Capítulo 4 #7
—Tienen firmemente sobornado a un inspector de aduanas, un tipo con el alma podrida por el oro —confirmó Patxi, escupiendo un gargajo oscuro al suelo de piedra—.
Su barco amarra siempre a la medianoche, cuando el puerto queda en calma y los agentes de bien miran convenientemente hacia otro lado.
Trasladan mercancía pesada: placas de esa maldita piedra negra que parece cristal de roca y cajas herméticas selladas con cera roja.
No quieren que ninguna mirada oficial se pose sobre sus suministros.
Barri asintió en silencio. La información de Patxi encajaba al milímetro con los reportes que el castañero Txiki ofrecía sobre el portal sesenta y tres.
Los Tumal estaban erigiendo un búnker de obsidiana en pleno corazón de Bilbao, alimentado por un flujo continuo de contrabando que desafiaba cualquier ley humana.
—¿A qué hora exactamente inician la descarga, Patxi? —inquirió el mayor de los hermanos, calculando mentalmente los tiempos de reacción.
—A las doce en punto, justo cuando el cambio de guardia deja el muelle ciego por unos minutos —respondió el supervisor—.
Pero anda con tiento, Barri. Esos estibadores que traen contratados en el vapor no son de las cuadrillas de los nuestros.
Son mudos, fuertes como mulas de carga y llevan la faca lista en la faja.
Patxi no solo vigilaba el tráfico portuario de Santurtzi; constituía el engranaje logístico clave que conectaba la costa con el interior.
Él era el encargado de recepcionar los suministros que zarpaban desde el puerto clandestino del Atlántico centroamericano, cargamentos discretos que portaban un sello postal inconfundible: Apaneca.
El marino los recibía al cobijo de las sombras, burlándose de la red de vigilancia que la Estirpe creía controlar mediante sus redes clientelares.
Los estibaba temporalmente en una bodega oculta entre las jácenas de hierro del muelle y, en cuanto el rastro aduanero se enfriaba, los transportaba en carro hacia el caserío de Ur en la ladera del monte Artxanda.
—Mira allá, Barri —indicó Patxi, señalando con el mentón de barba rala una caja de madera reforzada con cinchas de cuero grueso—. Esto no es piedra negra de los demonios. Ha desembarcado hoy mismo con el cuño de esas montañas que tanto mencionas. Huele a pólvora rancia y a destilado de mezcal.
Barri se aproximó con sigilo y deslizó la mano por las varas de carrizo humedecidas con brea para impermeabilizarlas. El sello de Apastepeque destacaba nítido entre el hollín del almacén.
—¿Qué tenemos exactamente aquí dentro? —inquirió de nuevo, reconociendo el aroma sulfuroso de la pólvora que impregnaba el ambiente húmedo de la galera.
—Suministros de campaña para el padre y unas piezas mecánicas que Ur solicitó para ese «ingenio» que está puliendo —reveló Patxi, cubriendo el arcón con una lona mugrienta y salitrosa—.
Lo subiré en el carromato al caserío durante la próxima madrugada.
Esos txakurrak están tan obsesionados con su torre de vidrio negro que no son capaces de ver lo que les crece a la espalda.
Barri aprobó con un leve gesto de cabeza. La red logística estaba sellada. Mientras los Tumal importaban obsidiana de Añareta para aislarse del mundo y sepultar al niño, ellos importaban la realidad física y el fuego de Apaneca para reventar el sortilegio.
—Buen trabajo, Patxi —sentenció Barri—. Que Ur reciba este material mañana mismo sin falta.
El tiempo hacia la deificación se agota y necesitamos que el Padre tenga sus recursos listos en el desembarco.
Sigue pegado a ese buque negro. Necesito saber si descargan algo que no sea mineral.
El Día de Nochebuena se aproxima y su «Máscara de Oro» va a requerir algo más que basalto para mantenerse en pie.
Barri se alejó por el empedrado irregular, sintiendo cómo el frío húmedo de la noche le calaba los huesos.
El asedio a la fortaleza de los espejos ya no era una simple cuestión de fuerza bruta, sino de interceptar la raíz misma de esa plaga que pretendía devorar el espíritu de Len.
Eman egurre, se conjuró mentalmente, mientras su silueta se disolvía entre el vapor espeso de las locomotoras que maniobraban en el puerto.
09 de septiembre de 1905
Bilbao, País Vasco
Al finalizar la semana, Barri se dedicaba a deambular por los callejones más angostos de Bilbao, trazando un mapa mental milimétrico de cada ángulo, entrada y vía de escape de la torre.
Escuchaba conversaciones ajenas al vuelo y escrutaba comportamientos cotidianos, dibujando patrones invisibles para iluminar el engranaje del asalto que maquinaba en la sombra.
El aire de la villa, saturado de hollín de carbón y grasa densa de las máquinas, le pesaba con saña en los pulmones, pero su intelecto operaba con la fría precisión de un maestro relojero.
Se detuvo al amparo de la penumbra de un cantón, observando la imponente torre de obsidiana que ahora dominaba de forma amenazante la poza del portal sesenta y tres.
El cristal negro no solo reflejaba el gris plomizo del cielo, sino que parecía devorar el sonido ambiente de la calle, generando un vacío neumático a su alrededor.
—Maldita sea la sota —masculló Barri para sus adentros, percatándose de que los Tumal habían instalado robustos ganchos de hierro fundido en las cornisas superiores del edificio—.
No es un aditamento heráldico ni decorativo.
Son poleas de alta carga para izar suministros directamente a las ventanas, sin necesidad de abrir el portal principal.
Apostado en la oscuridad, observó cómo los estibadores mudos de la Estirpe descargaban fardos pesados que no habían pasado por el control aduanero de Patxi.
Ejecutaban movimientos puramente mecánicos, desprovistos de la alegría ruda y la complicidad que caracterizaba a los cargadores del puerto vasco.
Barri cronometró la frecuencia exacta del enemigo: cada tres horas, una patrulla armada rodeaba el perímetro de la torre, siempre con la mano en jarras, cerca del cinto, donde el destello del acero delataba sus intenciones expeditivas.
Para purificar la jornada de espionaje, Barri cabalgaba al caer la noche en dirección a Artziniega.
Dejaba atrás de un plumazo el fango y el hollín de la ría para reencontrarse con el aire limpio y los orígenes de su linaje, entre casonas señoriales de piedra de sillería y antiguos escudos nobiliarios tallados en granito.
Se internaba en los pliegues de las montañas, sumergiendo su cuerpo en pozas de aguas gélidas que le devolvían de golpe la sensibilidad a la carne, entumecida por el frío industrial y el alquitrán de la villa.
Luego, se sentaba a meditar sobre una enorme roca de antigüedad geológica.
Bajo la suela de sus botas, el basalto se sentía firme, eterno; un contraste violento y necesario contra la ciénaga moral que asfixiaba a la gran ciudad.
—Hemen bai —susurró Barri, entornando los párpados bajo el viento de la cumbre—. Aquí sí.
En el silencio sagrado de la cota, las piezas dispersas del rompecabezas encajaban con nitidez: los suministros de Apastepeque que Patxi custodiaba en el muelle, la mole de obsidiana que Txiki vigilaba desde su puesto de castañas y el ingenio de madera que Ur afinaba.
Lo que estaban armando no era un simple plan de rescate convencional; era una maniobra a gran escala de demolición sensorial.
Barri abrió los ojos. La luz argéntea de la luna golpeaba con dureza el granito de la montaña.
Su mente, horas antes fragmentada por la acumulación de detalles del contraespionaje, era ahora una hoja de acero perfectamente templado.
Sabía con certeza absoluta que la rigidez pétrea de los Tumal acabaría siendo su propia tumba.
Si la Estirpe deseaba una fortaleza de cristal negro para sepultar al niño, él les proporcionaría el impacto exacto que la haría estallar en mil pedazos.
—Gora bihotzak —sentenció Barri con solemnidad, alzando los corazones antes de montar de nuevo a caballo para descender hacia el combate.