El Odio Inoculado Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

A la pálida luz de Pitu, que recuperaba lentamente su intensidad original, procedí a limpiar mis heridas de la sien con un trozo de tela.

El dolor físico era real y punzante, pero el silencio sepulcral de los matorrales traía de vuelta, de forma inevitable, el rugido devorador del río.

Vi de nuevo, proyectada en la penumbra del desierto, la mano pequeña de Libertad hundiéndose impotente en el raudal; —un aparecido herido que me perseguiría sin tregua hasta las calles de Bilbao.

— Acaricié el lomo tenso de Cuashpo. Cada nueva cicatriz en nuestra piel era ahora una marca sagrada: la vida remanente que nos quedaba en el pecho debía alcanzarnos, por la fuerza o por la maña, para rescatar a Len de sus captores.

Nos permitimos ser frágiles y humanos solo durante unos breves minutos, antes de que la madrugada de Texas nos obligara a transformarnos, otra vez, en sombras clandestinas en busca de justicia.

02 de noviembre de 1905

Colorado, Estados Unidos

El cansancio acumulado, pesado y denso como una mortaja de plomo, reclamaba finalmente su tributo.

Cada paso hacia el frente se convertía en una batalla encarnizada, ganada a base de espasmos involuntarios que hacían vibrar mis fibras musculares; un recordatorio punzante de que el cuerpo del hombre tiene límites físicos, pero la voluntad del padre no.

Pitu se mantenía en resguardo, reducida a una brasa tibia en el fondo de mi bolsillo.

Cuashpo caminaba a mi lado, movida únicamente por el hilo invisible de mi mando; sus patas dejaban huellas torcidas sobre una arena hostil que castigaba la mirada con su monotonía gris.

El viento del norte me hería la piel descubierta como si fuesen mil agujas de hielo.

El sendero desértico estaba marcado de manera siniestra: restos de equipajes abandonados que alguna vez contuvieron vidas enteras, zapatos gastados y sin dueño apuntando de forma fija hacia el norte, y jirones de ropa que ondeaban en los espinos como banderas de una rendición absoluta.

Era el rastro evidente de un calvario humano que la luna alumbraba con una crueldad de plata, blanqueando los huesos olvidados en la sombra.

Comprendí, con un nudo en la garganta, que no podíamos detenernos ante los muertos sin entierro; hacerlo significaba poner nuestra propia vida en la balanza del olvido.

El agotamiento extremo cobró su deuda de sangre.

Mis rodillas cedieron por completo y el cuerpo se hundió sin amortiguación entre matorrales de espino rudo.

En medio de ese silencio sepulcral, supe que me encontraba confinado en una prisión mucho más peligrosa que el calabozo de piedra: mi propia alma, un territorio comanche donde el deber y el sentir libraban una guerra de desgaste destructiva.

Me vi suspendido en el hilo delgado que separa la resistencia del descanso eterno; allí justo donde la lógica implacable de los Tumal se vuelve extrañamente tentadora.

¿De dónde se extraen las fuerzas remanentes cuando el diseño del cuerpo se ha vaciado por completo?

El corazón, ese peón ciego que no entiende de fronteras geográficas, dictó las prioridades de la supervivencia.

Me refugié conscientemente en el triángulo perfecto entre el pensar, el sentir y el andar: la única trinidad que me llevaría con vida hasta donde estaba Len.

La oscuridad del desierto me tragó. En mitad del delirio provocado por el hambre, deseé con todas mis fuerzas estar bajo la lluvia limpia de estrellas de Apaneca.

Entonces, el cielo pareció empezar a llorar.

Luces bendecidas se desprendieron del firmamento nocturno.

Al ritmo sincopado de cada estrella fugaz, convoqué en mi mente todo lo hermoso que aún guardaba en el pecho, forjando un escudo protector contra la ponzoña desesperanzada de las advertencias de Nacho.

Esa noche me encontraba completamente solo en el mapa oficial de los hombres, pero dormía guiado por los astros antiguos de la Guela.

En mitad del delirio, mi mente regresó a una noche lejana de mi juventud.

Éramos seis muchachos armados con cohetes de pólvora casera, listos para asustar a los viejos en mitad de una procesión; jugábamos a ser guerreros de la montaña y yo oficiaba como el vigía del grupo.

De pronto, el aire de la noche cambió de golpe; se volvió espeso, cargado con el olor metálico y denso del cobre.

Del techo de hojas de nuestra guarida secreta empezó a brotar una sustancia pastosa.

Mis amigos huyeron despavoridos ante el mal agüero, pero yo decidí quedarme en el sitio.

Allí abajo descubrí la verdad: no era sangre, sino el jugo viscoso de un nido de serpientes que se retorcían ciegas sobre nuestras cabezas.

—¡Wow! ¡Wow!

El ladrido de Cuashpo cortó el hilo del sueño como un hachazo certero.

No me encontraba en la montaña sagrada de mi juventud, sino sobre el suelo enemigo del destierro norteamericano.

Cuatro víboras de cascabel nos rodeaban en abanico, buscando ávidamente nuestro calor corporal en mitad de la noche gélida.

Cuashpo permanecía completamente paralizada, con las pupilas fijas en el balanceo letal y rítmico de las cabezas cornudas; de su hocico brotó un gruñido ahogado, un llanto de miedo puro que le hacía vibrar la caja torácica.

Pitu, comprendiendo la inminencia del peligro, comenzó a parpadear con destellos esmeralda, erráticos y violentos; una luz estroboscópica que confundía los sensores térmicos de las víboras.

Sentí la tensión recorrer mis tendones como cables de acero trenzado.

Me despojé de los capotes pesados con un movimiento felino y, con la puntería calculada de un montero, los lancé sobre el nido agresor.

Antes de que las estructuras escamosas pudieran zafarse de la lana, el tacón rígido de mi bota —costroso de lodo seco y endurecido por el frío del calabozo fronterizo— cayó con todo el peso de mi anatomía justo entre los ojos de la culebra mayor.

Siguieron minutos de una matanza estrictamente necesaria; una lucha a ciegas, sorda, crujiente y brutal bajo la tela gruesa.

Sentía perfectamente los latigazos eléctricos de los cuerpos rompiéndose bajo el cuero de mis botas, hasta que el último movimiento espasmódico cesó por completo.

Cuando el silencio regresó a la arboleda, manchado de sangre fría y veneno estéril, miré fijamente a mis compañeras de ruta:

—A comer —sentencié con la voz endurecida—. Incluso el desierto tiene la obligación de darnos vida.

Aquel manjar improvisado, crudo, amargo y viscoso, nos devolvió de golpe la energía que el mando ciego de los hombres pretendió arrebatarnos en la raya.

Saqué con cuidado la manta artesanal de la Guela, ese mapa sagrado de hilos entrelazados y astros antiguos que custodiaba mi verdadera historia; el tejido seguía mudo y rígido ante mis ojos, desprovisto aún de sus colores vivos.

La guardé con firmeza contra el pecho, sintiendo el contacto frío y metálico de la llave sobre la piel de mi esternón.

Con el norte magnético grabado a fuego en los huesos, emprendimos de inmediato la ruta ascendente hacia las cumbres escarpadas de Colorado.

—Creen que soy exactamente el mismo hombre que salió derrotado de Apaneca hace semanas —pensé para mis adentros, mientras el sudor frío de la caminata me bañaba las facciones de la cara—.

No saben que las culebras del desierto me acaban de regalar su piel protectora.

No saben que las paredes del calabozo de hielo congelaron para siempre mi duda humana y la volvieron una piedra preciosa. —

Bebí el último trago de agua, el vacío del desierto intentaba borrarme con su inmensidad monótona, pero yo utilizaba esa misma nada para forjarme a mí mismo como un arma de precisión y puntería.

—Ya no tengo sed, Cuashpo —dije en voz alta, poniéndome en pie con una rigidez articular que hizo que mis huesos crujieran secos, semejantes a la madera vieja de un barco a punto de zarpar.

Ella soltó un ladrido débil pero firme en la penumbra, reconociendo al instante ese tono inequívoco de mando que solo poseen los líderes de manada y los locos legítimos.

Emprendimos la marcha forzada abriendo brecha donde antes no existía absolutamente nada.

Recorrimos leguas enteras de caminos que nosotros mismos creábamos a golpe de bota, surcando la inmensidad de la tierra.

La luz esmeralda de Pitu, convertida ahora en un faro constante y estabilizado, cortaba la bruma densa de la montaña y guiaba nuestro avance por senderos clandestinos que jamás figurarían en los mapas geográficos de los hombres.

Nosotros no seguíamos una ruta preestablecida; estábamos trazando, paso a paso, nuestra propia sentencia de justicia.

Subí a la cumbre rocosa y miré hacia atrás por última vez.

Mis huellas se borraban casi al instante, devoradas por el hambre eólica del desierto.

Era mejor así. El hombre desvalido que alguna vez pidió auxilio en el refugio de los ciegos ya no existía en este mundo.

El guerrero nacía ahora en mitad de la nada, forjado en la pura necesidad y vestido con las escamas de la víbora.

Colorado surgió ante nosotros como una promesa mineral que ocultaba una trampa perfecta de oro y sangre.

Era un laberinto de madera y codicia, parido por la fiebre ciega del metal.

Buscamos con urgencia la calle Sabana, número veintiocho: el punto exacto del mapa donde la esperanza debía tener rostro de hombre.

Pero al doblar la esquina adoquinada, el aire de la tarde se espesó de golpe con el rastro inconfundible de la muerte reciente.

Hombres vestidos de estricto luto, exhibiendo la rigidez marcial de los soldados de la Estirpe, entraban y salían de la vivienda en un movimiento oscuro y coordinado.

No eran deudos llorando la pérdida de un ser querido; eran piezas ejecutoras de una maquinaria institucional que celebraba su caída.