El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Dos siguen sin explicación externa completa.

En otras dos hemos encontrado indicios de servicios que no aparecen como facturados, pero todavía quiero cerrar quién recibió realmente el trabajo.

La quinta tiene una discrepancia de combustible y maquinaria que puede acabar siendo irregular o una mala documentación.

No necesito que todas sean fraude para sostener que Pilar tenía un problema real que revisar.

—Ni nosotros —dijo Irene.

La investigación del homicidio no dependía de demostrar una contabilidad paralela completa.

Bastaba con establecer qué había descubierto Pilar, qué consecuencias podía tener para Rubén y qué sabía él antes de la madrugada del jueves.

El alcance económico exacto podía necesitar más tiempo y otras diligencias, quizá incluso continuar cuando el caso de la muerte estuviera resuelto.

Andrés volvió al mensaje de las 19:17.

—«Mañana lo vemos». Después hablan a las cinco once.

Mara entendió adónde quería llegar, pero no permitió que la secuencia se cerrara por comodidad.

—Sabemos que hablan. No sabemos todavía qué se dicen en esa llamada.

—Dura poco.

—La duración tampoco nos da el contenido.

—Pero Rubén ya sabía lo de las seis anomalías.

—Eso sí.

Óscar consultó la cronología.

—Y sabía desde las diez y diez de la noche que la cuadrilla no estaría en Los Cárdenos.

Irene levantó la vista.

—Separadlo. Que conozca el vacío de la finca y que conozca la revisión de Pilar son hechos distintos. Los dos pueden acabar siendo importantes, pero no vamos a afirmar que relacionó una cosa con otra porque no tenemos una comunicación que lo demuestre.

Mara compartía el criterio. La secuencia real del crimen que terminarían sosteniendo debía nacer de pruebas convergentes, no de una narración psicológica construida desde fuera.

Podían demostrar que Rubén sabía que el sector quedaría sin trabajadores, que Pilar le había comunicado su intención de elevar seis irregularidades y que su furgoneta había pasado por D durante la madrugada.

Lo que él pensó al leer el grupo operativo o al recibir el mensaje de Pilar pertenecía a otro terreno.

Noelia señaló otro documento.

—Hay una cosa más. No cambia lo anterior, pero ayuda a entender por qué Pilar esperaba hasta el lunes.

Era una anotación de calendario. Pilar tenía previsto cerrar el viernes varias incidencias de fin de semana y preparar el lunes la revisión mensual con dirección. La referencia a los seis servicios aparecía añadida en el margen de esa reunión.

—No estaba anunciando una denuncia inmediata —explicó Noelia—. Estaba incorporando el problema a una revisión que ya existía. Eso encaja con el borrador: primero quería completar la documentación.

Mara pensó en la diferencia entre urgencia y precipitación.

Pilar no parecía haber descubierto el miércoles una gran estafa y decidido acudir a la dirección a la mañana siguiente.

Había llegado a un punto más peligroso para quien dependiera de mantener ocultas aquellas irregularidades: había dejado de aceptarlas como simples correcciones pendientes y había establecido un límite.

El lunes iba a sacarlas del ámbito operativo que compartía con Rubén.

A partir de entonces, otras personas tendrían acceso a los partes, a las rutas y a las diferencias que ella llevaba días separando.

—¿Sabemos quién recibiría la documentación? —preguntó Irene.

Noelia explicó la estructura interna sin convertirla en una lista innecesaria de cargos.

La revisión habría llegado a la dirección de la empresa y, previsiblemente, a administración para reconstruir los servicios.

Rubén, como socio minoritario y jefe de operaciones, no podía cerrar por sí solo una revisión formal sobre el uso de recursos de Andaraje si la dirección decidía abrirla.

—¿Consecuencias posibles? —preguntó Andrés.

—Eso depende de lo que se demostrara —respondió Noelia—. Si fueran errores, correcciones. Si aparecieran trabajos particulares cobrados fuera utilizando vehículos, combustible o maquinaria de la sociedad, la situación sería muy distinta.

Mara recordó a Tomás entregando el sobre a Rubén y viendo después trabajar una máquina de Andaraje en su finca sin factura de la empresa. Aquella parte ya no era hipotética.

—Al menos uno existe —dijo.

—Sí. Y tenemos que evitar que uno convierta automáticamente a los otros cinco en lo mismo.

Irene cerró la carpeta que tenía delante.

—Pero para Pilar tampoco era ya una sospecha vaga. Había seleccionado seis, había dejado de aceptar correcciones sin respaldo y había iniciado un borrador para elevarlas.

—Eso podemos sostener —respondió Noelia.

Andrés permaneció unos momentos leyendo la contestación de Rubén.

El tono escrito era profesional, incluso razonable: pedía tiempo para revisar los servicios antes de que el asunto llegara a dirección.

Si no supieran nada más, habría parecido la reacción normal de un jefe de operaciones ante una compañera que cuestionaba varios partes.

—No hay nada amenazante aquí —dijo.

—Mejor —respondió Mara.

Él la miró.

—¿Mejor?

—Más limpio. El motivo no necesita una amenaza previa. Si empezamos a buscar agresividad en cada frase porque sabemos que Pilar murió al día siguiente, acabaremos leyendo lo que queremos encontrar.