Capítulo 5 #2
Libertad, lejos de amedrentarse por el rugido del cauce, soltó una carcajada cristalina que desafió el estruendo del agua.
Para ella, el peligro era un simple juego de espuma; trepó con agilidad a mis hombros y enredó sus dedos pequeños en mi barba como si fueran raíces antiguas.
Cuashpo se lanzó primero, abriendo paso en el torrente con una elegancia de otro mundo, cortando la superficie espumosa con la limpieza de un cuchillo de pedernal.
Pitu se desprendió de mi cuello y comenzó a trazar giros perfectos sobre nuestras cabezas. Su brillo, encendido ahora en un tono azul, creaba un halo protector que perforaba la neblina del río, revelando las lajas de piedra firmes que se ocultaban bajo el fango traicionero.
Yo crucé en un mutismo absoluto. Cada pisada era una negociación tensa con el fondo, pero la soga del viejo buhonero, fuertemente ceñida a mi cintura, me otorgaba un peso nuevo; un ancla pura de realidad.
El agua helada me llegaba ya al pecho, fría y hambrienta, pero el calor de la niña en mi nuca y el rastro de luz azul de Pitu nos volvían completamente invulnerables al entorno.
Al alcanzar la otra orilla, Benque Viejo quedó atrás, sepultado en las sombras de la noche, mientras nosotros avanzábamos goteando esperanza sobre la tierra nueva.
07 de octubre de 1905
Tikal, Guatemala
Retomamos la marcha al amparo de la noche, pero la selva nos recibió con un silencio denso que crujía en los oídos.
Nos adentramos en la espesura más cerrada, donde el aire se volvió un vapor aceitoso y asfixiante que apestaba a tierra podrida y a orquídeas nocturnas.
Cada crujido de una brizna seca bajo nuestras botas resonaba en la oscuridad con la violencia de un disparo.
Caminaba con los sentidos en carne viva, alerta a cualquier alteración de las sombras.
Mis ojos escrutaban el follaje buscando no solo el brillo áureo de los jaguares o el siseo letal de las barbas amarillas ocultas entre la hojarasca, sino algo infinitamente peor: el rastro biológico de los Tumal.
Sabía con certeza que ellos no cazaban como las fieras de la tierra; la Estirpe no buscaba saciar el hambre de carne, sino rastrear el eco magnético de nuestros latidos.
El temor atroz a que un rastreador estuviera agazapado entre las monumentales raíces aéreas de las ceibas me obligaba a apretar la mandíbula hasta sentir un dolor punzante en las sienes.
No te detengas —me ordené en un susurro inaudible para mis compañeras—. La selva es nuestra aliada, pero jamás perdona a los descuidados.
Avanzábamos convertidos en una única mancha de sombra, fundiéndonos con el follaje tropical, mientras el rugido lejano y gutural de un mono aullador nos recordaba que, en esta latitud, el peligro posee mil rostros, y el más terrible de todos era aquel que ni siquiera respiraba.
De pronto, Pitu se detuvo en seco en mitad del aire.
No hizo falta que nos diera una señal; la atmósfera misma pareció succionarse hacia un punto de negrura absoluta entre los árboles.
El coro ensordecedor de las ranas y el zumbido constante de los insectos se apagaron de golpe, dejando una vacante de silencio total, sepulcral: la firma física e inconfundible de la Estirpe.
—¡Al suelo! —disparé en un siseo, apenas esbozando el movimiento de los labios.
Nos arrojamos de bruces a una depresión del terreno, un canal de lodo negro y fétido que olía a fango y a olvido.
Hundí mi cuerpo en la ciénaga, arrastrando conmigo a Libertad y aplastando el lomo de Cuashpo contra el fondo, sintiendo cómo el barro viscoso y frío nos devoraba las ropas.
Con movimientos milimétricos, como si el tiempo se hubiera espesado de golpe, arrastré un cúmulo de ramas podridas y hojas de palma seca sobre nuestras cabezas.
El lodo nos cubría ya hasta las sienes; solo mis ojos permanecían libres, filtrando la absoluta oscuridad de la selva a través del entramado de madera muerta.
Entonces aparecieron.
Eran tres engendros. Se movían sin quebrar una sola hoja, sin alterar el pulso del sotobosque.
No caminaban; daban la pavorosa impresión de deslizarse.
A través de las rendijas de las ramas, alcancé a ver el brillo de su piel de obsidiana agrietada bajo la pálida luz de la luna que lograba filtrarse por la canopia.
Sus extremidades, desproporcionadamente largas como raíces carbonizadas, se desplegaban con una elegancia obscena y herética.
Sin embargo, lo más aterrador no era su fisonomía, sino el sonido que emitían: un silbido rítmico, un vacío neumático, como si el aire se filtrara a presión por las hendiduras verticales de sus rostros inexistentes.
Uno de ellos se detuvo a escasos dos metros de nuestro escondite.
Sentí el pulso de la pequeña Libertad contra mi pecho como un tambor de guerra a punto de retumbar y delatarnos.
Tras un segundo agónico que se dilató como una eternidad entera, los tres seres retomaron su marcha hacia la profundidad de la selva.
Solo cuando aquel maldito siseo se perdió por completo en la distancia y los insectos recuperaron su canto habitual, me atreví a exhalar el aire retenido que me quemaba los pulmones. Estábamos vivos por milagro, pero la sombra implacable de Añareta seguía pisando nuestros talones.
14 de octubre de 1905
Tenosique de Cuauhtémoc, Mexico
Leguas enteras de lluvia amarga y neblina espesa después, un rugido colosal de metal hizo temblar hasta el tuétano de mis huesos. La tierra entera se quejó bajo el peso topográfico de la máquina. Libertad se enderezó de golpe sobre mi espalda, sacudida por un espanto.
—¡La Bestia! —gritó descompuesta—. ¡Corra, por favor, ahí debe de estar mi mamá!
Nos aproximamos con tiento extremo al borde de un terraplén de grava.
Frente a nuestras miradas, una enorme locomotora de acero negro escupía chorros siseantes de vapor a presión; un coloso ciego de hierro que cortaba la selva como un cuchillo ardiente.
Bajé a la niña al suelo y escuché su pena contenida.
Con un hilo de voz quebrado, me confesó que, días atrás, a su madre se la habían llevado dos hombres de trajes largos, inusitadamente altos y desprovistos de alma.
La Bestia de hierro se había tragado los gritos de su madre, dejándola a ella sola y desamparada en un hoyo de barro.
Miré de reojo la soga del viejo atada a mi cintura y sentí la llave dorada arder como un carbón encendido contra mi pecho.
En ese instante, mi juicio estratégico se partió en dos orillas irreconciliables: de un lado, el frío y milimétrico plan de rescate para liberar a Len; del otro, aquella niña descalza que reclamaba un amparo que yo no podía negarle sin convertirme, por el mismo acto de omisión, en un Tumal más.
Siempre desconfié de la "fe" abstracta, pero mientras Cuashpo lamía con ternura las lágrimas de la pequeña y Pitu iluminaba su rostro asustado, comprendí que la compasión no era una flaqueza en el terreno, sino la fuerza moral que le faltaba a mis cálculos matemáticos para no volverse simple ceniza.
—Esperaremos a la próxima Bestia —sentencié con firmeza, sujetando a la niña del brazo cuando intentó lanzarse a la desesperada hacia los vagones de carga en marcha—.
Necesito medirle el pulso, Libertad. No se sube uno al lomo de un coloso en movimiento sin saber exactamente dónde oculta el corazón.
Nos agazapamos muy cerca de la mole de hierro.
El motor de combustión rugía con la fuerza de un monstruo mitológico que respiraba carbón mineral y aceite pesado; una manteca industrial, espesa y negra, que casi podía saborearse en la lengua.
Nos tumbamos en un promontorio de piedra que vibraba violentamente con cada bufido de la chimenea de la máquina.
Libertad, vencida por una tristeza ancestral que ya no cabía en su pequeño cuerpo, cayó finalmente en un sueño profundo.
Cuashpo la imitó a los pocos minutos. Solo Pitu permanecía inquieta; su luz azulina latía con la ansiedad rítmica de quien extraña desesperadamente la mano protectora de su verdadero dueño.
La invité a descender y aterrizar en las palmas de mis manos; su lazo simbiótico conmigo era un ancla de sal pura en este hostil mar de hierro.
Al contacto con el calor de mi piel, la criatura también se durmió, confiándome su última chispa de energía.
De pronto, el monte adyacente escupió un gentío de almas perdidas: niños, ancianos y mujeres harapientas saliendo de las sombras de los matorrales como auténticos aparecidos.
Se lanzaron en masa contra el tren en movimiento, cubriendo las escalerillas y los techos de metal con un manto espeso de desesperación humana.
Comprendí entonces que nuestras tierras centroamericanas, asfixiadas por la penuria del despojo, se habían transformado en una inmensa cantera de hombres sacrificables.
La única fe restante de estos caminantes era huir de la muerte segura en sus pueblos para entregarse ciegamente a la voluntad de los señores del hierro.
Vi a la Bestia devorar los cuerpos de los hombres y mujeres que apenas lograban aferrarse a sus costados de metal remachado.
El rugido sordo del motor ahogaba sus gritos de auxilio, pero el eco de aquel espanto colectivo viajaba por el aire hasta incrustarse en mis huesos.
De repente, de la misma oscuridad densa que lamía los vagones de cola, surgieron sombras armadas: hombres de trajes largos que desenfundaron sus armas con movimientos mecánicos.
Con una frialdad de carniceros, comenzaron a cazar a la gente que se lanzaba a las vías.
Los arrastraban como sacos de arena, ejecutando sus capturas con una precisión absoluta, sin una sola pizca de vacilación o humanidad.