El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Colegio Izarra, junio de 2024
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Colegio Izarra, junio de 2024

Juan se quitó el sombrero y las gafas de sol de Lucía y las colocó en el asiento trasero del Golf, justo al lado de la malograda actriz, que yacía semiinconsciente.

Se atusó el pelo en el espejo retrovisor y la observó un momento a través del cristal.

Había tenido que darle una buena dosis de mandrágora para dejarla fuera de combate, y eso que llevaba sin comer casi veinticuatro horas.

La muy zorra era dura de pelar. Quién le iba a decir a él que la cosa se iba a torcer así en el último momento.

Carla, en cambio, había caído como un pajarillo desde el primer asalto.

Pobre desgraciada.

Ambas mujeres estaban inconscientes, sujetas al asiento del coche e inmovilizadas con bridas.

Ahora volvía a tener el control, pero la visita inesperada del puto policía foral al señorío le había obligado a improvisar y casi había trastocado por completo sus planes.

Menos mal que había podido noquearlo a tiempo.

La idea de arrojarlo por la peña de Etxauri se la había dado el atuendo del propio subinspector.

No podía dejar ni un cabo suelto . No ahora, que estaba tan cerca.

A ojos de Fabiana siempre se había sentido un extraño.

No, un estorbo. Cuando su padre le reveló por qué, pudo entenderla.

Juan entendió por qué la matriarca de la familia lo despreciaba a él y lo que significaba, más allá de ser el hijo del simple jardinero.

Pero la verdad no la disculpaba. La vieja nunca los había visto como a semejantes.

Siempre había marcado una frontera entre las dos familias, tratándolos como animales.

El día que la encontraron en el baño sobre un charco de sangre, se alegró, en parte.

Las murallas del palacio cayeron ese día.

Ya no había adentro o fuera, arriba o abajo.

O, al menos, no como las ha bía habido hasta entonces.

Y cuando parecía que su vida estaba encarrilada por fin, apareció Carla.

Él sabía que Carla no tenía ni idea de su situación.

Pero la única forma de hacerse con el señorío era probarse como legítimo heredero.

Y para ello se había visto en la obligación de descartar la vía de la diplomacia y probar con la vía de la locura: demost rar que Carla no era apta porque no estaba en sus cabales. A ser posible , cuanto antes.

Lo primero fue anular a Rufino. El cabrón había sido capaz de acabar con su mujer para evitar que esta modificara el testamento en su contra.

A  Juan, Rufino nunca le había gustado, era un ruin y un miserable.

Un hombre mínimo y débil. Su único interés en la vida había sido parasitar a quienes tuvieran más riquezas o talentos que él.

El señorío de Elío siempre fue su particular quimera, la llave al dinero y al estatus.

Fabiana lo había calado bien, sí. Al menos ella tenía claro de qué pie cojeaba su yerno.

Juan había presenciado infinidad de broncas entre Rufino y Victoria, desplantes, tejemanejes.

La vieja había intentado atarlo en corto, y lo consiguió un tiempo.

No era difícil detestar a ese pobre diablo.

Así que eliminar a Rufino de la ecuación suponía allanar el camino para convertirlo en una aparente venganza personal de Carla.

Dos por uno. La policía no tardaría en atar cabos, pero para ello debía sembrar un par de señuelos más y asegurarse de que todos apuntaban directamente a ella.

La muy chiflada había elegido el momento perfecto para contarle su vida.

Carla se había abierto en canal y él solo había tenido que transformar sus principales traumas en una aparente sed de justicia y sentarse a esperar.

No había sido difícil encontrar y liquidar al abusador del colegio y a la maltratadora del hospital.

Ambos se habían convertido en ancianos vulnerables a los que ya nadie tenía en cuenta , personas con un pasado oscuro que se habían labrado un presente de abandono con el simple devenir de sus acciones .

Localizarlos había sido sencillo. Por suerte, los dos vivían so los.

Juan había seguido el mismo modus operandi con ambos: construir una escena que sirviera de castigo ejemplar allí donde ellos habían ejercido su propia ley del miedo.

El único problema era que la policía había tardado demasiado en encontrar aquellos cuerpos.

Así que la aparición de Lucía le había ayudado a dar el empujón definitivo: Carla no soportaba la culpa por el suicidio de Beatriz.

Lucía tampoco. Ahora ambas iban a decidir quitarse la vida donde empezó su particular infierno, donde su amiga de la infancia saltó y desapareció para siempre.

Un autocastigo que ponía la guinda perfecta a una existencia miserable y que ofrecía a la policía una historia sólida que armar.

La función solo tenía un pase más y era en Izarra.

Carla y Lucía iban a saltar de aquella misma ventana. Y luego él solo tendría que acercarse a pie a Vitoria y coger el autobús que le llevaría a Bilbao, donde lo esperaba una coartada en forma de noche de hotel a su nombre.

Juan observó que Carla comenzaba a desperezarse en el asiento del copiloto, desorientada. Sonrió. Era el momento de ponerse en marcha.

—¿Juan…? —murmuró la mujer—. ¿Dónde…?

— Sssh … —replicó el hombre, poniéndole el dedo índice en los labios—. Toca despertarse.

El jardinero se apeó del vehículo y fue al maletero. Sacó unas enormes tijeras de podar , abrió la puerta trasera y cortó las bri das que ataban a Lucía, que también empezaba a recobrar la consciencia.

—¿Qué…? —titubeó la actriz, atontada.

—¡Arriba! — exclamó el hombre, agarrándola de la pierna y arrastrándola fuera .