Capítulo 4 #6
—Mírala, Barri —susurró Ur, y su voz áspera arrastró un tono de reverencia sagrada que rara vez se permitía usar—.
Esto ya no es solo madera muerta. Es una extensión directa de nuestra propia columna vertebral.
He reforzado las cuadernas con láminas de fresno seleccionadas y tratadas al aceite para que la estructura sea tan rígida como el acero que templan en estos astilleros.
Ur señaló con el mentón los ocho remos de abeto alineados a un costado de la botadura. Cada uno llevaba grabado un nombre a fuego en la empuñadura, pero el remo del capitán, el que sostendría firmemente el padre, ostentaba incrustaciones de resina de copinol traída en secreto desde Apaneca.
—No necesita timón ni timonel porque no va a aceptar correcciones ajenas —advirtió Ur, acariciando la línea del pantoque—.
Si el padre tira con el alma, la nave va a responder al milímetro.
He sacrificado la estabilidad del casco a cambio de una velocidad pura y violenta.
Si dejamos de remar acompasados, se irá a pique como una piedra de los muelles; pero mientras nos mantengamos en movimiento, te juro que será lo más rápido que jamás haya surcado las aguas del Cantábrico.
La flecha de madera descansaba en la penumbra del cobertizo, proyectando una sombra larga, afilada y lúgubre sobre el suelo cubierto de serrín.
Semejaba impaciente, como un lebrel de caza esperando que el invierno soltara por fin a su presa.
En ese instante de silencio, los cincuenta kilos de madera noble dejaron de ser un objeto inerte para transformarse en el reflejo de la voluntad física de la extracción.
—Aupa, ahí la tienes —sentenció el gigante, propinándole una palmada seca y sonora al forro del casco—. Nuestra llave maestra para escapar de los txakurrak.
30 de agosto de 1905
Bilbao, País Vasco
Barri se internó en los muelles de Olabeaga, un rincón brumoso de Bilbao donde el gris plomizo del cielo se fundía de forma idéntica con el hollín de los rostros.
Allí, bajo la estructura del viaducto donde el estruendo ensordecedor del tren de mineral amortiguaba las voces, lo aguardaba Kya, el primo caído en desgracia de los Tumal.
Kya era el desecho biológico de la Estirpe.
Portaba el mismo apellido, pero sus pupilas no proyectaban el poder frío del torreón, sino el vacío abismal del vicio.
Era un hombre de cristal roto, un esclavo del opio a quien los Tumal utilizaban para ejecutar los trabajos más sucios y a quien, al mismo tiempo, despreciaban como a un perro sarnoso.
—Daukazu? ¿Lo tienes? —susurró Barri, manteniendo una distancia prudencial. El hedor que desprendía Kya era una mezcla rancia de sudor agrio, fango de la ría y desesperación.
Kya extrajo un papel arrugado de entre sus harapos con manos que no dejaban de temblar por el síndrome de abstinencia. Era el cronograma preciso de la «Noche de la Deificación».
—Se creen dioses, Barri… —balbuceó el infeliz, mientras una lágrima sucia le surcaba la mejilla cubierta de mugre—.
Me tratan como a un mueble viejo en los pasillos, pero los muebles viejos también tienen oídos.
En nochebuena… Len recibirá la última dosis concentrada del líquido negro.
Dicen, que después de esa purga, el crío ya no recordará ni su propio nombre. Solo el de ellos.
Barri le extendió un fajo de billetes arrugados y una pequeña dosis del alcaloide conseguida en los bajos fondos del puerto. No era un acto de caridad; era el mantenimiento estrictamente necesario de una herramienta de espionaje. Kya arrebató el pago con una avidez animal y desesperada.
—Son monstruos de sangre fría —añadió Kya, camuflando el dinero en el forro deshilachado de su chaqueta—.
Inyectan el odio en sus venas como si fuera medicina.
La madre… ella es la peor de todas. Se sienta frente a la cama del niño horas enteras y le inocula historias de un padre hecho de ceniza, violencia y maldad, mientras el suero negro sigue penetrando en su médula.
Barri contempló a Kya con una mezcla de asco y compasión gélida. Aquel espectro era la prueba viviente de lo que la Estirpe ejecutaba con quienes dejaban de serles de utilidad logística.
—Sigue vigilando los sótanos, Kya. Si algo cambia de ritmo en las cocinas o en los despachos, quiero saberlo de inmediato.
—Date prisa, Barri —suplicó el esclavo antes de disolverse como un fantasma en la niebla de la ría—. Len se está apagando por días. Sus ojos ya empiezan a volverse completamente negros, opacos… como los de ellos.
Barri se alejó a paso rápido, sintiendo que el aire húmedo de la ría pesaba más que nunca sobre sus hombros. El eslabón más débil de la cadena le había entregado la llave del torreón, pero también el acta de defunción de un alma infantil.
—Eman egurre, Barri —se repitió a sí mismo, evocando el rugido de madera de su hermano Ur con voz gélida—. O lo sacamos este invierno por la fuerza, o lo que devolveremos al padre será solo un cadáver vacío.
02 de septiembre de 1905
Bilbao, País Vasco
Los días corrían pesados, cargados de humedad.
Barri frecuentaba el Café Iruña, buscando el anonimato entre los azulejos mudéjares y el bullicio de las tertulias.
Una de esas tardes, la cita era con Txiki, el castañero que aguantaba el temporal de la calle plantado en la esquina opuesta al torreón.
Su misión era vigilar cada ángulo y registrar cualquier artefacto o rostro extraño que cruzara el umbral del portal sesenta y tres.
El viejo vendedor se aproximó a la mesa de mármol con el tufo a humo de leña y carbón firmemente pegado a la lana de la boina.
—¡Aupa, Barri! —susurró el anciano, entornando los ojos enturbiados por el reuma—. Hay demasiado ajetreo en la poza. Sombras nuevas que nunca antes habían merodeado por los cantones.
Barri no levantó la vista de su taza de café negro.
—¿Zer daukazu? ¿Qué tienes? —preguntó con una voz gélida que helaba el vaho del ambiente—. ¿Qué clase de sombras?
—Tipos con gabanes largos y andares de paso militar —respondió Txiki, bajando el tono hasta volverlo apenas un siseo—.
Han descargado cajas pesadas, de esas que suenan a hierro fundido y cristal grueso.
Y anoche mismo, bajo el sirimiri, vi a un hombre con un maletín de cuero oscuro entrar al portal.
No volvió a asomar el hocico hasta el alba.
Barri apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos del cuello se tensaron.
El cronograma de la «Noche de la Deificación» se estaba acelerando en las sombras.
Continuó escuchando el reporte con la mirada fija en el fondo de la loza, procesando mentalmente la metamorfosis arquitectónica del edificio.
De unos enormes carruajes de carga, tirados por percherones que resoplaban un vapor espeso y rancio, se desembarcaban de forma ininterrumpida placas de obsidiana y bloques labrados de basalto.
El torreón se estaba reestructurando desde los cimientos; la sillería caliza y gris de la villa daba paso a un negro mineral y profundo.
El bloque de viviendas se había transformado en una imponente torre de obsidiana que absorbía de manera antinatural la poca luz del invierno vasco.
—¡Rediós! —masculló Txiki, santiguándose con premura con la misma mano tiznada con la que sujetaba los cucuruchos de periódico—.
Esa piedra maldita no es de estas canteras, Barri.
Es vítrea, corta las yemas como una navaja de barbero y brilla con un reflejo de muy mala sombra.
Los operarios que la suben a los hombros no cruzan palabra; parecen muñecos de cera.
Barri alzó por fin la vista hacia el ventanal empañado del café. A lo lejos, la silueta recortada de la torre fracturaba el cielo de plomo de la villa. Ya no era un edificio residencial; era un espino de cristal negro clavado con saña en el corazón mismo de Bilbao.
—Es el material de Añareta —sentenció Barri con sequedad absoluta—.
Estás presenciando cómo arrastran los fragmentos de su isla proscrita a nuestro propio suelo.
No solo refuerzan los muros exteriores, están blindando el nido para la deificación.
Esa obsidiana está dispuesta para que nada de lo que ocurra allá dentro —ni un solo grito de Len— escape al exterior.
—¡Cagüen la sota de bastos! —exclamó el castañero, limpiándose el sudor de la frente—. Si esa inmundicia sigue medrando, se va a devorar la calle entera por las noches.
—Deja que se expandan —replicó Barri, deslizando sus notas manuscritas en el bolsillo interior del capote—.
Cuanto más rígida y densa es la estructura, más fácil es provocar que estalle en pedazos.
Ur ya tiene la flecha de madera lista en el astillero y el Padre cruzará el Atlántico trayendo el fuego en las entrañas.
Que sigan apilando su vidrio negro; nosotros nos encargaremos de convertir ese torreón en su propio matadero.
Lasai, Txiki. Regresa al puesto y sigue vigilando los carruajes.
Necesito saber si introducen algo más que piedra muerta.
04 de septiembre de 1905
Santurtzi, País Vasco
Los lunes a primera hora, Barri se citaba en un rincón apartado y sombrío de los muelles de Santurtzi.
El aire apestaba a una mezcla densa de fuelóleo, hulla, pescado podrido y hierro mojado.
Allí le aguardaba Patxi, el supervisor de descarga; un hombre con la piel curtida a latigazos de salitre y una mirada adiestrada que no dejaba pasar un solo clavo sin registrarlo en su libreta.
Patxi era, a partes iguales, sus ojos y su olfato en la línea de costa.
—Aupa, Barri —masculló el marino, sin retirarse la pipa de madera de la boca—. Esos txakurrak de los Tumal se están moviendo de lo lindo bajo el amparo de la luna.
Barri se apoyó contra un pesado fardo de lana basta, manteniendo el perfil bajo entre las siluetas esqueléticas de las grúas de vapor.
—¿Zer daukazu? ¿Qué tienes? —preguntó Barri, empleando su habitual tono seco y cortante.