¿Juan sabe que su padre pensaba vender? —preguntó Lobo.
Carmen negó con la cabeza.
—No así —respondió—. Intuía cosas. Juan es muy observador.
Sabía que algo se movía, que había tensión con los socios.
Pero lo que Ignacio me dijo a mí, eso nunca llegué a contárselo.
Pensé que habría tiempo. Que primero había que ganar al cáncer, luego ordenar papeles, luego…
—se encogió de hombros—. Ya ve cuánto tiempo tuvimos.
—¿Notó a Ignacio diferente los últimos días?
Ella se quedó pensativa.
—Sí, estaba distinto, más nervioso. Menos seguro de que el futuro de Juan tuviera que pasar por la empresa.
Más preocupado por las cuentas morales que le iba a dejar, no solo por las económicas.
Hubo una noche en que me dijo, “Igual la mejor herencia que puedo darle es enseñarle a salir de algo a tiempo”.
Lobo se inclinó hacia delante, apoyando ligeramente las manos en el bastón.
—Carmen —dijo—. Todo lo que nos está contando no solo nos ayuda a entender a Ignacio. Nos ayuda a entender qué querían los demás de él.
—Entonces quédense con una cosa —susurró—.
Mi marido no se habría emborrachado alegremente para matarse en una curva la misma semana en que pensaba dejarlo todo y sacar a su hijo de ese círculo.
Podía ser un soberbio, un cabezota, un egoísta, pero no un suicida.
Menos ahora. Y mucho menos, un suicida que dejara a Juan solo en este mundo de alimañas .
34
Nora abrió la puerta del apartamento con el hombro, dejando que Luna se adelantara. La perra entró dando un par de vueltas por el salón antes de subirse sin permiso al sofá y acomodarse en el rincón que ya había declarado suyo desde el primer día.
—De verdad, mi niña, tú sí que sabes adaptarte a los sitios buenos —murmuró Delgado, cerrando con el talón.
El bastón de Lobo sonó seco sobre el suelo de madera al cruzar el umbral.
Se detuvo un instante en la entrada, como siempre, y barrió el perímetro con la mirada.
Mesa. Pizarras. Portátil. Tazas en el fregadero.
Nada fuera de sitio. Afuera, la furgoneta de la empresa de agua seguía atravesada, bloqueando la calle.
Únicamente Nora, más pálida que de costumbre. Lobo sacó una botella de agua con gas de la nevera, con una rodaja de limón pinchada en el borde del vaso, como si estuvieran en la terraza de un bar. Se lo ofreció y se sentó enfrente.
Nora le dio un trago. El gas le hizo cosquillas en la garganta y, por primera vez en horas, el estómago pareció asentarse medio milímetro. Se echó hacia atrás en la silla y clavó los ojos en él.
—Repasemos. Tenemos, uno, un accidente perfectamente verosímil, si creemos que Ignacio iba hasta las cejas de alcohol.
Dos, una esposa que dice que su marido planeaba dejar el tinglado desde hace un tiempo, que el hombre estaba cansado.
Tres, unos inversores rusos que controlan el setenta y cinco por ciento de Terra Nova desde Luxemburgo, Estonia y Suiza, con apellido Makarov.
Señaló con el dedo una de las pizarras
—Y cuatro —remató—, un tipo con una estrellita de ocho puntas en la muñeca izquierda rondando a Ignacio en una fiesta donde se supone que solo había gente de alta alcurnia. ¿Qué me estoy dejando?
—Te falta lo que significa llevar esa estrella en la muñeca.
Nora enroscó los dedos alrededor del vaso, como si quisiera sacarle calor a una bebida fría.
—“Vor v zakone” —exclamó ella, los ojos entornados—.
Lo dijiste delante del jefe de seguridad del hotel como si todo el mundo supiera de que hablabas.
Él se quedó igual, yo hice como que no, pero no tengo ni pajolera idea de lo que implica más allá de mafioso ruso nivel boss.
Así que vas a contarme el cuento entero.
Como si se lo estuvieras explicando a un idiota.
Lobo apretó la cabeza de águila del bastón.
—“Vor v zakone” —empezó Lobo— significa literalmente “ladrón en la ley”. Pero la ley no es la nuestra. Es la suya. Su código. Piensa en ello como en una especie de orden religiosa, pero del crimen.
Nora arrugó la nariz.