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—En la antigua Unión Soviética —continuó él, sin dejarse distraer—, los campos de trabajo no solo llenaron el país de presos políticos.
También crearon una cultura carcelaria propia.
Dentro de ese mundo, los vor v zakone eran la cúspide, los que mandaban sobre los demás delincuentes.
Un título que no se compraba; se ganaba.
Para que en prisión te reconocieran como vor , tenías que cumplir un código muy estricto.
Nada de trabajar en algo legal. Nada de colaborar con el Estado.
Nada de formar una familia normal. Tu única familia era el crimen.
Y lo demostrabas con años de cárcel, castigos, lealtad al obschák , la caja común, y a los demás vor.
Nora jugueteó con el tapón del bolígrafo, haciéndolo girar entre los dedos.
—O sea, que no hablamos de matones de chiringuito —resumi ó
—Con los años, el código se ha ido degradando —añadió—.
Muchos vor actuales hacen cosas que antes habrían estado prohibidas.
Se casan, montan empresas legales, incluso tratan con políticos.
Pero el núcleo sigue intacto. Son jueces de un sistema paralelo.
Deciden quién vive, quién muere, quién paga, quién manda. Y su firma son los tatuajes.
—La zvezda —murmuró Nora—. La jodida estrellita.
Lobo asintió.
—La estrella de ocho puntas, en los hombros o en la clavícula, marca a un vor reconocido por otros vor . En la muñeca no es tan clásico, pero el diseño es el mismo. Es un currículum tatuado. Si te la pones sin “serlo”, no es que te llamen la atención, es que te la arrancan de la piel.
—Ahora dame la parte que me falta. ¿Qué pinta un vor en una gala en Madrid para hablar con el presidente de Terra Nova en los lavabos?
¿Y qué tiene que ver eso con los Makarov?
—Son oligarcas rusos —dijo—. Ya los conoces en papel, se trata de la familia que controla un setenta y cinco por ciento de Terra Nova a través de Luxemburgo, Estonia y Suiza.
Banco semiestatal detrás, operaciones en media Europa del Este, informes de blanqueo.
—Eso es el decorado —siguió él—. Gente de traje, mansiones, yates, abogados y banqueros.
Pero ese mundo, el de los grandes oligarcas, no flota en el aire.
Para mover tanto dinero, para protegerlo, para imponer respeto donde no bastan las presentaciones, necesitas otra cosa.
Una estructura que no sale en las memorias anuales.
Y ahí entran los vor . No trabajan “para” la familia como si fueran empleados con nómina.
Es más bien un pacto. Los Makarov ponen el músculo financiero.
Los vor ponen el músculo criminal. Protección, cobro de deudas, disciplina interna, limpieza de problemas.
Si algún socio se pone creativo o empieza a pensar en marcharse con parte de la caja, se le manda un tipo con una estrella tatuada .
Nora tragó saliva. En su cabeza, la imagen de Ignacio siguiendo al hombre del tatuaje hacia los lavabos se superpuso con la de Carmen y ese pañuelo anudado a la cabeza para no mostrar la calvicie.
—Ignacio sabía lo que era —susurró.
—Claro que lo sabía —respondió Lobo—. Piensa en el detalle, el vor no socializa, no aparece en las fotos, no acude a un evento de esa índole.
Se queda en la esquina, mira, se asegura de que Ignacio lo vea y, cuando quiere hablar, lo hace en el único lugar sin cámaras, el lavabo.
Y, esa misma noche, la Guardia Civil recoge el cadáver de Ignacio con una tasa de alcoholemia altísima.
—Lo de “trabajar para los Makarov”, entonces, significa que, si un Makarov quiere enviar un mensaje a un socio díscolo de Terra Nova, no tiene que levantar el teléfono. Le basta con pedirle a su vor de confianza que se dé un paseo.
—Más o menos —concedió Lobo—. No siempre está claro quién manda sobre quién.
A veces el oligarca y el vor son socios; otras, el vor es la garantía de que el oligarca seguirá pagando su peaje a la estructura criminal.
Lo importante es que, si un vor se asocia a tus proyectos, hablas de delincuencia organizada de alto nivel metida hasta el fondo en tu empresa.
—¿Y eso qué implica para Terra Nova?
—Implica que Terra Nova no es solo la constructora de moda en Castilla-La Mancha —dijo—.
Es un vehículo de inversión y blanqueo de una red que mezcla capital semiestatal ruso, oligarcas y vor que aseguran que nadie se salga del guion.
Los Makarov ganan dinero, los políticos ganan obras, y los vor ganan una plataforma más desde la que mover su influencia.
Y, si algo se tuerce, tienen margen de maniobra, accidentes, desapariciones, chantajes.
—Negocio redondo —ironizó—. Menos para el que decide que ya no quiere jugar .
Hubo una pausa breve. La madera de las vigas del techo crujió con un chasquido leve, como si la casa se estirara.
—En los cursos que nos daban en la Guardia Civil sobre crimen internacional y mafias —continuó Lobo—, insistían en una idea, los vor no improvisan. No actúan por arrebatos. Si se mueven, es porque hay un acuerdo detrás. Un reparto de beneficios, de territorios, de responsabilidades.
Miró un momento hacia la ventana, donde vio su propio reflejo en el cristal.
—Si un vor se sienta en tu mesa o te cita en un camino comarcal, no está defendiendo solo sus intereses personales. Está defendiendo el orden de un sistema. El pacto de los lobos, si quieres llamarlo así.
Nora apoyó los codos en la mesa, se sujetó la frente con una mano.
—Y nuestro Ignacio —dijo—, con su diez por ciento y su cara de patriarca respetable, decidió que quería parar. Lo que le dijo a Carmen.
—Para gente como ellos, eso se llama traición en potencia.
Aún no has cantado, aún no te has ido con la competencia, pero ya has roto la primera regla.
Has pensado que existe una vida fuera de la manada.
En el mundo de los vor , si quieres largarte, necesitas algo con lo que negociar. Si no, pasas a ser historia.
—¿Cuánta gente en Toledo puede siquiera imaginar que detrás de la muerte de Ignacio hay un tipo con una estrellita en la muñeca que responde ante los Makarov?
—Muy poca —admitió Lobo—. Debemos descubrir el representante de los vor aquí en Toledo.
Nora alzó la vista, los ojos más oscuros de lo habitual.
—Vale —dijo—. Pero alguien tiene que saberlo. ¿Recuerdas el nombre que nos dijo nuestro pequeño amigo elfo ?
—Volkov. Si hay un vor de alto rango oliendo alrededor de Terra Nova, Volkov es nuestro candidato número uno.
Sus ojos se clavaron en los de ella, serios.
—Con gente como Volkov, un error de cálculo te puede costar la vida. La tuya, la mía o la de alguien que aún no sabe que está en medio.
Lobo bajó la vista hacia la taza vacía y se incorporó despacio, apoyándose en el bastón.
—Voy al baño un momento —murmuró—. Y luego pensamos qué demonios le preguntamos al elfo.
Nora asintió sin darle importancia. Lo siguió con la mirada hasta que lo vio desaparecer por el pasillo estrecho.
Se oyó el clic del interruptor, el zumbido del fluorescente del baño y, unos segundos después, un golpe seco, como si algo hubiera chocado contra la pared.
El grito llegó a continuación. Corto, áspero, arrancado a alguien que no se permitía ese lujo casi nunca.
—¡Nora!
La silla se le volcó hacia atrás cuando se levantó de golpe. Luna saltó del sofá ladrando, el rabo entre las piernas, y salió disparada por el pasillo. El corazón de Nora se le subió a la garganta mientras corría hacia el baño.
—¿Qué pasa, mi niño? —alcanzó a decir, sin aire, agarrándose al marco de la puerta.
Lobo estaba de pie, inmóvil, una mano clavada en el borde del lavabo. Tenía la cara desencajada y observaba con atención a las toallas colgadas del perchero.