Capítulo 103
No abro los ojos porque pesan demasiado.
Escucho un sonido constante. Rítmico. Artificial.
Intento moverme, pero algo no responde como debería.
El brazo… la pierna… no sé qué es, todo falla.
Respiro. El aire entra frío, demasiado limpio.
Noto dolor. No de golpe. Poco a poco. Como si alguien estuviera encendiendo fuego bajo mi piel.
Empieza en los tobillos, sube por mi cuerpo y me late en los brazos. Profundo. Denso.
Hago un esfuerzo supremo y abro los ojos.
La luz es blanca. Demasiado blanca. Parpadeo varias veces, pero las formas no acaban de definirse. Veo el techo. Creo que hay tubos. Una pantalla con líneas que suben y bajan.
¿Es un hospital?
Mierda. ¿Qué carajos ha pasado esta vez?
Trago saliva. Me quema la garganta.
Recuerda, Quim, por el amor de un dios.
Recuerda.
Pasado remoto. Hierba. Salto al presente.
Puede que al volver me ocurriera algo malo y me encontraran en la playa medio muerto. Quizá calculé mal el salto y en lugar de la arena aparecí en el agua y me ahogué. No lo sé. No lo recuerdo. Pero está claro que algo ha sucedido porque creo que estoy en una cama de hospital.
Espero al menos estar en la consulta de David.
Me fijo mejor y no reconozco la habitación. Esta no es la consulta de mi amigo. Y eso me preocupa porque quiere decir que no estoy entre mi gente de confianza.
Intento incorporarme, pero el cuerpo no responde. Tampoco puedo mover el brazo, tengo una vía clavada. La mano y el antebrazo hinchado, amoratado. Igual que la otra muñeca.
—Quim… tranquilo.
Giro la cabeza con esfuerzo.
Una figura vestida de blanco se acerca.
Veo algo borroso.
—Estás a salvo.
Es la voz de un hombre.
Mi mente va más lenta que el mundo.
—¿Dónde…? —intento preguntar, pero no puedo.
La voz me sale seca, rota.
—Te encontraron en la playa en muy mal estado. Has tenido mucha suerte.
Suerte. Los cojones.
Cierro los ojos un segundo.
Escucho unas voces a lo lejos.
Alguien entra corriendo en la habitación.
—¡Quim! —grita una mujer.
Intento abrir los ojos. Me cuesta horrores.
Noto que me coge de la mano. Está caliente.
Enfoco la vista con esfuerzo y comienzo a ver su cara.
No la reconozco. Miro al médico. Tampoco.
Ellos sí me conocen, pero yo no.
—¿Quién eres? —logro preguntar.
Me quema la garganta.
—Soy Lucía, cariño.
Una oleada de terror absoluto me invade de repente.
Sé quién es Lucía. Ella no es mi Lucía.
Miro al tipo de la bata blanca.
—Soy David, tu amigo. El médico.
Y una mierda. ¿Qué está pasando?
Estos tipos deben de tener como sesenta años o más.
—Quim, mi vida, ha pasado mucho tiempo desde aquel día que fuimos a la playa y saltaste al pasado.
Ella no puede ser Lucía.
Es muy mayor. Tiene el pelo cano y arrugas.
Pero veo sus ojos, su media sonrisa, su voz.
—Apareciste en el mismo lugar. Sin sentido. Con convulsiones. Menos mal que te estábamos esperando con un vehículo médicamente equipado —indica el que habla como mi amigo David, pero que parece su padre—. Diez minutos de retraso y no lo cuentas.
Bebo un poco de agua.
No me jodas que he estado perdido en el tiempo como lo estuvo mi padre durante ocho años. Pero por ellos parece que han pasado cuarenta. No puede ser.
—¿He estado perdido en el pasado?
—No. No has estado perdido.
Lucía me da un espejo.
Me miro. Cuesta, no veo bien.
Enfoco la vista y me veo. Estoy igual que el día que salté a la Quimcueva. Es como si no hubiera pasado el tiempo. Yo soy un cuarentón, ellos son abuelos.
—Para nosotros han pasado más de treinta y cinco años desde que saltaste desde la playa —me informa el doctor.
—Cariño —dice ella—, has saltado al futuro.
FIN