Hospital del Santo Ángel, Navacerrada. 1995
Las estaciones fueron pasando, y con ellas, los años.
El pulso del sanatorio del Santo Ángel era cada vez más débil.
Había menos internos, y eso se notaba en las habitaciones y en los pasillos, desangelados.
Muchos pacientes eran rescatados por sus familiares, otros terminaban su estancia o eran trasladados a otro centro.
Los gritos de medianoche fueron mermando.
Tanto que por aquel entonces apenas se oía el canto de los grillos.
—Buenos días. Queremos comunicar con gran pesar que el centro va a ser clausurado —soltó el líder del hospital, a bocajarro—. Hemos hablado con sus familias para que se hagan cargo de sus respectivas situaciones. En los próximos días vendrán a recogerlos. Pueden comenzar a recoger sus pertenencias.
Por extraño que pudiera sonar, Carla sintió miedo.
Llevaba tanto tiempo allí que había olvidado cómo era la vida en el exterior.
No sabía qué aspecto tendrían sus padres.
Ni siquiera si estaban vivos. Se le formó un nudo en el estómago durante las siguientes veinticuatro horas que le impidió dormir o comer.
¿Cómo iba a enfrentarse a un reencuentro de aquella magnitud?
La respuesta llegaría por sí sola, cuando al día siguiente vio aparecer en el jardín a su madre junto con Juan, el jardinero de Elío.
Victoria llevaba un abrigo verde de lana que le llegaba hasta los pies y los ojos anegados en lágrimas.
Avanzaba a paso rápido, con los brazos extendidos , en dirección a su hija.
Carla no fue capaz de mover ni un solo músculo, ni siquiera cuando su madre la abrazó.
—Vine a verte muchas veces —le susurró al oído, contenien do el llanto—. Pero no me dejaron pasar. Decían que estabas en un régimen especial de aislamiento.
Juan esperaba tras Victoria, con la cabeza gacha. Saludó tímido a la mujer en la que se había convertido Carla con un leve movimiento de cabeza, y recogió su única maleta para llevarla hasta el coche.
—Papá no… no ha podido venir —lo excusó Victoria—. Está con unos trámites del balneario. Parece que se lo va a quedar el Gobierno de Navarra.
Carla era incapaz de responder. No sabía cómo reaccionar a una conversación con su madre, o con cualquiera.
Se montaron en el coche y emprendieron el camino de vuelta a Navarra.
Juan conducía, Victoria iba a de copiloto, y Carla, en la parte de atrás.
La madre se esforzaba por aparentar naturalidad.
Le dijo que pronto pensarían planes para su futuro, que ahora tocaba pasar unos días tranquilos en casa.
Que podía volver a estudiar. Y que pronto revisarían su caso.
—¿Mi caso…? —fueron las primeras palabras que pronunció Carla, extrañada .
Su madre se sonrojó.
—Al cumplir los dieciocho hay que revisar el diagnóstico. Solo será un trámite, verás . Pasaremos por el médico un día para hacer el papeleo .
Pero lo único que quería Carla era escapar de aquella gente que le resultaba extraña. Guardaba el dolor de la traición todavía latente.
Llegaron a casa tarde, entrada la noche. Juan las dejó en la puerta y se marchó de vuelta a Elío. Rufino no estaba allí. Tampoco apareció en el desayuno . Victoria lo justificó alegando que estaría de viaje, aunque se le notaba que mentía. Al cabo de dos días, Carla lo vio aparecer en la cena.
—Hola, Carla —la saludó como si acabara de verla la semana pasada—. Tienes buen aspecto.
Rufino apenas la miró durante la cena . Consultaba el periódico, distraído.
Carla no sabía si era un desdén premeditado, una pose o auténtica indiferencia.
Su padre nunca había mostrado especial interés por ella, pero supuso que el ingreso en el sanato rio la había convertido en una apestada , en una persona indigna de su apellido.
Comieron en silencio . El ruido de la cubertería contra la vajilla era lo único que llenaba la desolación de la casa.
Carla supo que no podría soportarlo. Que tenía que huir de allí , de aquella pantomima, de la persona que había firmado su defunción en vida y no había sido capaz ni de preguntarle qué tal estaba después de cinco años encerrada.
Cinco años de tormento y vejaciones. De aislamiento y vacío.
No iba a someterse a otro tipo de cárcel.
Pasó la noche dándole vueltas a la cabeza. Al día siguiente , mientras desayunaba con su madre, tomó la decisión de tirar para adelante.
—Quiero estudiar Química —dijo—. Quiero ir a San Sebastián.
Victoria pareció alegrarse de corazón.
—Claro que sí, hija. Lo que sea. ¿Te gustan las ciencias?
Carla asintió, sin mediar palabra.
—Lo arreglaremos todo enseguida. Voy a hablar con Juan para que nos eche una mano. Lucía también se marchó a estudiar fuera, ¿sabes?
Al escuchar aquel nombre, le dio un vuelco al corazón.
—Sus padres murieron en un accidente de tráfico. Pobrecilla… Creo que está en una escuela de interpretación en Madrid. Podrías llamarla.
Carla llevó el vaso de leche al fregadero sin mediar palabra.
—Lo pensaré —dijo mientras desaparecía escaleras arriba hacia su habitación.
Para sorpresa de Carla, su padre no se opuso.
Ni opinó . Esperaba una reacción, algo que indicara que ella le im portaba lo más mínimo.
Que se negara en rotundo , o que se ale grara de perderla de vista.
Pero no hubo nada de eso. Su madre se ocupó de todo y Rufino desapareció de la vida de Carla tan rápido como había vuelto a formar parte de ella.
Los días siguientes gestionaron la matrícula en la universidad de San Sebastián y la búsqueda de un piso. Era la primera vez que iba a vivir sola, pero Carla estaba tranquila. Si había podido sobrevivir en las condiciones de los últimos años, podría con eso.
—Iré a verte siempre que quieras. Los fines de semana —dijo su madre.
Carla asintió.
—Deja que Juan te lleve. No puedes ir sola con todo este equipaje en el autobús.
Ella accedió. Al cabo de una semana, estaba rumbo a su nueva ciudad.
Juan conducía atento a cada curva. Realizaban el viaje en silencio.
Carla tenía los ojos cerrados y se sujetaba la cabeza con la mano, con el codo apoyado en la ventanilla, dejando que el sol le calentara la cara.
Su pelo dorado refulgía, y Juan no podía evitar observar de reojo a la mujer en la que se había transformado.
—¿Vendrás a visitarnos a Elío alguna vez?
El calor se transformó en un escalofrío.
—Puede —se limitó a decir.
—¿Te acuerdas del estanque con renacuajos? Ahora se han convertido en un auténtico clan . Todos los veranos hay un ejército de ranas. Temo que cualquier día se rebelen y se hagan con el palacio .
Carla sonrió.
—En ese caso, acudiré con refuerzos .
El piso que Victoria había encontrado para Carla no escatimaba en gastos. Estaba situado cerca del palacio de Miramar, con vistas a la bahía de la Concha. Juan y ella se detuvieron en la puerta del edificio, admirando las vistas unos segundos. Después de subir el equipaje, el jardinero se despidió.
—Ojalá pueda verte muy pronto, Carla.
Intentó darle dos besos, pero ella esquivó el gesto y le dio la mano para estrecharla.
—Gracias por el viaje.
Carla se instaló en su nueva vida. Poco a poco fue construyendo una rutina.
A las pocas semanas de asistir a clases y establecerse, sentía que su pasado comenzaba a disolverse.
Aunque todavía le costaba abrirse a las personas, se había forzado a fingir una normalidad que ella misma tenía que creerse.
A las compañeras de la universidad les decía que había estudiado en un colegio privado de Pamplona, que había tenido una vida rutinaria, que sus padres la obligaron a apuntarse a equitación.
Dibujó un personaje basado en hechos reales de otras personas, una máscara de papel maché, un disfraz hecho con retales de aquí y de allá.
Su madre insistía en visitarla de tanto en tanto. Apenas hablaban los fines de semana que pasaban juntas, pero Victoria se contentaba con aquellas migajas de lo que un día fue su hija. Es más, creía que era lo justo después de no haber sabido imponerse a la voluntad de su marido.
Mientras tanto, Juan siempre revoloteaba cerca.
Se encargaba de llevar y traer a Victoria a San Sebastián, y de contemplar a ma dre e hija en la distancia.
Llevaba las bolsas, reservaba en los mejores restaurantes y hacía de chófer.
Nunca se quedaba a dormir en el piso ni comía con ellas.
Era una sombra servicial y sigilosa que hacía que las cosas ocurrieran como por arte de magia .
Una tarde de finales de octubre, Carla paseaba de vuelta de la universidad hacia casa.
Encontró a una chica sonriente en el paseo de Miraconcha repartiendo unas octavillas.
Vestía con colores alegres, camisa de lino y pantalones anchos, y llevaba infinidad de colgantes con distintos símbolos desconocidos para ella.
Fue como si su cuerpo se sintiera atraído por una fuerza gravitatoria. Caminó despacio hacia ella.
—Hola —saludó afable la muchacha mientras le tendía un folleto—. ¿Te animas a visitarnos?
—¿Qué es esto?
—El Salón de Esoterismo y Mediumnidad, estamos en el palacio de Miramar. Este año nos visita Marilyn Renner.
—¿Mediumnidad…?
—Es la capacidad de algunas personas para comunicarse con los fallecidos.
Un latigazo de electricidad le recorrió el espinazo.
Cogió el folleto sin despedirse y anduvo a buen paso los escasos cincuenta metros hasta la entrada del palacio.
Se trataba de una construcción de finales del siglo xix , de estilo inglés y neogótico, con unas vistas imponentes de la bahía de la Concha.
Entró a los jardines, donde multitud de personas de todas las edades charlaban animadas.
Se abrió paso entre ellas, como si buscase a alguien conocido, con una ansiedad que hacía tiempo no experimentaba.
Entró en el edificio y recorrió con la vista los techos, los pasillos y la gente que se movía de un lado a otro .
Por pura intuición, se dirigió a un salón con las puertas cerradas donde, antes de entrar, el público irrumpió en un gran aplauso.
La charla acababa de terminar y las puertas se abrieron.
Un torrente humano comenzó a echársele encima . Consiguió evitar la marea como pudo.
Aquella fue la primera vez que la vio.
Medía apenas un metro y medio, pero su presencia llenaba el auditorio.
Llevaba el pelo liso, una melena oscura cortada al es tilo de Cleopatra y unas enormes gafas de sol.
Vestía colores chi l lones, unas medias azules y un vestido por debajo de la rodilla de color burdeos.
La gente la rodeaba, se le acercaba, le daba la mano, la felicitaba.
Carla la observó unos segundos desde la distancia. Sabía que aquella mujer tenía respuestas para ella. Respuestas a las preguntas que llevaba haciéndose media vida.
Se acercó con cautela a los pies del escenario , donde ella se encontraba.
—Los impresos para solicitar la beca están a la salida —clamaba un hombre a su lado, traduciendo lo que la mujer le susurraba al oído.
Carla caminaba lentamente hacia el grupo que rodeaba a aquella mujer.
—Gracias, Marilyn —se despidió una chica con los ojos anegados en lágrimas mientras agarraba las manos de la mujer, que asentía, agradecida.
Carla la interceptó justo cuando se disponía a salir del auditorio.
—Perdona , ¿de qué estudios habla?
Ella la miró ofendida.
—Los estudios de mediumnidad en su instituto, en Montreal. Cada año regala dos becas. Algunas veces elige a dedo.
—Gracias —balbuceó Carla.
Se quedó ahí plantada, a apenas dos metros, observando a aquella mujer cuya mirada se escondía detrás de unas lentes opacas. En el proyector del auditorio aún permanecía la última diapositiva de la charla, donde se podía leer una frase que más tarde cobraría pleno sentido en su vida.
No hay que tener miedo.
Lo que más tememos, la muerte, no existe .
Su corazón bombeaba con tanta fuerza que le palpitaban las sienes. Necesitaba hablar con ella.
Justo cuando se armó de valor para recortar la escasa distancia que las separaba, el hombre que ejercía de traductor disolvió el pequeño grupo que se arremolinaba en torno a Marilyn y agarró a la mujer por el brazo con caballerosidad, ayudándola a subir las escaleras de salida del auditorio.
Carla se dio la vuelta y subió los peldaños de dos en dos. Una vez fuera , se fijó en una mesa en la que habían colocado unos impresos.
—Buenas tardes. ¿Estos impresos son para la beca…?
—Así es. Solo tienes que rellenar tus datos y explicarnos por qué quieres solicitarla. Marilyn los revisa en persona y seleccionará a los dos afortunados.
—¿ Y en qué… en qué consisten exactamente los estudios?
El chico la observó un momento, extrañado.
—Es una estancia de dos años en el Instituto para la Razón Humana de Montreal. Hay clases de espiritualidad, mediumnidad, canalización…
Carla tomó uno de los impresos y lo rellenó, nerviosa, sin mediar palabra.
Sentía que estaba cerca de algo importante, de algo de lo que necesitaba formar parte.
En aquel momento , Marilyn y su traductor salieron de la sala.
La mujer miró en dirección a Carla y tiró del brazo del hombre, que se agachó varios centímetros para escuchar lo que quería decirle al oído.
Se acercaron con paso lento. Marilyn sonreía detrás de aquellas lentes enormes.
—Buenas tardes —salud ó el hombre a Carla, que los observaba paralizada—. Marilyn quiere saber cuál es tu nombre.
—Carla —respondió, con la voz trémula.
—Carla —repitió Marilyn, con acento inglés.
—La señora Renner dice que quiere que la acompañes durante el próximo curso en Montreal.
Carla sintió el pecho bombeando con fuerza.
—¿Qué? ¿Yo…?
— You can see them. I can feel it.
—Dice que puedes verlos. Que tienes el don.
Notó un pinchazo en la garganta. Quería llorar, quería reír. Asintió, sin pensarlo , con lágrimas apretadas en los ojos. La mujer le tendió la mano, pidiendo el impreso que Carla acababa de rellenar .
—Te llamaremos en los próximos días para contarte los detalles —sentenció el hombre mientras emprendía de nuevo su marcha con aquella mujer amarrada al brazo.
Marilyn sonreía agitando los papeles a modo de despedida.
En dos días, una persona del Instituto la llamó desde Montreal. Estaban arreglando los trámites para su estancia. Solo necesitaban una señal económica que confirmara el compromiso con el programa de formación.
Carla pidió a Victoria el dinero para mudarse. No hablaría con su madre hasta más de veinte años después.