Colegio Izarra, junio de 2024
—¿Dónde estaban los dormitorios?
Carla señaló con un dedo, dubitativa, la mole de ladrillos junto a la cancha de baloncesto.
—Vamos.
Lucía y ella caminaban con las muñecas atadas.
La actriz sollozaba sin parar, con un lamento ininteligible.
Iban en fila india, arrastrando los pies.
Gracias a las tijeras de podar y al abotargamiento en el que estaban sumidas, Juan las dirigía desde atrás como si fueran de ganado.
De todo el material del que disponía en el cobertizo, aquellas tijeras eran perfectas para su propósito: manejables con una única mano, ligeras y afiladas.
Se movían entre cascotes, maleza y restos de lo que un día había sido el Colegio Internacional Izarra. Para ambas era la primera visita después de más de treinta años . Era irónico que fuera a ser la última.
Carla caminaba detrás de la actriz. El lamento de la que un día fue su amiga le taladraba la cabeza.
Deseaba dejar de oírla. Deseaba que nada de aquello estuviera ocurriendo.
Cómo podía haber sido tan estúpida. Dejarse engañar así.
Ahora podía ver con claridad el propósito del jardinero, su insistencia en montar sesiones de mediumnidad, por qué la había guiado a quedar con Lucía.
Juan necesitaba demostrar que estaba loca .
Carla sintió una fuerte presión en la cabeza.
Una sombra negra comenzó a tomar forma y a caminar a su lado.
Evitó mirarla. Sabía que era Fabiana. Sabía que se encontraría una cara que era apenas piel y hueso, unas cuencas vacías, el pelo lacio.
Y aquellos labios que no dejaban de pronunciar lo mismo.
Cada cosa en su sitio…
—¡Cállate! —aulló Carla.
Lucía pensó que aquella orden iba dirigida a ella, así que aguantó el llanto en una garganta tan trémula que los espasmos de contención le provocaron arcadas.
Juan lanzó una carcajada.
— No, si al final vais a estar igual de piradas las dos.
Lucía estaba cansada, sucia, desubicada y dolorida.
Su mente era incapaz de hilar los últimos acontecimientos.
A ratos creía estar en una absurda pesadilla o en una peli de serie B de algún director con muy mal gusto .
Pero la herida del hombro, los raspones de los brazos y las piernas y las magulladuras por todo el cuerpo la volvían a ubicar de inmediato en un mundo que de repente era hostil y sanguinario.
El trío llegó al edificio que Carla había señalado.
A lo largo de la planta baja, lo que un día fueron ventanas y puerta de acceso habían sido tapiadas.
Un par de metros más allá alguien había practicado un butrón para permitir el paso de una persona al interior.
El edificio estaba en ruinas, pero aún se podían ver desde fuera las escaleras que atravesaban las tres plantas cual columna vertebral.
Todas las ventanas del pabellón rectangular estaban rotas.
Beatriz había saltado por una de ellas décadas atrás.
Juan se asomó por el orificio. Alguien había colocado una puerta a modo de rampa para acceder. Miró a las dos mujeres y meditó un momento.
—Pasas primero tú —se dirigió a Carla—. Y después ella —s eñaló a Lucía—. Venga, tira. —La amenazó apuntándole con las tijeras.
Carla comenzó a bajar la rampa y se giró un momento, indecisa.
De repente vio a su abuela. Estaba justo detrás de Juan. Fabiana la observaba con el rictus serio.
Entonces lo entendió todo.
… cada persona en su lugar.
Era un aviso. Todo este tiempo había querido advertirle.
Cada persona en su lugar.
No dejes que Juan entre.
Él se percató de que estaba teniendo otra visión.
— Vaya, ¿la abuela no se ha quedado en Elío? — bromeó, girándose.
Fue un segundo.
Con un movimiento fugaz , Carla cogió uno de los ladrillos del suelo y lo lanzó con fuerza contra la cabeza de Juan, que emitió un chillido como si fuera un gorrín en la matanza mientras apartaba la polvareda y el reguero de sangre que le caía por la frente.
—¡Corre! —gritó Carla a Lucía, agarrándola por el brazo y arrastrándola con ella.
—¡Hijas de puta! —gritó Juan, dando tumbos , decidido a darles caza.