El Odio Inoculado Capítulo 5 #6
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Capítulo 5 #6

Pitu señaló con un destello violeta hacia un punto ciego donde la superficie parecía amansarse.

Ambos sabíamos que cada maldita rama que crujiera bajo nuestras botas podría convertirse en la señal acústica que convocara a los fusiles desde la penumbra.

Entramos en el cauce con una lentitud milimétrica.

El agua del Río Bravo no fluía de manera natural; rugía con un hambre antigua, barrida intermitentemente por los focos de unas lanchas patrulleras que se movían de un lado a otro como depredadores buscando carne fresca que devorar.

Fue entonces cuando el cansancio extremo, ese astuto engañador de almas, me regaló un breve sueño despierto: por un segundo de debilidad, yo ya no estaba allí.

Nadaba plácidamente junto a Len en una poza de aguas claras rodeados de patos allá en Apaneca, bajo un sol de justicia que nos prometía la vida eterna a los dos.

Pero el Río Bravo me golpeó de inmediato con un latigazo de agua helada, rompiendo en mil pedazos el cristal ilusorio de mi nostalgia.

Me aseguré con desesperación de que Libertad se amarrara firmemente a mis hombros con el lazo del viejo y de que Cuashpo fuera bien sujeta a mi costado.

Me adentré de lleno en la corriente, pero la fiera líquida despertó rugiendo al primer paso.

Por cada vara ganada a pulmón hacia el Norte, la masa negra nos empujaba diez varas hacia abajo, hacia el olvido total, como si la tierra misma se negara en redondo a dejarnos escapar de su dominio.

El agua, densa, pesada y negra como la mismísima ponzoña de los Tumal, invadió de golpe mi garganta, negándome el resuello.

El impacto brutal de troncos a la deriva y restos de naufragios invisibles me golpeaban la cabeza sin piedad, desorientándome por completo y convirtiendo mi cráneo en una campana de dolor sordo.

En mitad del oleaje turbio, mi rostro chocó de frente contra algo blando y gélido: el cadáver flotante de un hombre que iba a la deriva como madera vieja.

Su mirada blanca, fija e inexpresiva en un cielo que ya no veía, se clavó en mis pupilas como una advertencia final del desierto: —Aquí no hay familias, salvadoreño; aquí solo existen los que quedan vivos. —

Entonces, el río decidió reclamar sus despojos.

Un remolino invisible y subterráneo me succionó los pies, y de repente, el cielo nocturno desapareció de mi vista.

Me hundí sin remedio en un abismo absoluto de fango, cieno y frío ártico.

Bajo la superficie, el silencio era aterrador; perdí por completo la noción de dónde se encontraba el Norte y dónde la superficie.

La orientación espacial se disolvió en una amalgama asfixiante de burbujas y desesperación pura.

Mis pulmones empezaron a arder con violencia, reclamando un aire que simplemente no existía en esa tumba fluida.

Sentí el peso inerte de Libertad amarrada a mi espalda; un ancla física que me arrastraba directo hacia el fondo del lecho, pero que, al mismo tiempo, representaba lo único en el mundo que me recordaba por qué mi cuerpo no debía dejar de luchar.

Manoteé a ciegas en la penumbra acuática, mis uñas arañando la densidad del líquido, mientras la corriente me estrellaba el torso contra rocas sumergidas que se sentían exactamente como los dientes de obsidiana de aquel maldito engendro de Añareta.

La rabia, una furia animal nacida del miedo más puro y primitivo, estalló finalmente en mi pecho.

No podía morir ahogado en este tajo de lodo.

No podía permitir bajo ningún concepto que el río nos transformara en otro resto de naufragio anónimo.

Con un último espasmo de voluntad pura, hundí mis dedos heridos en el fango del lecho y empujé con todas mis fuerzas hacia arriba, buscando una luz que mi mente ya no recordaba si existía.

Al alcanzar la orilla norte, me arrastré pesadamente por el lodo como una tortuga moribunda, agradeciendo el tacto de la tierra firme con cada jadeo agónico.

Mis pulmones ardían como si hubiera tragado brasas encendidas.

Pero al incorporarme y buscar con mis manos el peso cálido en mi espalda, el espanto me vació el alma por completo.

El lazo de cáñamo colgaba completamente suelto. El nudo marinero que debía amarrarnos a la vida se había rendido ante la violencia desmedida del raudal. Libertad ya no estaba allí.

Había sido arrebatada para siempre por el abrazo final de las aguas.

Una vida inocente que apenas comenzaba a florecer, que se había pegado a mi cuerpo en el interior de los barriles de contrabando en Benque Viejo del Carmen, había sido cortada de tajo por la tijera implacable de mi propio descuido.

Me quedé allí tirado, de rodillas y completamente solo bajo las estrellas indiferentes del norte, con el silencio de la orilla gritándome que la libertad tiene un precio de sangre que el alma humana no puede pagar.

Había confiado ciegamente en mi fuerza física, y en ese breve segundo de nostalgia donde mi cuerpo flaqueó, le abrí la puerta de par en par a la muerte.

Apreté con el puño cerrado la llave dorada en mi cuello; ahora pesaba mucho más que el plomo de las balas.

Mi odisea ya no consistía únicamente en buscar y rescatar a Len; a partir de esta maldita noche, cargaría para siempre con la sombra errante de una niña que se llamó Libertad y que el río decidió guardarse en sus entrañas.