19
«La mayor brevedad posible. Una frase asquerosa. Lorena no tiene brevedad posible. Tiene minutos. Segundos, quizás».
Marc colgó. No dejó mensaje. ¿Qué iba a decir? «Hola, López, soy Marc. Lorena está atada en la casa del faro con un psicópata que huele a cloro. Venid, pero sin sirenas, que esto es personal». No. López no atendía llamadas personales. Atendía protocolos. Y esto no entraba en ningún protocolo.
Intentó de nuevo. Esta vez, a la tercera señal, alguien descolgó. Pero no era López.
—Unidad de Investigación, agente Morales —dijo una voz joven, neutra, con el eco de una sala grande de fondo.
—Necesito hablar con el inspector López. Urgente —espetó Marc, sin preámbulos.
—¿De parte de quién?
—Marc Montes.
Un silencio. Un ruido de papel .
—No aparece en su agenda para hoy. Puedo pasarle a su asistente…
—¡Es una emergencia! —cortó Marc, y notó cómo su propia voz se quebraba, dejando al descubierto el pánico que llevaba conteniendo desde que vio el zapato en el muelle—. Dile que es Marc. Él me conoce. Es importante.
El agente Morales dudó. Se oyó un murmullo, como si se hubiera tapado el micrófono con la mano. Luego, otra voz, femenina, más cercana al auricular.
—Señor Montes, el inspector López está en una reunión de coordinación. No puede ser interrumpido. Si quiere, puede dejarme un mensaje y…
—¡Que salga de la reunión! —rugió Marc, y el grito resonó en la cabina telefónica donde estaba encerrado, haciendo vibrar los cristales sucios—. ¡Es por un secuestro! ¡En la casa del faro, ahora mismo!
Otro silencio. Más largo. Luego, la voz más fría.
—Si tiene una denuncia por secuestro, puede dirigirse a la comisaría más cercana o llamar al 091. El inspector no atiende casos directos sin derivación previa.
Marc sintió un calor repentino, violento, subiéndole por el cuello. Le latían las sienes. Apoyó la frente contra la cabina telefónica, el vidrio frío aliviando un segundo el fuego interno.
—Escucha —dijo, bajando la voz a un susurro cargado de veneno—. Dile a López que si no coge este teléfono en treinta segundos, voy a ir yo mismo a esa reunión. Y no voy a llamar a la puerta.
Hubo un clic. Luego, música de espera. Una pieza de piano insípida, de esas que ponen en las consultas de dentista.
Marc cerró los ojos. Cada nota era un segundo perdido.
Cada segundo, una espiral más profunda de oscuridad para Lorena.
La imaginó y sintió un vacío en el estómago, como si le hubieran arrancado las tripas.
La música se cortó. Una voz seca, sin saludo, llena de un cansancio que no era físico, sino del alma.
—Marc. Qué mal momento.
Era López.
Marc respiró hondo. El alivio fue instantáneo, breve.
—López. Gracias. Escucha…
—No, tú escucha —lo interrumpió el inspector, y su tono no dejaba espacio—. No puedo hablar. Estamos en medio de algo gordo. Y no, no puedo desviar recursos porque a ti se te haya perdido alguien.
—¡No se me ha perdido! —gritó Marc, golpeando la cabina con el puño—. ¡La tienen! ¡En la casa del faro! ¡El tipo del Dodge! ¡El que mata a las mujeres!
Al otro lado, un suspiro largo, cargado de humo de tabaco imaginario.
—Marc. Marc… —López hablaba como si calmara a un niño—.
Lo siento por tu chica. De verdad. Pero no puedo montar un operativo porque tú tengas una corazonada.
Necesito pruebas. Necesito testigos. Necesito algo que no sea el testimonio de un chaval que…
bueno, que tiene cierto historial de antecedentes y obsesiones.
«Obsesiones». La palabra cayó como un ladrillo.
—No es una obsesión —dijo, y su voz sonó extrañamente calmada, porque la rabia había llegado a un punto de ebullición tan alto que ya no hacía ruido—. Es la realidad. Él la tiene. Y la va a matar. Hoy. Ahora.
—¿Y la fuente? ¿De dónde sale eso? —preguntó López, y Marc podía imaginárselo inclinado sobre la mesa, masajeándose el puente de la nariz, con un montón de fotos de contenedores llenos de algo ilegal delante—. ¿Un chivatazo? ¿Un testigo? ¿Algo que pueda poner en un informe?
Marc tragó saliva.
—Lo sé —fue lo único que pudo decir.
—Pues no basta —concluyó López, y su voz perdió el último resto de paciencia—.
Mira, hazme un favor. Si tienes algo concreto, algo de verdad, ve a la comisaría de la zona.
Habla con el de turno. Presenta una denuncia.
Sigue el canal. Pero no me llames a mí para esto.
Yo tengo una operación en marcha, con presiones de arriba, y no voy a arriesgarla por…
—Por una zorra del puerto —terminó Marc, y su voz era ahora un hilo de hielo—. Eso es lo que piensas, ¿no? Otra más. Una de las que sobran.
López no respondió de inmediato. Se oyó el leve chasquido de un encendedor. Una inhalación larga.
—Yo no he dicho eso.
—Pero lo piensas. Lo piensan todos. Por eso nadie movió un dedo cuando desapareció la primera.
Ni la segunda. Porque eran «eso». Zorras.
Drogadictas. Pobres diablas que se buscaron su suerte.
—Marc hablaba rápido, envenenando cada palabra—.
Pero esto es distinto, López. Este tío no es un chulo enfurecido.
Es otra cosa. Si no lo paras ahora, seguirá.
Y la próxima quizás no sea una zorra del puerto.
Quizás sea la hija de alguien que importe.
Entonces sí moveréis el culo. Cuando ya sea tarde para todo.
—Estás mal, Montes —dijo López, y su tono era definitivo, el de quien cierra una puerta—.
No vuelvas a llamarme. Y no te acerques a la casa del faro por tu cuenta.
Si hay algo allí, y te metes en medio, lo único que vas a conseguir es estropear cualquier investigación futura y probablemente que te partan la cara. ¿Entendido?
Marc no dijo nada. Escuchó el silencio al otro lado, cargado de la desaprobación silenciosa del inspector.
—Marc —añadió López, y por un instante, fugaz, casi imperceptible, hubo algo en su voz que no era desprecio, sino algo parecido a una advertencia genuina—. Déjalo. No todas las batallas son tuyas. Esta… esta te va a costar más de lo que tienes.
La línea se cortó.
Marc dejó el auricular colgando. Lo observó balancearse, golpeando una y otra vez contra la pared de la cabina, un péndulo de derrota. Al otro lado del cristal sucio, la calle seguía su curso. Un niño en una bicicleta. Una mujer con la compra. La vida, indiferente.
López no iba a venir. La policía no iba a venir. El sistema, esa máquina lenta y gris que se suponía que protegía a la gente, había tosido, había mirado para otro lado, había archivado el caso en la carpeta de «cosas que no merecen la pena».
Pero él no era el sistema. Él era un perro rabioso que no tenía nada que perder.
Salió de la cabina. El aire de la tarde era frío, cortante, con sal y diésel. Miró hacia el norte, hacia donde la ciudad se desdibujaba en la carretera costera que llevaba al acantilado, al faro, a la casa de piedra que se aferraba al borde del mundo.
López tenía razón en una cosa: ir solo era una estupidez.
Era caminar hacia una ratonera sabiendo que el gato estaba dentro, esperando.
Pero también era lo único que le quedaba.
El único gesto posible en un mundo donde todos los demás gestos —las llamadas, las súplicas, las denuncias— se habían revelado como lo que eran: humo. Teatro para tranquilizar conciencias.
Comenzó a caminar. Hacia una nave derruida, cerca del puerto, donde sabía que un tal El Gallego guardaba cosas que no debía. Cosas que, por un precio o por una amenaza, podían cambiar de manos.
El lugar era un taller fantasma. La puerta corredera estaba medio desencajada.
Dentro, el olor a aceite de motor y a humedad era denso, físico.
El Gallego, un tipo ancho como una nevera, con tatuajes de anclas descoloridas en los brazos, estaba desmontando una moto.
Al ver a Marc, no se sorprendió. Asintió con la cabeza hacia el fondo.
—Necesito algo —dijo Marc, sin preámbulos—. Algo que haga ruido.
El Gallego se limpió las manos en un trapo sucio. Lo miró de arriba abajo, evaluando la desesperación en sus ojos, la tensión en sus hombros.
—No tengo nada para ti. Lo que pides trae problemas. Y yo tengo suficientes.
—No te pido que me lo des —dijo Marc, acercándose—. Te pido que me lo prestes. O que me dejes comprarlo. Lo que sea.
—¿Y si no vuelves? —preguntó El Gallego, con una sonrisa torcida que le mostraba un diente de oro—. ¿Quién responde?
—Si no vuelvo, no te hará falta que responda nadie —respondió Marc, y su tono era tan plano, tan carente de emoción, que al otro se le borró la sonrisa.
El Gallego lo estudió un momento más. Luego, suspiró. Se acercó a un armario metálico cerrado con un candado oxidado. Lo abrió. Dentro, envuelta en un trapo aceitoso, había una escopeta recortada. Corta, brutal, sin nada de elegancia. Un martillo para romper puertas. O personas.
—Solo cinco cartuchos —dijo, entregándosela—. Y no son de fogueo.
Marc la cogió. El metal estaba frío, pesado. Un peso honesto. Le dio un fajo de billetes arrugados, todo lo que le quedaba, y una llave inglesa que había sido de su padre.
—Por si acaso —dijo.
El Gallego cogió la llave, la sopesó, y asintió.
—Buena suerte, tío. Vas a necesitarla.
Salió de la nave con la escopeta escondida bajo una chaqueta vieja que había cogido de un montón de ropa sucia. No se sentía más seguro. Solo más mortal. El arma no era una solución; era una declaración de intenciones. Un punto final hecho de acero.
Caminó. Cada paso era un latido más de la herida en su costado, un recordatorio de que ya estaba roto, pero que aún podía moverse.
Mientras caminaba, su mente no planeaba, revivía.
Se conocieron en el instituto. Dos almas quebradas en el mismo pasillo vacío. Ella con moratones que no eran de caídas; él con un silencio demasiado pesado para un chico de dieciséis. No hubo presentaciones. Solo un reconocimiento mudo: tú también estás roto.
Los años pasaron. El puerto los fue desgastando a los dos. Y en medio de la ruina, encontraron una forma cruda de consuelo.
Las noches en común no eran románticas. Eran necesidad.
Él la recibía después de un turno violento; ella lo sacudía cuando lo soltaban después de algún robo.
No hablaban. No hacía falta. Era sexo, sí, pero un sexo tan necesario como un torniquete en una herida mortal.
Un modo urgente y desesperado de tapar los agujeros, de recordar que aún estaban vivos.
Después, humo y silencio. Ninguna promesa. Solo la certeza fría de no estar completamente solos en el naufragio.
Ahora, con cada paso hacia la casa del faro, ese consuelo imperfecto era lo único que le quedaba. Y por eso, no podía dar media vuelta.
Cada recuerdo era un clavo. Cada clavo, una razón más para no dar media vuelta.
Marc avanzó por el borde del acantilado. El viento lo empujaba. La hierba le cortaba los tobillos. La escopeta colgaba pesada, un recordatorio de metal y madera. Bajo sus pies, el mar rugía sin parar, masticando rocas.
Dejó atrás la última casa. Solo quedaba el faro, recortado contra el cielo como un diente podrido.
Se detuvo. Jadeó. El sudor le corría por la espalda.
Allí estaba: la casa.
«Esto te va a costar más de lo que tienes», le susurró la voz de López en la cabeza. Tenía razón. Pero lo único que le importaba ya estaba dentro.
Desactivó el seguro de la escopeta. Clac.
Cruzó el espacio abierto en diagonal, sin intentar esconderse. Si alguien miraba, ya lo habría visto. Llegó a la pared. Piedra fría. Silencio.
Se deslizó hacia atrás. Allí, entre hierbajos, la trampilla. Madera y hierro. Un pestillo oxidado. Abierto. La miró. Era la puerta. La que bajaba a la oscuridad. A Lorena. O a lo que quedara de ella .
Un escalofrío le recorrió la columna. No era miedo. Era el instante justo antes: el último aliento de calma donde aún podía volverse y huir.
Se agachó. Apartó la maleza con una mano. Con la otra, apretó la escopeta contra el hombro, el cañón apuntando a la oscuridad.
Su corazón martilleaba. Su mente, en cambio, era un lago de hielo. Todo, el miedo, la rabia, la duda, se había fundido en un solo filo.
Introdujo los dedos en el hueco del pestillo. Metal áspero. Frío.
Contuvo la respiración.
Y tiró.