Señorío de Elío, enero 2024
—Hola , Miguel Ángel, ¿cómo estás?
—¡Victoria…! Muy bien, todo en orden por aquí. ¿Cómo estás tú…?
La mujer sonrió con amargura observándose a sí misma, postrada en un butacón , sosteniendo el teléfono a duras penas mientras palpaba la vía que la enfermera de hospitalización a domicilio acababa de colocarle . La medicación cada vez era más intensa, como el propio dolor.
—Bueno, digamos que podría estar mejor. Necesito que pases por Elío.
—Claro. ¿Te va bien la semana que viene?
—¿Qué tal esta tarde? Tengo algo de prisa.
Miguel Ángel balbuceó el comienzo de una excusa.
—Es importante.
—Claro, me acerco luego a eso de las seis.
—Tráete todo lo necesario para redactar las últimas voluntades.
—¿Cómo…? Victoria, no sabía que…
—Tranquilo. Tengo mucho que hacer. Nos vemos —colg ó.
La enfermera sonrió con amabilidad mientras terminaba de ajustar la bolsa con el líquido que todavía la mantenía unida a este mundo, aunque fuera a través de un hilo fino. Victoria le dio las gracias y le pidió que llamara a Juan.
Cuando el hombre entró en la sala, se acercó a Victoria y la tomó de la mano, con cariño.
—El notario va a venir esta misma tarde. Quiero que sepas que voy a cambiar mis últimas voluntades. La cláusula que hay ahora incapacita a Carla para heredar el señorío. Voy a cambiar eso. Y si su diagnóstico no fuera favorable, el siguiente en la sucesión serías tú.
—Victoria… —contuvo el aliento—. No sé qué decir.
—No hace falta que digas nada. Eres uno más de la familia, Juan.
Siempre lo has sido. Tu padre, tu madre, tú.
Pronto estaré descansando en la cripta con ellos.
Así debe ser. —Apretó cariño su mano—. Por favor, cuida de Carla cuando yo no esté.
Sé que haréis buen equipo. Ella… no se merece la vida que ha tenido.
El jardinero asintió.
—Todavía hay una cosa que quiero hacer. Sé que en unos días ya no estaré aquí, pero antes necesito hablar con Rufino. ¿Te importa llamarlo y citarlo mañana?
—Claro, lo que necesites.
—¿Dónde está Carla?
—Con el médico, en las pruebas. Tiene cita hoy y mañana.
—Bien, por favor, encárgate de que Rufino venga mientras ella no está aquí. No quiero que se vean ni que se crucen.
—Entendido.
Aquella noche, en la cena, Carla miraba a su madre desde el otro lado de la mesa.
Juan estaba con ellas. Los tres comían en silencio, evaluando cada movimiento que la enfermedad de Victoria le permitía dar, listos para asistirle en caso de necesidad.
Ella apenas había probado la sopa que tenía delante.
Observaba a su hija con una sonrisa casi beatífica.
—Tu abuela estaría muy orgullosa de ver la mujer en la que te has convertido —susurró .
Carla dejó el cubierto sobre la mesa y la miró, contrariada. Su madre sonrió más ampliamente. Ella no pudo devolverle ni un ápice de sonrisa.
Solo podía fijarse en el vestido negro que custodiaba la espalda de Victoria.
Juan se percató de aquella mirada de soslayo. Cuando Victoria se marchó a la cama, aprovechó el momento de recoger los platos para hablar con ella.
—Antes, en la cena —comenzó a decir, muy despacio—. La has visto, ¿ verdad?
Carla se estremeció. No habían vuelto a hablar del tema desde Nochebuena. Muchos días se había arrepentido de habérselo contado.
—¿Y te dice algo cuando aparece?
Carla se encogió de hombros.
—¿Está ahora aquí?
Ella asintió, lentamente.
Juan sintió erizarse el vello de la nuca. Aquella era la respuesta que necesitaba.
—Vaya con Fabiana.
Carla no supo detectar si aquello era ironía o una simple broma para rebajar la tensión.
—Decías que en Canadá te has formado para conectar con espíritus. ¿ Por qué no lo intentas aquí? Nos serviría para sacar un dinero extra para hacer pequeñas reparaciones y mantener viva la fundación mientras llegan las subvenciones o las necesarias donaciones.
—No sé…, hay mucha gente que no lo entiende… Y yo no sé si puedo… Si mi familia…
—Puedes ponerte un nombre artístico. Como las vedetes —la animó.
Carla lo meditó un momento. En Montreal se había sentido a gusto . Puede que fuera porque su abuela no se presentaba allí , o porque sentía que había otros como ella. No pasaba nada por probar.
—Está bien —admitió—. Cuando esté preparada, buscaremos a alguien para una primera sesión y veremos cómo va.
—Perfecto. Conozco a gente en Etxauri y Ciriza que seguro que tiene mucho interés.
Carla asintió. Aquello le daba otro pretexto para quedarse. ¿Sería acaso esa su nueva vida?
—¿Qué tal con el forense?
—Muchas preguntas —sonrió, tímida, sin querer especificar.
—Yo creo que es importante decir la verdad. Que le cuentes lo que sientes. Lo que ves. Él lo entenderá .
Pero detrás de estas palabras comprensivas había mucho más.
Juan sabía que su futuro estaba ligado a las respuestas que Carla diera en aquellas sesiones.
Que cuanto más alimentara sus fantasías, más cerca estaría de las llaves del señorío.
Si conseguía probar que Carla no estaba cuerda, Elío pasaría automáticamente a sus manos.
Era el momento de la verdad. Y tenía toda la voluntad y las ganas de probarse como el único heredero legítimo del palacio.
Por la mañana , el jardinero telefoneó a Rufino para que acudiera al señorío cuando Carla se hubo marchado.
Rufino no se sorprendió de recibir una llamada de Juan.
Tampoco de la invitación de Victoria. Miguel Ángel le había avisado convenientemente el día anterior de las intenciones de su mujer.
Apenas una hora después , a mediodía, volvía a entrar en lo que un día fue la casa de su suegra.
Cuando vio a Victoria en ese estado, comprendió que no iba a ser una conversación fácil. La mujer lo recibió recostada en la cama. Había perdido muchísimo peso y su piel era apenas una película translúcida, pero su mirada tenía la fuerza de varias décadas de rencor acumulado.
—Rufino, no tengo muchas fuerzas hoy, así que te voy a ahorrar los detalles : me muero. Creo que es evidente.
—Lo siento mucho , Victoria. Yo…
Ella levantó con esfuerzo una mano, pidiéndole que no la interrumpiera.
—Toda la vida. Llevo toda la vida intentando salvar a una persona cuando en realidad estaba condenando a otra. Nuestra hija, Rufino, no se merecía el castigo a la que la sometimos. Carla ha llevado una vida miserable y yo me iré a la tumba con esa losa. Pero lo tuyo… Lo tuyo no tiene nombre.
Rufino enarcó una ceja, descolocado ante tal comentario. Estaba pensando qué decir cuando su esposa volvió a la carga:
—Acordamos que recibiría una paga de parte de los dos, hasta el día de nuestra muerte.
Sé de buena tinta que te quedabas con parte del dinero.
Pamplona es muy pequeña. Pero no tenía fuerzas ni ganas para meterme en una batalla legal, más aún sabiendo que no tienes donde caerte muerto.
Me das pena, Rufino. Pero ahora es una pena de otro tipo.
¿Qué has hecho con el dinero? ¿En q ué te lo has gastado?
El pequeño hombre se puso lívido y luego se sonrojó.
— Has tenido la poca vergüenza de vivir a mi costa .
A la de mi familia. Siempre merodeando como un buitre sobre el señorío.
Con chanchullos, sin oficio ni beneficio.
Te ayudé cuando te quitaron el balneario.
Con la fábrica de colchones. Pero quiero que s epas que esto no se va a quedar así. He pedido que revisen el caso de Carla.
—¿Está ella…? ¿Ella está aquí?
Victoria hizo caso omiso a la pregunta.
—Ayer estuve con Miguel Ángel haciendo el papeleo. Puede que sea la última vez que nos veamos, Rufino. Y me gustaría decirte que no te guardo rencor, pero lo cierto es que no es así.
Rufino se quedó parado un instante, observando cómo su mujer ponía blanco sobre negro, sacaba a la luz sus miserias, sus recovecos más oscuros. Sabía lo que aquello significaba.
No habría más dinero.
Ni más oportunidades.
Y desde luego podía despedirse de Elío, su única esperanza de salir adelante y que Jesús Mari le dejara en paz , siempre y cuando Victoria no cambiara la maldita cláusula.
En ese preciso instante, tuvo una revelación.
Victoria estaba más fuera que dentro. Sería… como un favor. Sí. Ella dejaría de sufrir. Él mantendría su statu quo .
En silencio, sin titubear, se acercó a ella.
Los dos primeros segundos Victoria no entendió nada, pero luego lo vio en sus ojos .
Leyó directamente el titular de la deshonra.
El fin de su existencia escrito en las pupilas ardientes y convencidas de Rufino.
Por puro instinto, Victoria hizo el amago de levantarse , de alertar a alguien.
Pero Rufino tomó un almohadón y lo apretó contra su cara.
Los brazos y las piernas de Victoria se agitaron en un último acto de rebeldía , intentando zafarse de la agonía.
Después de una batería de espasmos y ruidos grotescos, sus miem bros se quedaron inmóviles.
Rufino esperó unos segundos más, prudente, para levantar el almohadón.
Vio el rictus desencajado de la madre de su hija y le cerró los ojos y la mandíbula con cuidado, procurando componer una expresión de calma y reposo.
Hizo lo mismo con las piernas y los brazos, acomodando el cuerpo en una postura relajada.
Había que darse prisa antes de que se quedara demasiado fría.
La tapó con la manta con cuidado y, antes de salir por la puerta, se permitió el lujo de besarla en la frente.
—Adiós , Victoria.
Rufino abandonó la estancia en silencio, sin percatarse de que en el pasillo, a pocos metros, Juan había sido testigo de la escena.