El olivar vacío (Los casos de Mara Valdés 4) Capítulo 23
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Capítulo 23

Lo que Pilar iba a contar

Noelia apareció en la pantalla con tres documentos abiertos y una advertencia antes de que nadie pudiera preguntarle qué había encontrado.

—He terminado de ordenar las notas de Pilar por fecha, pero quiero que las leamos en el orden en que las escribió, no en el que más nos conviene ahora.

Irene estaba frente al ordenador con Óscar a su derecha.

Andrés había llevado café para todos y ocupaba una silla cerca de la ventana, desde donde apenas podía ver la pantalla sin inclinarse.

La tarde seguía cayendo sobre Jaén con una luz blanca que parecía inmóvil, aunque dentro de la sala el aire acondicionado mantenía una temperatura tan constante que costaba recordar el calor de Los Cárdenos.

—Empieza —dijo Irene.

Noelia amplió el primero de los documentos.

Era el correo que ya conocían, enviado por Pilar el miércoles 21 a las 18:42, unas diez horas antes de que llegara a Los Cárdenos.

Solicitaba a administración los resúmenes de combustible, horas de maquinaria y asignaciones de varios vehículos para completar una revisión de partes pendientes.

Hasta ese momento lo habían utilizado para demostrar que las anomalías no eran una construcción posterior a su muerte: Pilar estaba trabajando realmente sobre aquellas diferencias y había pedido información adicional por los canales ordinarios de la empresa.

—Esto sigue diciendo exactamente lo mismo que decía el domingo —explicó Noelia—. No acusa a nadie, no habla de fraude y no menciona ninguna reunión con dirección. Lo importante empieza después.

Abrió una copia de las notas que Pilar guardaba en su carpeta de trabajo.

No era una libreta personal ni un diario, sino un conjunto de hojas impresas y anotaciones utilizadas para seguimiento de servicios.

En una de ellas aparecían seis referencias que coincidían con las anomalías que Noelia había terminado aislando dos días antes.

Mara reconoció las fechas.

Eran los mismos seis servicios.

Junto a varios figuraban preguntas breves sobre rutas, combustible o maquinaria.

En otros, Pilar había añadido iniciales y una indicación para comprobar quién había autorizado la corrección.

Al final de la hoja había una anotación más extensa que Noelia había preferido no interpretar hasta relacionarla con los documentos correspondientes.

—La escribió el miércoles por la tarde —dijo—. La secuencia de impresión y los archivos de los que procede la sitúan después de revisar los últimos partes. No puedo daros el minuto en que cogió un bolígrafo, pero sí que esta hoja ya estaba así antes de que enviara el correo de las 18:42.

Amplió la imagen.

La letra de Pilar era pequeña y bastante regular. Había escrito:

Seis servicios sin justificar bien. Revisar con R.C. No corregir más sin respaldo. Si no queda claro, lunes a dirección.

Andrés acercó la silla.

—R.C.

—Rubén Cañada es la única persona de la plantilla con esas iniciales —dijo Noelia—.

Eso ya lo comprobamos con la anotación del sexto servicio, pero quiero mantener la misma cautela: la hoja no dice «Rubén ha robado».

Dice que necesita revisar con R.C. seis servicios y que no piensa seguir corrigiendo sin respaldo.

Mara leyó la última parte de nuevo.

Lunes a dirección.

Hasta entonces sabían que Pilar estaba investigando irregularidades internas y que una de ellas ya había resultado ser un trabajo cobrado directamente por Rubén utilizando recursos de Andaraje.

Lo que todavía no podían fijar era hasta dónde había llegado Pilar en su decisión de comunicar el problema.

Aquella nota empezaba a responderlo.

—El lunes era el veintiséis —dijo Irene.

—Sí —respondió Noelia—. Cuatro días después de su muerte.

Óscar señaló la pantalla.

—Puede ser una intención. No sabemos si llegó a decírselo a Rubén.

—Eso viene ahora.

Noelia cerró la imagen y abrió un intercambio de correo interno entre Pilar y Rubén.

La conversación había empezado el martes por una cuestión ordinaria: la corrección de un parte de maquinaria cuyo horario no coincidía con el servicio comunicado inicialmente.

Rubén había propuesto ajustar la hoja porque, según su explicación, el equipo había cambiado de finca durante la jornada y parte del tiempo estaba imputado al lugar equivocado.

Pilar había respondido sin mostrar sospecha. Pedía confirmar quién ordenó el traslado y dónde había trabajado realmente la máquina.

La conversación continuaba el miércoles.

—Hasta aquí es una discusión profesional perfectamente normal —dijo Noelia—. He revisado correos anteriores entre ellos y hablan así muchas veces. Pilar pregunta, Rubén explica, se corrige el parte si hay una razón y se archiva.

Mara siguió el intercambio en la pantalla. El tono no tenía hostilidad y tampoco parecía el comienzo de una ruptura entre dos personas que llevaban quince años trabajando juntas. Precisamente por eso el último mensaje destacaba más.

Pilar lo había enviado a las 19:17 del miércoles.

Noelia lo leyó completo, sin resumirlo:

—«He separado seis servicios que no puedo cerrar con las explicaciones que tengo. No voy a seguir pasando correcciones sin justificante de ruta, cliente o trabajo. Mañana lo vemos y, si no queda aclarado, el lunes lo llevo a dirección con la documentación.»

Andrés dejó el vaso de café.

—Se lo dijo.

—Sí —respondió Mara.

No necesitaban inferir que Rubén conociera la intención de Pilar. El mensaje lo establecía de forma directa.

Irene preguntó:

—¿Contestó?

—A las 19:29.

Noelia abrió la respuesta. Era breve, pero no tanto como para limitarse a un acuse de recibo.

Rubén decía que algunas diferencias tenían explicación, que varias procedían de cambios comunicados tarde y que no tenía sentido elevar un problema operativo antes de revisar juntos los servicios. Terminaba proponiendo hablar al día siguiente.

No había amenaza, enfado explícito ni petición de destruir documentación.

—¿Menciona Los Cárdenos? —preguntó Óscar.

—No.

—¿Fija una hora?

—Tampoco.

Mara agradeció que el intercambio terminara ahí.

Una cita escrita para las cinco de la mañana en Los Cárdenos habría simplificado el caso hasta hacerlo menos creíble y, además, habría contradicho la secuencia que ya conocían: Pilar había llegado a la finca por sus propios motivos, había sido vista viva por Mateo y solo a las 05:11 había hablado por teléfono con Rubén.

—Entonces «mañana lo vemos» no demuestra dónde iban a verse —dijo.

—Ni cuándo —respondió Noelia—. Solo demuestra que ambos sabían que la revisión seguía abierta.

Irene pidió volver al mensaje de Pilar.

—Quiero separar dos cosas. Una es que había encontrado seis servicios que no podía justificar. Otra, que pensaba llevarlos a dirección el lunes si Rubén no los aclaraba.

—Correcto.

—¿Tenemos algo que demuestre que no era una frase escrita en caliente y olvidada después?

Noelia asintió y abrió el tercer documento.

Se trataba de un borrador de correo guardado en la cuenta profesional de Pilar.

No había sido enviado. El destinatario era una dirección interna de la empresa vinculada a gerencia y el asunto decía simplemente: Revisión de partes pendientes .

El cuerpo del mensaje era todavía incompleto y contenía varias frases sin terminar, pero permitía entender qué preparaba.

Pilar había escrito que necesitaba revisar seis servicios en los que las horas, el combustible o el movimiento de vehículos no coincidían con la documentación disponible.

Añadía que antes del lunes intentaría completar la información con operaciones y que, si las diferencias se confirmaban, entregaría las hojas y los respaldos correspondientes para una revisión formal.

No aparecía la palabra fraude.

Tampoco el nombre de Rubén.

—El borrador se guardó automáticamente a las 19:34 —explicó Noelia—. Cinco minutos después de que él respondiera.

Mara acercó la silla para leer mejor. La secuencia era bastante clara sin necesidad de adornarla: Pilar comunicaba a Rubén que había seis servicios pendientes y que no continuaría corrigiéndolos sin soporte; él pedía revisarlos antes de llevar el asunto más arriba; pocos minutos después, ella empezaba a preparar un correo para dirección.

—No llegó a enviarlo —dijo Andrés.

—No —respondió Noelia—. Y eso importa. Dirección no recibió esta comunicación antes de su muerte, al menos no por este canal.

—¿Hemos comprobado otros? —preguntó Irene.

—Correo, documentación compartida y registros internos disponibles. No aparece ninguna elevación formal anterior sobre estas seis anomalías. Puede haber hablado con alguien sin dejar rastro, pero no tenemos evidencia de ello.

Mara observó las tres piezas juntas. La nota manuscrita mostraba la intención; el correo a Rubén demostraba que él la conocía; el borrador sin enviar confirmaba que Pilar había empezado a preparar el paso siguiente.

No hacía falta atribuirle una certeza absoluta sobre un delito que quizá todavía estaba investigando.

De hecho, resultaba más coherente con todo lo que habían aprendido sobre ella que pretendiera comprobar antes de acusar.

Pilar conocía demasiado bien el funcionamiento de las jornadas agrícolas como para tratar cada desajuste como una apropiación.

Sabía que una avería, un cambio de finca, una espera o una decisión tomada por teléfono podían alterar cualquier parte sin que existiera fraude.

Había descartado decenas de diferencias por razones normales.

Solo seis habían sobrevivido.

Y al menos una de ellas ya había terminado en un agricultor que reconocía haber pagado directamente a Rubén por un trabajo realizado con recursos de Andaraje.

—¿Qué sabemos de las otras cinco a esta hora? —preguntó Mara.

Noelia cambió de carpeta.