Capítulo 5 #5
—Esa luz te va a entregar ante los guardias, salvadoreño —dijo con una voz de piedra arrastrada por un río de lodo espeso. Con un dedo esquelético señalaba a Pitu, que palpitaba con un temblor nervioso y azulado entre mis dedos.
—Es mi guía —respondí de inmediato, cubriendo a la luciérnaga con el cuenco protector de mis manos—. Me la entregó la Guela para poder cruzar la noche.
Nacho soltó una carcajada seca, un sonido áspero de monte quemado que terminó disolviéndose en una tos violenta y cavernosa. Se sentó a mi lado, desafiando con indolencia el equilibrio inestable de la Bestia, que volaba sobre rieles sedientos de sangre ajena.
—La Guela te vendió un sueño, chamaco. Pero allá adelante —señaló con la barbilla el horizonte oscuro, donde la obra fría de los Tumal proyectaba su sombra invisible— solo hay registros notariales y tinta negra.
He visto pasar a cientos como vos en estos vagones.
Llegan aferrados a escapularios, con retratos arrugados y cantos de cuna grabados en la memoria.
Y los señores feudales de este mundo se los almuerzan antes del mediodía.
Son malditos expertos en mascar esperanzas ajenas.
—Mi hijo no es un jodido papel —repliqué, y mi voz sonó firme, tallada en la roca—. Se llama Len. Y voy a sacarlo de esa miserable torre de piedra.
—A los niños les limpian el alma con químicos y rezos, paisano —insistió Nacho, encendiendo un cigarro basto que el viento del Norte mató en tres segundos—.
Les siembran una memoria nueva, un cuento perfectamente estructurado donde vos sos el ogro cobarde que los dejó tirados a su suerte.
Los Tumal no matan el cuerpo; eso es sucio, deja rastros y hace demasiado ruido.
Ellos practican el asesinato del recuerdo.
Para cuando logrés llegar al otro lado del océano, si es que el hierro de las ruedas no te parte en dos antes, ese niño te mirará a la cara como se mira a un maldito extraño que apesta a miedo, a monte y a derrota.
Sentí un vacío repentino en el estómago, una caída interior mucho más honda y dolorosa que el hambre.
Por un segundo de debilidad, la manta de la Guela me pareció solo un trapo viejo y mugriento, y las estrellas de plata, simple chatarra sin valor alguno.
La duda, el verdadero veneno de la Estirpe, empezaba a filtrarse en mi sangre, paralizando mis sentidos.
—¿Y vos por qué carajos seguís subido en el tren si ya no creés en nada? —le reté, clavando mi mirada de hierro directamente en sus ojos amarillos.
Nacho guardó un silencio sepulcral. Miró fijamente sus manos vacías, agrietadas y callosas; manos que en el pasado habían soltado todo lo que amaban.
—Porque alguien tiene que avisar a los majes como vos que el amor propio no basta contra el mando de los poderosos. Necesitás ser mil veces más frío que el juez y más astuto que el mismísimo escribano de la secta. Guardá tu magia para los altares; en la calle, te toca sacar los dientes de perro.
De pronto, un destello blanco y cegador barrió el horizonte, cerca del siguiente cambio de agujas. «La ronda», susurró el viento helado entre las uniones de los vagones. Nacho se puso en pie con la agilidad de un fantasma.
—Escuchá —ordenó, clavando la vista en los matorrales secos de la orilla—. Si nos cortan el paso en el próximo túnel, saltá de inmediato hacia la izquierda, justo donde están los espinos. Yo haré ruido por la derecha. Atraeré a los perros de caza de la acordada.
—¿Por qué me ayudás, Nacho?
Él me miró por última vez antes de descolgarse con destreza entre los fuelles de los vagones.
—Porque hace seiscientos cincuenta días yo también cargaba una luz en las manos. Y la dejé morir por cometer el error de creer que el mundo era justo. No dejés que la tuya se apague, salvadoreño… aunque todo lo que yo te acabe de decir sea la maldita verdad.
Nacho se lanzó al vacío de la oscuridad justo cuando los faros de la autoridad empezaban a lamer el hierro frío del tren.
Mientras la máquina seguía su marcha inexorable, apreté el collar de semillas junto a la llave dorada en mi cuello.
Nacho tenía toda la razón: el mundo era de hielo.
Pero esa noche, bajo el cielo estrellado de Chihuahua, entendí que para vencer a la obra fría no necesitaba solo fuego, sino la voluntad implacable de quien ya no tiene absolutamente nada que perder, excepto el derecho sagrado de ser recordado por su propio hijo.
Estábamos firmemente amarrados con los lazos que me había vendido el viejo; una prevención elemental que, en mitad de la noche desértica, dejó de ser mera cautela para volverse la vida misma.
En el lomo rugiente de la Bestia, el sueño jamás es descanso: es entregarse por voluntad propia al vacío de los rieles.
El hombre del grillete se incorporó de golpe, con los ojos inyectados en sangre clavados en la densa neblina que ocultaba el puesto avanzado de la guardia.
—Es momento de rezar —exclamó con un hilo de voz, apretando una tosca cruz de madera contra su pecho.
—¿A qué Dios le vas a rezar, hermano? —le pregunté, sintiendo el frío gélido de la llave dorada presionando contra mi propio esternón—.
Los hombres que nos esperan al final del camino, esos tipos de uniforme que custodian la raya, también le rezan exactamente al mismo Dios pidiendo puntería.
En esta vía maldita, el cielo es solo un testigo mudo.
La Bestia comenzó a jadear de imprevisto, un estertor agónico de metal y vapor que anunciaba el peligro inminente. La locomotora aflojó bruscamente la marcha en la curva del túnel.
—¡Ahora! —gritamos al unísono.
Saltamos a ciegas hacia la grava del terraplén.
El impacto seco contra el suelo me sacudió los dientes y el choque brutal con la tierra me devolvió en un fogonazo el dolor físico de todos mis días de búsqueda.
Corrimos desbocados hacia los matorrales sin osar mirar atrás; en esta frontera hostil, la nostalgia te vuelve de inmediato una estatua de sal y el pasado es una bala de plomo que siempre te alcanza.
Los primeros silbidos del plomo —ese siseo agudo de la muerte pasando a milímetros de los oídos— anunciaron que la cacería humana había empezado.
Cargué a Libertad con desesperación contra mi pecho, volviendo mi propio cuerpo un escudo de carne y lana contra los zumbidos de la metralla, hasta que el estruendo de los fusiles de la ronda quedó finalmente enterrado en la distancia.
El silencio subsiguiente de la maleza era mucho más denso que el humo negro del tren.
Nos arrastramos pecho a tierra entre espinos y abrojos que tiraban de nuestra ropa como garras hambrientas, buscando alejarnos desesperadamente del eco de las botas y los disparos aleatorios.
La oscuridad allí era absoluta, una auténtica boca de lobo dispuesta a devorar cualquier rastro de sendero.
—Pitu… —susurré apenas con el aliento que me quedaba, abriendo levemente el cuenco protector de mis manos.
La luciérnaga emergió al instante con un pulso frenético y anormal.
Su luz ya no conservaba el azul calmo de las selvas del sur; ahora emitía destellos de un tono violeta encendido, rítmicos, intermitentes y urgentes.
No era una guía de ruta; era una alarma.
Cuashpo se erizó de inmediato a mi lado, emitiendo un gruñido sordo que vibró directamente en mi caja torácica.
—Arriba, rápido —le ordené a Libertad en un susurro imperceptible, señalando el tronco de un sabino anciano cuyas ramas retorcidas se extendían sobre nuestras cabezas como brazos protectores.
Trepamos con la urgencia ciega del que sabe perfectamente que el suelo ya no le pertenece. Desde la altura del follaje espeso, ocultos entre las hojas perennes, contuve la respiración por completo. Pitu se apagó de golpe, fundiéndose orgánicamente con la negrura de la noche. Entonces lo vimos.
A escasos metros de nuestro escondite, el terreno desértico se abría en una hendidura enorme, un tajo de plata turbia que cortaba la tierra de forma implacable: el Río Bravo.
Sus aguas oscuras corrían con un murmullo traicionero y denso, reflejando las siluetas difusas de las patrullas que recorrían la orilla opuesta con linternas de carburo.
Bajo nosotros, agachadas entre la maleza, otras sombras rezagadas cruzaron el matorral con la angustia extrema de una presa acorralada.
Cuando el silencio regresó a la vaguada, no trajo consigo la paz, sino la tortura de la espera. El aire de la frontera se volvió denso, casi sólido, cargado con el olor agrio e inequívoco del miedo.
—Ese río no solo separa dos fragmentos de tierra, separa destinos violentos —susurré para mis adentros, escudriñando la oscuridad en busca de la mejor vía para quebrar la corriente.