El óxido y la sangre 5 #4
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—¡O un masón! —añadió otro—. ¡Mi tío, que estuvo en la guerra, decía que hacían rituales con sangre!

Marc, que había bajado a la calle, escuchaba las teorías disparatadas con una rabia sorda.

«Basura. Todo es basura». No era un satánico.

No era un masón. Era un hijoputa con una navaja y demasiado tiempo libre.

O con un motivo que nadie acababa de entender.

Pero la gente necesitaba un monstruo de cuento, no un asesino de carne y hueso.

«Prefieren un demonio. Así no tienen que mirar al de al lado».

—¡Y lo tiene que haber hecho alguien que conoce el barrio! —gritó una voz que sobresalía entre las demás—. ¡Sabe dónde no va a mirar nadie!

Todas las cabezas giraron hacia Marc. No hacía falta decir su nombre.

Sus ojos lo señalaban. Rubio. Flaco. Cicatriz.

Delincuente. Y ahora, conocedor de todos los solares y callejones.

El puzle, para ellos, estaba completo. Clavado.

El monstruo de la cicatriz. El raro. El que no saluda.

El que mira demasiado. El que no mira nada. Da igual. Es él.

Lorena vio cómo lo miraban y sintió un escalofrío. No era solo culpa por asociación. Era el miedo convertido en odio. Y el odio buscando un cuerpo donde descargar.

—Deberían encerrarlo —oyó decir a sus espaldas, en un susurro que pretendía ser discreto—. A él y a todos los de su calaña. Limpiar el barrio.

«Limpieza étnica barata. Pero sin etnias. Solo odio a lo pobre, a lo raro, a lo que no encaja».

El solar donde yacía Sonia ya no era un lugar.

Era un símbolo. Un altar donde el barrio sacrificaba su sensatez.

La policía limitaba la información, pero ya no hacía falta.

La imaginación colectiva, intoxicada por el miedo, había pintado un cuadro mucho más terrible que la realidad.

Y en ese cuadro, Marc era el demonio con una cazadora de cuero y una cicatriz en la ceja.

Lorena se volvió y echó a correr hacia el bar, pero supo que no había escapatoria.

La histeria no tenía puertas. Respiraba en cada rendija, se colaba bajo cada puerta.

El eco del grito de Sonia ya no era un sonido.

Era un sabor. El sabor a sangre y a locura que se le quedó pegado al paladar, y supo que no se iría nunca.

La noche era histeria fermentada. Lorena caminaba de vuelta a su pensión con la espalda contraída en un nudo de nervios, esquivando charcos de luz amarillenta y las sombras que parecían respirar en cada portal.

El hallazgo del cuerpo de Sonia había inyectado adrenalina pura en las venas del barrio, y ahora hasta el silencio sonaba a gritos ahogados.

Llegó a su calle, la cabeza gacha, los dedos buscando instintivamente la llave en el bolsillo como un arma. Fue entonces cuando lo vio.

Al principio, su cerebro se negó a procesarlo.

Solo una mancha. Roja. Violenta. Contra la pared desconchada de los bajos de su edificio, justo al lado del contenedor de basura en descomposición.

Parpadeó. La mancha se enfocó, formando letras.

Letras torcidas, gordas, chorreantes, como escritas con rabia o con prisa. O con ambas cosas. LA PRÓXIMA.

Se quedó paralizada. El aire se le escapó de los pulmones de golpe.

El mundo se redujo a esas dos palabras escupidas en rojo sangre sobre la pared mugrienta.

No era una advertencia genérica. No decía «CUIDADO» ni «TEMBLAD».

Decía «LA PRÓXIMA». Y ella vivía aquí. Ella era la única mujer que subía sola esas escaleras noche tras noche. «La próxima. Yo. La próxima soy yo».

Un temblor incontrolable le recorrió las piernas.

Se agarró a la verja de hierro oxidada del portal para no caerse.

La pintura todavía parecía húmeda, brillando bajo la tenue luz de la farola.

Podía casi olerla. Un olor dulzón y químico que se le metió en la garganta y le provocó arcadas.

«Alguien ha estado aquí. Mientras yo estaba en el bar, limpiando su porquería, alguien vino y me pintó la sentencia en la puerta de mi casa. En mi casa».

Miró hacia arriba, a las ventanas a oscuras de los pisos.

¿Alguien lo había visto? ¿A la señora Elvira, con sus orejas de murciélago, no se le habría escapado?

Pero no. Las persianas estaban bajadas. Las fachadas, ciegas.

En este barrio, nadie veía nada cuando convenía.

«Vieron. Pero no miraron. Mejor no meterse. Mejor que le pase a ella y no a mí».

Oyó unos pasos y se giró, sobresaltada. Era un vecino del tercero, un tipo callado que trabajaba en el matadero. Se detuvo frente a ella, mirando la pintada. No pareció sorprendido.

—Vaya —masculló, frotándose la barbilla—. Menudo mensaje.

—¿Lo... lo ha visto alguien? —logró articular Lorena, con la voz quebrada. El hombre se encogió de hombros.

—Lleva ahí un rato. Desde después de cenar, creo. La miró, y en sus ojos no había compasión, sino una curiosidad gélida. —¿Tienes problemas con alguien, chica?

«¿Problemas? ¡Si el problema está suelto y cortando cabezas!» Quiso gritárselo, pero las palabras no le salían. Solo pudo negar con la cabeza, sintiéndose más pequeña, más expuesta que nunca.

—Pues mira —dijo el vecino, bajando aún más la voz—, con lo de la Sonia y todo el jaleo... igual deberías irte un tiempo de aquí. Por tu bien. Y por el de los demás. La gente está nerviosa.

La indirecta era tan sutil como un ladrillo.

«Vete. Lárgate. No queremos tu mala suerte aquí.

No queremos que el monstruo venga a por ti a nuestro portal.

Contágiate sola». Antes de que pudiera responder, el hombre entró en el portal y subió las escaleras, dejándola sola con las dos palabras que le taladraban los ojos.

LA PRÓXIMA. No era solo una amenaza del asesino.

Era un marcador. Una diana pintada en su espalda para que todo el barrio la viera.

Para que supieran que ella era el siguiente eslabón, la elegida, la condenada.

«La próxima víctima. La próxima loca. La próxima que desaparece.

Todo en una. Embalada y lista para el matadero».

Se quedó allí, temblando bajo la luz mortecina, mirando fijamente la pintura roja hasta que las letras empezaron a bailarle en la vista.

Cada sombra a su alrededor parecía contener una respiración contenida.

Cada ruido lejano, unos pasos acercándose.

Finalmente, con un esfuerzo sobrehumano, abrió la puerta del portal y subió corriendo los escalones, tropezando en su prisa por llegar a su piso.

Al cerrar la puerta de su habitación, echó el cerrojo y se desplomó contra la madera, jadeando.

Pero ni siquiera las cuatro paredes de su miserable pensión le parecieron seguras ahora.

Porque la amenaza ya no estaba solo fuera.

Había traspasado el umbral. Se había pintado en su casa.

Le habían recordado, a ella y a todos, cuál era su lugar en esta cadena alimenticia de miseria: el siguiente eslabón.

La próxima. Y lo peor era que, en el fondo de su alma, siempre lo había sabido.

«Siempre supe que terminaría así. Con la pared gritándomelo.

Con el barrio apartándose. Conmigo sola, temblando, esperando que llegue.

La próxima. Siempre supe que la próxima iba a ser yo».