El óxido y la sangre 6
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El Balandro Oxidado respiraba lento. Como si la ciudad contuviera el aliento.

Lorena pasaba el trapo por la barra. Otra vez.

Círculos en la madera aceitunada y pegajosa.

Los mismos movimientos: vaso bajo el grifo, tirar de la palanca, espuma justa.

Los mismos clientes: marineros de manos callosas, camioneros con ojeras, algún turista perdido que acababa en esa pocilga por error.

Pero la música sonaba baja. Demasiado baja. Las risas, forzadas. Cortas. Como si a todos les remordiera disfrutar. Y las calles, al otro lado del cristal sucio, vacías. Demasiado vacías.

«Como después de una batalla. O antes. Nadie quiere ser el próximo cadáver en tierra de nadie».

—Otra ronda, preciosa —dijo un tipo con pinta de estibador. Pero su voz no tenía chulería. Sonaba plana. Como si a él también le hubieran robado algo.

Lorena asintió. Mecánica. Sirviendo la cerveza. Ojos en la calle. Nada. Ni un alma. Hora y pico de la madrugada y el paseo marítimo, desierto. Antes, a esta hora, habría mujeres caminando. Grupos riendo. Vida normal. Ahora solo sombras y farolas parpadeantes.

«Ya no salen. Nosotras ya no salimos. O salimos con el corazón en la boca, las llaves entre los dedos como un arma cutre».

—Qué quieto todo, ¿no? —le preguntó al camionero de siempre. Paco. Un hombre grande. Normalmente ruidoso.

Él ladeó la cabeza. Miró su copa .

—¿Tú te arriesgarías, Lore? Con el cabrón ese suelto... Mi mujer no sale ni a por el pan después de las siete. Y yo, la verdad, me cago en todo, pero hasta me da cosa que ella se quede sola.

Lorena asintió. Lo entendía. Lo sentía en los huesos. Un miedo nuevo. Un virus en el agua. En el aire. Un miedo que te recordaba que ser mujer era, en sí mismo, un riesgo.

—¿Y tu colega? ¿El rubio? —preguntó otro. Un hombre delgado. Siempre jugando al solitario en la esquina—. Lo soltaron, ¿no?

El comentario cayó como una losa. Todos sabían que se refería a Marc. Todos la miraron de reojo. Esperando la reacción.

«Allá vamos. La inquisición de pacotilla».

—No es mi colega —mintió. Secando un vaso con demasiada fuerza—. Y no sé nada de él.

—Espero que no ande por ahí —susurró una de las pocas mujeres en el bar. Camarera de otro local—. Con lo que está pasando... y con su historial.

Lorena apretó la mandíbula. «Su historial.

Robar. Trapichear. No violar y matar mujeres.

Eso era otro nivel de maldad». Pero no dijo nada.

¿Para qué? Atrapada. Entre el miedo de los demás, que la señalaba por asociación, y el suyo propio, que le gritaba que la siguiente podía ser ella.

Que quizá Marc era inocente, pero el monstruo seguía ahí fuera. Oliendo a perfume caro. Eligiendo.

Salió a la puerta a fumarse un cigarrillo.

Rompiendo la rutina asfixiante. El aire frío le golpeó la cara.

Cruzó los brazos. Sintiéndose observada.

Cada ruido la hacía saltar. El motor de un coche a lo lejos.

El golpe de una puerta. La ciudad, un escenario de pesadilla.

Ella, una actriz en una obra que no entendía.

«Rutina rota. Vida rota. Todo la misma miseria, pero ahora con un depredador en la manada. Y todos mirando al de al lado, preguntándose si será él».

Volvió a entrar. Apagó la colilla en el bote de aceitunas lleno de agua. Salinas la miró con gesto de pocos amigos.

—Menos humo y más currar, Duarte. La clientela no viene a verte a ti.

Ella asintió. Sumisa. Volvió a su puesto. Atrapada. Entre el miedo ajeno y el suyo propio. Entre la necesidad de dinero y el pánico a volver a casa sola. Entre la lealtad a Marc y la duda venenosa que todos le implantaban.

La rutina seguía. Pero era una cáscara vacía. Un fantasma de lo que era la vida antes. Antes de que la ciudad empezara a respirar sangre.

El taller de Mecánicos Pérez era un infierno de grasa y metal.

El aire, espeso. Gasóleo y oxígeno de soldadura.

Cáncer seguro. Marc, con las manos engrasadas hasta los codos, forcejeaba con la junta de transmisión de un SEAT 600 que parecía haber sobrevivido a tres guerras.

El sudor le corría por la sien. Mezclándose con la cicatriz.

«Ganarse el pan. Como un ciudadano de bien. Qué ironía más amarga».

A su lado, Rafa soldaba una chapa. Chispas saltando como estrellas fugaces. La radio siseaba noticias. Crisis. Transición. Y siempre, al final, las mujeres. Las muertas.

—...y exigen más controles en la zona portuaria...

Rafa apagó el soplete. Se levantó la máscara. La cara marcada por la grasa .

—Más controles —escupió al suelo, cerca de un charco de anticongelante—. Eso es lo único que saben decir. Más policía. Como si no supiéramos de qué pie cojean la mitad de esos cabrones.

Marc no dijo nada. Apretó la junta. Sintió el crujido del metal viejo. «Policías. López. Sus ojos vacíos. Sus preguntas envenenadas».

—Oye, Marc —Rafa se acercó. Bajando la voz—. ¿Y si no es un loco? ¿Y si todo esto es... otra cosa?

Marc dejó la llave. «Otra cosa. Siempre hay otra cosa. Una conspiración. Un complot. Cualquier cosa menos la verdad simple: un hijoputa suelto matando mujeres».

—¿Qué quieres decir?

—Pues lo que se comenta —Rafa miró hacia la puerta—. Hay quien dice que es un infiltrado. De los de antes. De la policía franquista. Que esto es para desestabilizar. Para crear caos. Para que la gente pida mano dura.

Marc soltó una risa corta. Amarga.

—¿Y ese infiltrado se dedica a matar mujeres en el puerto para eso? ¿Para que volvamos a tener un dictador?

—¡No jodas, hombre, es la estrategia! —Rafa, con los ojos un poco desorbitados—. Sembrar el miedo. Mostrar que el nuevo sistema no puede proteger ni a sus mujeres. Luego, cuando la gente esté asustada, dar el golpe. Volver a los tiempos de orden.

«Tiempos de orden. Como cuando a mi padre lo arrestaron por “alterar el orden público”. Lo soltaron una semana después. Con dos costillas rotas. Y el miedo metido en el cuerpo. Ese orden».

—Son tonterías, Rafa .

—¿Tonterías? —se encogió de hombros—. Tú mismo. Pero fíjate... los crímenes son... limpios. Rituales. No son los de un loco de atar. Son los de alguien que sabe. Alguien con... formación.

Marc volvió a su tarea. Apretando tuercas con más fuerza de la necesaria.

«Formación. Como la formación para pegar una paliza.

Para hacer desaparecer a alguien». La teoría era basura, pero se le clavaba en el cerebro.

Porque encajaba. Con el perfume caro. Con la inteligencia fría del señuelo.

Algo fuera del barrio. Demasiado pulcro. Y siniestro.

—Además —añadió Rafa, rematando—, ¿quién tiene más interés en que esto parezca un caos? ¿Un pobre diablo como tú, o los que quieren volver a mandar?

«Como tú. Un pobre diablo como tú». La frase le resonó dentro.

Él era el chivo expiatorio perfecto. No solo por su historial.

Sino porque era insignificante. Desechable.

Mientras, el asesino de verdad, quien fuera, quizá con una placa, seguía suelto.

Protegido por el mismo sistema que decía buscarlo.

Terminó con la junta. Se lavó las manos en un barreño con gasóleo. El líquido le quemaba los cortes. Miró por la ventana sucia. La calle estaba gris. Silenciosa. «Un infiltrado. Un policía. Un político. Un cualquiera con poder». La paranoia era un virus y él ya estaba infectado.

Pero una cosa era clara: quien fuera, estaba arriba.

No abajo. No era un desecho como él. Y eso lo hacía más peligroso.

Porque la gente miraba a los lados. Hacia abajo.

Buscando monstruos en las cloacas. Pero nadie miraba arriba.

Nadie sospechaba de los que olían a perfume caro y tenían las manos limpias.

Cogió su cazadora. Rafa le alargó unos billetes arrugados .

—Cuidado por ahí, chaval. Esto se va a poner feo.

Marc asintió. «Ya está feo». Salió a la calle.

Sintiendo el peso de la nueva teoría como una lápida más.

No sabía si el asesino era un franquista infiltrado, un psicópata o el Ratoncito Pérez.

Solo sabía una cosa: tenía que encontrarlo.

Antes de que la ciudad, y sus propios demonios, lo trituraran a él primero.

El olor a cerveza rancia se espesó de golpe.

La puerta del Balandro Oxidado se abrió de par en par.

Lorena recogía vasos. Espalda dolorida. Mente a medio gas entre el cansancio y la niebla de un par de wiskis robados.

Y entonces lo vio. Él. De pie en el marco de la puerta.

Tambaleándose. Esa misma chaqueta marrón raída que llevaba puesta desde que ella tenía uso de razón. Su tío.

«Hostias. Justo lo que me faltaba hoy. La guinda de mierda en el pastel de mi maldita vida».

—¡Lore! —rugió. Voz ronca y quebrada por el alcohol—. ¡Aquí estás, joder! ¡Tu tío te necesita y tú escondida entre cuatro paredes mugrientas!

Todos los ojos se clavaron en ellos. Los clientes habituales bajaron la mirada. Fingiendo interés repentino en sus bebidas. Sabían de qué iba la película. La habían visto antes.

Lorena apretó la bandeja contra su pecho. Como un escudo.

—No tengo nada, tío. Vete a casa.

—¿A casa? ¿A qué casa? —escupió él. Avanzando hacia la barra con pasos inseguros—. ¡Si no tengo ni para un triste cartón de vino! ¡Y tú aquí, llena de dinero, sirviendo copas a todos estos cabrones!

Se apoyó en la barra. Derramando la sal. Su aliento era una nube tóxica. Alcohol barato y odio .

—Dame veinte duros, Lorena. Lo que sea. Soy tu tío, joder.

—Ya te di la semana pasada —susurró ella. Sintiendo cómo la rabia y la vergüenza le trepaban por el cuello—. Y el lunes. Y el miércoles.

—¡Y tendrás que darme todos los días! —golpeó la barra con el puño. Los vasos temblaron—. ¡Porque yo te crie! ¡Yo te vestí! ¡Y mira cómo me pagas, puta ingrata!

La palabra «puta» resonó en el local silencioso. Alguien tosió. Lorena sintió las lágrimas. Se mordió el interior del labio hasta notar el sabor a sangre. «No. No delante de todos».

—Vete, por favor —logró decir. Con una voz que no reconocía.

—¡No me voy a ninguna parte hasta que me des lo que es mío!