Capítulo 6 #2
Sin embargo, en la última página, oculto astutamente bajo un pedazo de papel roto, Len custodiaba un secreto absoluto.
Allí, lejos del alcance de los ojos inquisitoriales que todo lo vigilaban, había dibujado una chuchita de trazos torpes y una llave antigua.
No sabía qué significaban exactamente; el nombre de Cuashpo se le había escapado irremediablemente por las grietas del miedo, pero la simple contemplación de esos dos dibujos le hacía doler el esternón de una forma que no lograba explicarse.
De pronto, el veneno inoculado de la tarde empezó a obrar su efecto.
Len agarró con fuerza el borrador de caucho y, con una urgencia desesperada y violenta, comenzó a tallar el dibujo de la chucha hasta que la fricción rompió el papel por completo.
Si dolía recordar, era porque el recuerdo constituía una trampa.
Si el hombre del volcán infundían pavor, era infinitamente mejor que no existieran en este mundo.
Mientras en la densa penumbra del «calabozo de hielo» yo me aferraba con uñas y dientes a su nombre para no morir, mi hijo, allá en las calles grises de Bilbao, intentaba desesperadamente mantener viva mi imagen para aguantar el frío industrial de su nueva vida.
El odio inoculado, administrado por la Estirpe gota a gota, le estaba ganando la batalla final a su alma infantil.
Pasaron las horas o quizás los días; en aquel sumidero fronterizo el tiempo no avanzaba de forma natural, sino que se pudría en las esquinas.
Los guardias golpeaban rítmicamente las rejas con varas de metal pesado, un estruendo metálico y ensordecedor diseñado expresamente para que el nombre de nuestros hijos se desvaneciera de la memoria.
Pero yo transformaba mentalmente cada impacto: un golpe para los Tumal, un golpe para romper la distancia, un golpe para el reencuentro definitivo. Aquel eco era mi contador de venganza.
En la soledad helada de la celda, rodeado por el llanto agónico de otros padres que habían perdido a los suyos en mitad de los matorrales o bajo el peso ciego de la ley, comprendí finalmente la verdadera ralea del enemigo.
Los Tumal no eran simples personas con rostro; eran el frío sucio que se colaba por las rendijas de la mampostería, el mando autómata que me despojaba de mi identidad para llamarme por un número de registro. Eran el vacío mismo.
Cerré los ojos con fuerza. Si este sistema pretendía ser un témpano de hielo infranqueable, yo me convertiría en el iceberg dispuesto a romperlo desde sus cimientos.
Dejé de llorar. El dolor punzante de la herida en mi sien se transformó en la claridad de un río crecido que construye a la fuerza un nuevo cauce.
—Len —susurré con la boca pegada al suelo de piedra——. No te estoy buscando, hijo. Estoy llegando.
Resultaba una ironía sangrienta: yo había dedicado años enteros de mi vida a rescatar muchachos de estos mismos cuartos fríos en el sur; ahora era yo quien yacía doblado en las entrañas del monstruo.
Pero mi cuerpo no sabe rendirse. Mi juicio remanente se enfocó por completo en la fuga: el conducto obturado de la cloaca representaba la única salida viable.
Escarbé la piedra caliza con las leznas de acero que llevaba camufladas en el forro oculto del cinto, las mismas herramientas rudimentarias que solía usar para remendar aperos de labranza en las tierras de Apaneca.
Cuando el hueco cedió finalmente al ancho de mis hombros, me descolgué hacia la inmundicia de la alcantarilla.
Caminé exactamente sesenta y tres pasos exactos por aquel río de podredumbre, con el fango espeso cubriéndome los tobillos, hasta alcanzar un desagüe de reja que desembocaba en una poza abierta.
La huida definitiva estaba a un solo salto de distancia… pero decidí volver.
No podía cometer la cobardía de dejar atrás a mis compañeras de manada.
Regresé sobre mis pasos a la tumba de piedra.
Cuando finalmente abrieron la puerta de la celda para conducirme al interrogatorio formal, los oficiales no vieron a un caminante derrotado por la raya.
Vieron a un hombre cuyos ojos ya no pertenecían a la nostalgia de la montaña, sino al acero frío de Bilbao.
El encierro no me había quebrado; me había templado los tendones.
El odio que pretendían inocularme se quedó fuera, disuelto en el barro del río.
Dentro de mi cráneo, solo quedaba espacio para el plan.
Me arrastraron con violencia hasta una silla de hierro remachada al suelo.
Frente a mí, un verdugo burocrático repetía la misma letanía monocorde: —No sos bienvenido aquí.
— Soporté insultos raciales y golpes secos que mi mente se negó a procesar.
Mi cuerpo era una cuerda de piano tensada al límite, una estructura de músculos hipertrofiados y nervios en tensión que vibraba con el deseo animal de saltar sobre sus gargantas y quebrarles el cuello de un solo tiento; sin embargo, mi voluntad indomable impedía el espasmo.
Mis manos, firmemente cerradas sobre los muslos, eran dos piedras inertes que ocultaban la tormenta.
Los miré fijamente de frente. Mis ojos no imploraban clemencia, sino que los diseccionaban miembro a miembro con la fría precisión de un carnicero en el rastro. Era una advertencia silenciosa: —Todavía no.—
Entonces, colgado en el cinto de cuero de un guardia, divisé un brillo verde y eléctrico: Pitu.
Estaba encerrada en un frasco grueso de vidrio; una prisión transparente para mi luz.
De inmediato, activé la maña y fingí un ataque violento de alferecía.
La espuma amarga brotó de mis labios y los ojos se me perdieron en el blanco de las órbitas.
En mitad del alboroto y el pánico de los celadores, mis dedos alcanzaron el objetivo.
Estrellé el frasco contra el suelo de cemento, haciéndolo añicos con una fuerza física que no sabía que poseía.
Pitu voló libre hacia mi espalda y clavó sus patas místicas en la aspereza de la arpillera. La luz estaba recuperada.
De regreso a la estrecha celda, con Pitu latiendo febrilmente sobre mi hombro herido, el aire denso del calabozo se transformó de inmediato en un muro de plomo.
El sudor frío me bajaba en hilos por las sienes, arrastrando a su paso el polvo gris del encierro y el sabor metálico y rancio que me había dejado el interrogatorio.
Mi cuerpo, que hace apenas un instante se comportaba como una cuerda de piano a punto de reventar frente a los guardias aduaneros, ahora vibraba con un temblor residual e incontrolable; un agotamiento extremo de animal acorralado.
Tenía la camisa de manta pegada a la piel de la espalda y el corazón golpeando la caja torácica con una arritmia violenta y desordenada.
Sabía perfectamente que Cuashpo permanecía recluida en las jaulas de los animales capturados por la frontera.
Para alcanzarla y sacarla de allí, debía cruzar de nuevo el conducto obturado de la cloaca, pero el tufo letal de aquella podredumbre industrial resultaría mortal para la luz mística de Pitu.
Tuve que recurrir a una maña desesperada y cruel.
Cerré los ojos con fuerza y convoqué a mis propios demonios internos.
La asusté de muerte inyectándole directamente en su flujo espiritual recuerdos de ceniza, fuego negro y devastación; visiones del mundo desmoronándose afuera bajo la obra de los Tumal, y mezclé bruscamente ese horror con la memoria diáfana de la poza clara donde solíamos nadar y jugar junto a Len allá en la cordillera.
El choque entre la pureza del recuerdo y el espanto inoculado provocó un relámpago de dolor insoportable en su pequeña naturaleza.
Pitu se desmayó inerte en mi regazo, apagando por completo su brillo esmeralda para protegerse de mi propia mente envenenada.
En mitad de la oscuridad total de las alcantarillas, solo quedamos el hedor insoportable del fango y mi respiración rota.
Atravesé el caño de piedra a ciegas y salté finalmente a la poza exterior.
Corrí agazapado hacia el sector de las jaulas, que lucían una pulcritud estéril y blanca, una limpieza administrativa que resultaba mucho más insultante que la inmundicia de mi propia celda.
Con un chiflido sordo y quebrado llamé a Cuashpo.
Ella se puso alerta al instante; Pitu despertó de su letargo con un destello débil para calmar sus instintos y, en un parpadeo, ganamos el exterior del recinto fortificado.
Cuashpo se acercó y me olfateó con urgencia, buscando desesperadamente en mi ropa el rastro familiar de Len; al no hallarlo en mi piel, retrocedió de golpe, asqueada por mi nuevo olor a lodo de alcantarilla y a muerte.
Retomamos la marcha forzada bajo un firmamento gélido, cubierto por millones de estrellas fijas que nos miraban con absoluta indiferencia.
El morral con las provisiones de viaje se había quedado atrás en la requisa, pero mi preciado petate seguía conmigo, oculto astutamente bajo el doble fondo del capote.
Nos detuvimos finalmente en una arboleda espesa y tupida para reclamar, al menos, un retazo de hogar en aquella tierra extraña.
Extendí el petate sobre el lecho de hojas secas; su tejido artesanal, profundamente impregnado de humo de leña y de rituales antiguos de la montaña, se convirtió esta noche en mi único mapa de navegación.